Juegos sin fronteras



Ideados por el presidente francés Charles de Gaulle para crear lazos entre los jóvenes franceses y alemanes después de la guerra, los “Jeux sans frontières” (Juegos sin fronteras), concurso televisivo de gran popularidad transmitido durante décadas en Europa, marcaron generaciones de europeos y ocupan un lugar especial en la memoria colectiva del Viejo Continente.

Participaban de los Juegos representaciones juveniles de diferentes países, compitiendo en distintas pruebas deportivas y de habilidad.

Cada equipo representaba a un país europeo y vencía quien acumulaba el mayor número de puntos al final de una serie de pruebas deportivas, tales como carreras de obstáculos o largas travesías de piscina. En el desafío en que se sentía más seguro, el país jugaba su joker para duplicar el resultado allí conseguido. Tenía también la posibilidad de optar por no participar de alguna prueba que presentía más arriesgada, aliándose en esa ocasión con otro país con la garantía de recibir la misma puntuación que este obtuviera.

El concurso abandonó las televisiones europeas en 1999, pero los “Juegos”, ahora políticos y con reglas más oscuras, siguen bien vivos y las reglas que los regían son una alegoría casi perfecta de la diplomacia practicada hoy en Bruselas.

Ocurre que la vigencia del proyecto europeo está siendo desafiada por dos crisis: la del euro y la migratoria. Y los países miembros, sometidos a duras pruebas, tratan de sortear los obstáculos, las más de las veces con estrategias nacionales que terminan minando la capacidad de una respuesta colectiva a la crisis de todos.

A primera vista parecen asuntos diferentes, pero las crisis del euro y del espacio Schengen (el Acuerdo de Schengen suprime los controles en las fronteras interiores estableciendo la libertad de circulación en la mayor parte de Europa) son dos ramas esenciales del tronco común europeo. Y cada uno, a su manera, está evidenciando la dificultad de Europa en dar respuestas coordinadas que privilegien el interés del conjunto a la hora de resistir los embates.

El concepto tradicional de Estado supone, entre otros elementos constitutivos, moneda y fronteras. Hoy, la mayoría de los países integrantes de la Unión Europea comparten su moneda y sus fronteras. En efecto, lograda la paz y creada la UE, el paso siguiente estuvo signado por dos audaces decisiones políticas –la moneda única y el Acuerdo de Schengen– inspiradas en un objetivo económico: la eliminación de las barreras al comercio. La libertad de circulación acabó con las interminables colas de camiones de carga que todos los días paralizaban las carreteras que unen Francia y Alemania. Y la moneda única eliminó las diferencias cambiarias reduciendo dramáticamente los costos de transacción de los negocios.

Las dos experiencias arrancaron con pocos países y fueron sumando adhesiones a medida que la integración europea se profundizó. El euro, hoy utilizado por 378 millones de personas, y el espacio Schengen, integrado por más de siete mil kilómetros de fronteras terrestres, son –como la propia Unión– procesos inacabados de un éxito innegable.

Sin embargo, dos choques externos los pusieron a prueba: el euro entró en jaque por los excesos del sector financiero desregulado en el marco de una crisis que estalló en EE.UU. y el espacio Schengen por acción del terrorismo y la llegada de cientos de miles de refugiados (y la amenaza latente de millones más) nacidos en la guerra siria.

De alguna manera, estos choques han puesto en evidencia la insuficiencia de diseño de la estrategia original de estos pilares de la Unión. Cuando el euro nació, los países renunciaron a una política monetaria nacional pero mantuvieron la soberanía presupuestaria y fiscal, y en el Tratado de Schengen los Estados acordaron abrir sus fronteras interiores pero no fueron capaces de definir una efectiva política exterior común.

En el euro, así como en Schengen, Europa subestimó la realidad durante demasiado tiempo, lo que en política siempre agrava el costo de la factura a pagar.

Ante una Unión Europea superada por los acontecimientos, y ya sin jokers disponibles en el juego, los choques externos se convirtieron rápidamente en choques internos asimétricos: en la crisis del euro son las economías frágiles y endeudadas las que más sufren, mientras que en la crisis de Schengen una presión invencible se concentra en los países de la frontera europea con el resto del mundo.

La reacción de Bruselas fue ineficaz, debilitando la imagen exterior y la cohesión interna de la Unión. La prolongación de la agonía de Grecia no ha corregido ninguno de los desequilibrios fundamentales de la Unión. Del mismo modo, permitir la suspensión de las normas de Schengen y avanzar en la construcción de nuevos muros no ha repelido las olas de refugiados que siguen llegando todos los días a Europa.

Encontramos un último paralelismo entre las dos crisis en la manera como el poder político fue decisivamente superado por la acción de la realidad. Hoy es legítimo preguntar si el euro habría sobrevivido sin la acción unilateral del Banco Central Europeo. Como es irrefutable decir que la acogida de los refugiados en Europa habría sido aún más desastrosa sin el voluntarismo de la sociedad civil, que no esperó la decisión de Bruselas para ayudar a familias y niños iguales a los propios.

Aquellos “Juegos sin frontera” concebidos por De Gaulle en los ’60 impulsaban la competencia pero como mecanismo de conocimiento recíproco e integración entre países que venían de destrozarse en la Segunda Guerra Mundial. Por eso, cumplido el objetivo inicial de crear las condiciones políticas propicias para el salto integrador, dejaron de emitirse en las pantallas europeas.

Las crisis del euro y de Schengen expresan hoy nuevas proyecciones de la misma sombra que ayer los europeos derrotaron: insuficiente solidaridad y carencia de liderazgo y estrategia colectiva.

El proceso de integración más positivo que la humanidad conoce está en riesgo. El esquema de países ganadores y perdedores que emerge de estas crisis profundizará la multiplicación de fronteras físicas y económicas. Para evitarlo se requieren liderazgo y voluntad política capaces de resolver los problemas europeos con soluciones europeas.

Porque, como en los “Juegos”, una Europa compartida es una Europa sin fronteras.

Por: Jorge Argüello Publicado en su columna de opinión de Revista Veintitres 11/12/2015


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