Felipe González: “Ceder soberanía para compartir, ésa es la idea básica"


EXTRACTO DEL DIÁLOGO ENTRE FELIPE GONZÁLEZ Y JORGE ARGÜELLO

Jorge Argüello: La cesión de soberanía es un punto central para compren­der el largo proceso de construcción europea.

Felipe González: Ceder para compartir, no ceder para someterse, como ha ocurrido durante siglos. Hemos cedido soberanía para compartirla y para tener más capacidad de reacción frente al nuevo marco internacio­nal y a la economía global en la que uno se desenvuelve. Ésa es la idea básica de la construcción europea. Y este concepto nos guió hasta mediados de los 80 por acumulación de acervo. Esto es, en la medida en que nos íbamos poniendo de acuerdo en una materia concreta, la política agraria común o cualquier otra, se iba incorporando al acervo.

—Pero entonces se produce un giro…

Felipe González: A partir de los 80, se produce un cierto cambio es­tructural, en la medida en que la UE va pasando de la cómoda relación entre los seis miembros fundadores (Alemania, Francia, Italia, Bélgi­ca, Holanda y Luxemburgo) a una relación menos cómoda, por mayor complejidad, que incluye a Gran Bretaña, Irlanda, Dinamarca, Grecia, España, Portugal y, finalmente, a los dos nórdicos, Finlandia y Suecia, más Austria. ¡Y ya no le digo cómo aumenta la complejidad cuando pasa de 15 miembros a los 28 actuales! Ya en los 80, en la UE nos pusimos a la tarea de producir algunos cambios estructurales que le dieran sentido a esa idea de la “unión de pueblos”. Y se produce toda la negociación de Maastricht. Entre el 86 y el 96 –llamo a esta época “la galopada europea”– yo estaba en la “sala de máquinas” del Consejo Europeo. Me tocó presidirlo en dos ocasiones, porque mi mandato fue prolongado.

—España recién se incorporaba a la UE.

Felipe González: Acababa de entrar –la entrada formal fue el 1 de enero de 1986, aunque en 1985 ya estábamos trabajando–. La Comisión era presidida por Jacques Delors y había una especie de triangulación entre el canciller Helmut Köhl, el presidente Francois Mitterrand y yo, a la que se sumaba, con cierta frecuencia, el Benelux (Bélgica, Holanda y Luxemburgo), que era muy pro-europeísta en aquel momento. Los tres dirigentes, junto con Delors como presidente de la Comisión, avanzábamos en propuestas de reformas que pudieran suponer un ma­yor grado de integración europea y un mayor grado de cesión de sobe­ranía, para compartirla.

—Después de la discusión que deriva en el Tratado de Maastricht, surgen otros debates…

Felipe González: Sí, a comienzos del 2000 se hace el esfuerzo por hacer una constitución europea, pero fracasa. De ese fracaso deriva el Tratado de Lisboa, que es el mínimo al que se pudo llegar en 2007, que se pro­mulga en diciembre de 2009 y donde aparece la figura del Presidente del Consejo Europeo, lo cual le da un poco más de complejidad, pero siempre con la misma orientación. Quizás lo más importante de esto es que cuando se concibe el paso a la Unión Económica y Monetaria se estaba haciendo a conciencia de que una no era separable de la otra. Y sin embargo, cuando los jefes de Estado y de Gobierno deciden en 1999 dar el paso hacia la moneda única, hacia el euro –con el descuelgue de un grupo de países, Suecia y particularmente Gran Bretaña– se olvida la unión económica.

—Y eso, ¿por qué pasa?

Felipe González: No se atreven a dar un paso coherente entre una polí­tica monetaria única y una política de convergencia económico-fiscal. Como no hacen eso, lo sustituyen –muy típico de la técnica europea– por lo que se llamó la agenda de Lisboa: casi todo se sustancia con ese nombre en esa época. La agenda de Lisboa pretende que entre el 2000 –inmediatamente antes de la entrada en vigor del euro– y el 2010, en ese horizonte de diez años, los países de la UE, particularmente los de la unión moneta­ria, deberían ejecutar políticas para converger desde el punto de vista fiscal, presupuestario y económico. Pero así como la unión monetaria se perfila como un tratado de obliga­do cumplimiento, el esfuerzo de unión económica se perfila sólo como una agenda, en la que además se cometen dos errores básicos. El primer error: para la convergencia económica se establecen unas 28 prioridades. Y cuando se tienen 28 prioridades –siempre lo he dicho y cada día lo confirmo por la experiencia y la edad– es como no tener nin­guna. Las prioridades, o son tres, máximo cuatro, o no son prioridades.

— Esa agenda tenía muchas prioridades pero una idea de futuro común para el bloque.

Felipe González: Sí, la agenda de Lisboa tenía un objetivo: que en el 2010 (siempre se hace así, con una gran elocuencia) la UE sería la zona de mayor grado de competitividad y avance tecnológico del mundo. La comparación era siempre con Estados Unidos. Aún no teníamos en cuenta lo que estaba pasando en China. Ese esfuerzo de convergencia situaría teóricamente a la UE como la pri­mera potencia económico-tecnológica del mundo, a la vez con el mayor grado de cohesión social, es decir, manteniendo la idea de una UE cuyo fundamento –y esto fue una aportación alemana– era una Economía Social de Mercado. Ése era el objetivo para el 2010. Obviamente, el objetivo no se cumplió.


* Felipe González Márquez (Sevilla, 1942) fue el líder que transformó al Partido So­cialista español (PSOE) moderando sus tradicionales posiciones izquierdistas, que lo llevó al poder en el final de la Transición post-franquista y que durante sus 14 años de gobierno (1982-1996) guió la modernización que España necesitaba hacía medio siglo. Dos decisiones históricas de González fueron cruciales en ese proceso. Una fue revisar su posición y permanecer en la OTAN, todavía en Guerra Fría. El segundo paso, de mayor proyección, fue concretar el proceso de incorporación de España a la Unión Europea. Conversé con Felipe González por espacio de dos horas, en el tercer piso de la calle Velázquez 16, de Madrid, desde donde coordina una agenda incesante de viajes, reuniones y conferencias como parte, también, del Grupo de Reflexión sobre el Futu­ro de Europa. “Dice Fidel Castro que él y yo somos los que más conocemos América Latina”, me dice con cierto orgullo y seguridad cuando le propongo hablar, entre otros temas, de la relación de la UE con nuestra región.


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