El peligro de una estabilidad sin desarrollo, por Jorge Argüello



Muchas veces, la sustentabilidad suele quedar enmascarada bajo otro bien, igualmente preciado aunque más frágil y de alcance limitado: la estabilidad. Se suele privilegiar la estabilidad, aunque es un valor de corto plazo, que depende de la coyuntura, de las circunstancias, propias y extrañas.

En cambio, la sustentabilidad es un valor que se piensa, se construye y se logra a largo plazo. Desde ya, la estabilidad es condición necesaria para la construcción de la sustentabilidad, pero no es un valor excluyente.

Que no sólo con estabilidad se construye la sustentabilidad pudimos comprobarlo hace poco, en 2008, cuando estalló la burbuja hipotecaria en Estados Unidos, con la quiebra de Lehman Brothers, que simbolizó una crisis financiera doméstica que se convirtió en global. Fui testigo como diplomático de esa crisis en Nueva York y de cuán rápidamente se contagió a Europa, para finalmente diseminarse por todo el planeta.

¿Qué pasó en 2008? Al cabo de muchos años de estabilidad el experimento neoliberal globalizado sobrepasó sus propios límites de sustentabilidad. Las mismas potencias que habían impulsado la desregulación financiera, que habían contribuido a la mercantilización de la sociedad, tuvieron que poner un freno y revisar lo que habían hecho.

"Mercado mata sociedad", "consumidor mata ciudadano": dos simples expresiones que resumen el estado de cosas que nos hizo desembocar en esa crisis. Pero, además, 2008 determina de forma contundente algo que se insinuaba desde hacía tiempo: el agotamiento del sistema multilateral gestado a partir de la Segunda Guerra Mundial.

Ese antiguo sistema multilateral, hijo de los acuerdos de Bretton Woods (en New Hampshire, EEUU, 1944), le habían dado sustentabilidad a muchas de nuestras sociedades en el mundo de la posguerra, sobre todo en Occidente.

Este sistema multilateral había comenzado a agotarse pero, a partir de la crisis de 2008, lo que estamos viviendo es una suerte de período de transición de la gobernanza mundial.

El G20, vale recordar, fue creado en 1999 a nivel ministerial, pero mucho antes, en 1973, existió algo que se llamó The Library Group: los ministros de Finanzas de Estados Unidos, Gran Bretaña, Alemania y Francia, reunidos informalmente en la biblioteca de la Casa Blanca buscando salidas a la crisis del petróleo de ese momento y al proceso de inflación que la acompañó, que parecía indetenible e ingobernable.

Esos cuatro ministros de Finanzas formaron un G4 que podríamos retrospectivamente ver cómo el origen del actual G20. Al margen de la liturgia de las instituciones multilaterales gestadas en Bretton Woods, tímidamente se empezaba a insinuar la vocación de buscar nuevas formas de encauzar las situaciones de crisis.

Después del G4 vino el G 5, con la incorporación de Japón, y como después se sumaron Canadá e Italia, se convirtió en el G7. Muchos años después incorporará a Rusia, para conformar el G8, hasta la crisis de Crimea, que vuelve a dejar fuera a Moscú para retomar el G7.

En 2008, el G20 originalmente integrado por los ministros de Finanzas decidió dar un salto, acorde con la dimensión de la crisis que se había gestado en Wall Street, y sus países se convocaron a la primer cumbre de jefes de Estado y de gobierno del grupo.

En ese momento, estaba destinado como embajador de Argentina ante las Naciones Unidas y me tocó acompañar a la presidencia en la primera cumbre del G20, en Washington. Al cabo de dos días y medio de deliberaciones, regresé a Nueva York, a la reunión de la Asamblea General de la ONU (ONU) del día siguiente.

Y quiero dejar esta anécdota que sigue, porque es un termómetro la situación imperante en ese momento. En la Asamblea General, encontré un escenario francamente adverso. La ONU tenía 192 países (aún no se había creado Sudán del Sur). Pues bien: salvo los 20, el resto se quejaba de la cumbre de Washington.

Había casi unanimidad en el reclamo, desde Jamaica a Polonia, desde Colombia a Tailandia ¿Qué era lo que decían? Existiendo el G192, es decir, la ONU ¿cuál es la razón para que, de modo arbitrario, veinte países se auto elijan o se reconozcan recíprocamente y decidan tomar el comando de este barco de la crisis?

Era una situación bastante incómoda para los representantes de esa veintena de países, porque la cumbre de jefes de Estado y de Gobierno ciertamente se proponía acometer por su cuenta la tarea de domesticar una crisis que parecía desmadrada.

Ahora bien, ¿por qué se toma esa decisión? Por la lentitud paquidérmica que estaban mostrando ante la crisis las organizaciones surgidas en la posguerra, de su complejo sistema de toma de decisiones, de la necesidad de obtener consensos unánimes, de la posibilidad de vetos cruzados. Todo esto hacía ver a esas instituciones demasiado lentas y, se podría decir, incapaces de adoptar las decisiones del caso.

¿Esto quiere decir que el G 20 es la herramienta capaz de tomar el toro por las astas y ordenar la gobernanza global? Mi opinión es que no: el G 20 es nada más que la consecuencia del agotamiento de las instituciones de Bretton Woods y expresa una suerte de transición entre un viejo orden y el nuevo que habrá de establecerse en algún momento que no sabemos cuándo es. Como cuando un dique se desborda, el agua busca otros canales para seguir su curso.

Algo así expresa el G20 hoy en día, esta suerte de transición entre un viejo orden y un nuevo orden que está en proceso de gestación. Hoy, la emergencia financiera global parece superada, pareciera que estamos viviendo una situación, digámoslo muy entre comillas, de cierta estabilidad.

Entonces cabe preguntarse, ¿qué pasa con ese valor superior que es la sustentabilidad? El G20, a través de las distintas políticas que se ensayaron sobre todo desde Estados Unidos y Europa (desde Bruselas y el Banco Central Europeo para el Viejo Continente), pareciera haber logrado una cierta estabilidad.

Sin embargo, ello no nos ha hecho más sustentables que antes de la crisis, ni mucho menos ¿por qué? Persiste una desconexión entre el mundo de las finanzas y el mundo de la economía real. Y una bestial desigualdad entre regiones, entre países y dentro de muchas naciones. Nosotros mismos vivimos en América Latina, que es la región más desigual del mundo.

En términos políticos hay un clima de tensión, sobre todo en Occidente, a partir de acontecimientos como el Brexit, que es un buen indicador de la temperatura política que impera en Europa, y del triunfo de Donald J, Trump, que marca la de Estados Unidos.

El triunfo de la ultraderecha que cogobierna en Austria, la derrota en ballottage de Marine Le Pen en Francia y la llegada allí del joven Emmanuel Macron superando a los dos partidos tradicionales que durante décadas se ocuparon de la realidad política francesa expresan un malestar que recorre el mundo, que hace que millones y millones de personas se sientan víctimas del rumbo que ha tomado la globalización.

Este malestar forma parte de esta transición global que habrá de llevarnos a la definición de nuevas reglas de juego, de nuevas instituciones que nos lleven a ordenar y a definir una nueva gobernanza global.

En este contexto la Argentina asume la presidencia del G20, cuyo ejercicio implica además ser la sede de la cumbre y recibir a los jefes de Estado y de Gobierno en noviembre de 2008. Pero la cumbre es solamente un punto, probablemente el clímax de la presidencia de este organismo. El G20 es un proceso que ocupa prácticamente todos los días del año, en las más diversas sedes del mundo.

Hay reuniones de trabajo permanentes que van preparando la cumbre de líderes y gestando un documento que sea lo más representativo posible de lo que los actores, que no son livianos, puedan alcanzar. Estamos hablando del 80% del PIB mundial.

En 2017, la victoria de la premier alemana Angela Merkel estuvo dada, más que por el documento final, por haber logrado la presencia del presidente Trump en la Cumbre de Hamburgo. Si hubiera faltado el destino hubiera sido otro, la potencia del G 20 habría resultado menoscabada y estaríamos en una situación de crisis todavía más compleja.

Ahora que Argentina se prepara para recibir a los líderes del G20, hay una prioridad para el gobierno y es la necesidad de que, por primera vez, los países de América Latina intenten coordinar prioridades y traten de sumarlas a la agenda del grupo.

Presidir el G 20 no supone grandes beneficios. El G 20 es como un transatlántico: el presidente se sienta al timón, pero el gran barco lleva un rumbo y mover el timón puede corregirlo ligeramente, incidir levemeente, pero no cambiarlo.

El hecho de ejercer la presidencia del G20, a diferencia de lo que significa ser sede de la cumbre ministerial de la Organización Mundial de Comercio (OMC), realizada en Buenos Aires a fines de 2017 en Buenos Aires, es que la negociación de la OMC viene encapsulada y es lo mismo que se realice en esta ciudad, en Seúl o en Panamá.

La negociación del G 20, en cambio, le reconoce al país anfitrión y a su presidente, en este caso, la posibilidad de incidir aunque sea mínimamente en los elementos de la agenda, como aquellos fruto del consenso que logren los países de la región.

Aunque nos parezca difícil de creer, recién hace pocos meses, por primera vez desde 2008, los sherpas (los delegados en el G20) de los presidentes Enrique Peña Nieto (México), Michel Temer (Brasil) y Mauricio Macri se encontraron en un seminario en Buenos Aires, para empezar a trabajar sobre puntos en común que puedan incluirse en la agenda del G-20.

El G-20 no es una institución democrática, sino producto de una decisión arbitraria, como la mayoría de sus decisiones. Pero hay dos tipos de jugadores: los rule-makers, los que hacen las reglas, y los rule-takers, los que las siguen. Obviamente, nuestro país y la región están en el segundo grupo.

Entonces, de lo que se trata es de ir generando pisos de acuerdo que nos permitan ser cada día un poco menos rule-takers para pasar a tener que ver con el sistema real de toma de decisiones, e incidir en él.

Ése es el gran desafío. Ésa es, también, la gran oportunidad que América Latina tiene de cara a la Cumbre de Jefes de Estados y de Gobierno del G20 del 2018 en Buenos Aires.

Disertación de Jorge Argüello en el Segundo Diálogo de Alto Nivel de Ética y Economía "Finanzas sostenibles, desarrollo inclusivo". Organizado por la Comisión Episcopal Argentina. Buenos Aires, 2 y 3 de noviembre de 2017.


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