Editorial EA: América Latina necesita un punto de partida



El periodo de conquistas económicas y sociales que experimentó América Latina durante la primera década del siglo pueden atribuirse, según quien lo mire, a un cambio de paradigma histórico o a una bonanza externa extraordinaria, pero lo indiscutible es que se alcanzó un grado de coordinación y un protagonismo global que hoy se ha evaporado hasta volver a dejar a la región, como tal, en un “no lugar” en el mundo.

Los países de la región parecen haber optado por darle prioridad a las decisiones soberanas ignorando que la solución de sus problemas estructurales jamás será singular, sino de conjunto.

Cada vez que se habla de la integración latinoamericana, se pone como ejemplo los logros de la Unión Europea (UE). Sin embargo, más allá de su modelo de asociación, perdemos de vista el punto de partida que la hizo posible: abrazar y sostener una idea de sí misma frente al resto del mundo durante décadas sometiendo las aspiraciones nacionales al bienestar del conjunto.

Si fuera por cantidad de organismos y asociaciones (16 en total), América Latina sería una campeona de la integración, pero nos sigue rigiendo un péndulo ideológico -el mismo que en pocos años nos llevó del complejo institucional de la Unasur al reciente y lábil Prosur- que tarde o temprano volverá a oscilar.

Es cierto que la Europa común nació, antes que de una unión idealizada, de la necesidad de superar el horror de dos guerras. Sin embargo, la definición de una estrategia regional, acompañada de una cesión progresiva de soberanía económica y política, se sostuvo en el tiempo por un acuerdo básico sobre cómo relacionarse con el resto del mundo, incluyendo las dos superpotencias del momento.


América Latina, históricamente libre de grandes conflictos interestatales y con una homogeneidad cultural e idiomática arraigada, adolece de un punto de partida, en el cual sus países puedan reconocerse en un interés común.

Seguir creando organismos o perseguir una integración comercial perfecta bajo corsés de izquierda o de derecha, aperturistas o proteccionistas, es poner el carro delante del caballo.

El momento demanda pragmatismo: sin ideologías, sí, pero sostenido por una idea primaria de lo que quiere para sí América Latina. O al menos de lo que no quiere ni aceptará como región para ninguno de sus países. Esa es la condición de posibilidad para que perdure cualquier variante de integración.

Si Europa hubiera sobrellevado la guerra fría sin asociarse con una idea clara de sí misma, bajo reglas y compromisos serios, el modelo no hubiera sido exitoso durante décadas, aun con las imperfecciones que hoy exhibe.

Con el actual panorama, de múltiples acuerdos cruzados entre sí, y con otros bloques y alianzas, todos determinados por coyunturas cambiantes, la integración latinoamericana será tan difícil de resolver como un cubo de Rubik.

Un proyecto regional duradero y sustentable demanda una asociación que haga que cada país latinoamericano se comprometa, bajo reglas estables, a privilegiar los intereses comunes de la región frente al mundo globalizado del Siglo XXI, sin perder la diversidad de las varias América Latina: al Norte, al Sur, al Pacífico y al Atlántico.


En busca de esa identidad primaria, podemos repetir aquel ejercicio inicial de la Europa de posguerra y preguntarnos, por lo menos, qué es lo que no queremos, como ya hicimos y decidimos con las dictaduras, la violación de derechos humanos o la proliferación nuclear. Entonces, cabe preguntarnos: ¿qué puede perjudicar decisivamente el desarrollo económico y social común?

Una respuesta es la primarización de sus economías, hacerlas depender de sus ventas de granos, metales o hidrocarburos sin sumarles valor agregado propio desde el conocimiento o la tecnología que dan autonomía y desarrollo. Si bien resulta tentador para los países que tienen esos recursos a gran escala para explotar, ese camino esteriliza cualquier proyecto regional, por varias razones.

Además de condenar al subdesarrollo regional sin distinguir países grandes, medianos o pequeños, el esquema reprimarizador acentúa la concentración de la riqueza y la desigualdad, que es la peor característica funcional y global de la región.

Para rematar, esteriliza un intercambio intrarregional de mayor calidad productiva y de empleo que, como ya se verificó en casos aislados como el de Brasil y Argentina dentro del Mercosur, que abrió las puertas a una integración parcial de sus economías y, en consecuencia, de sus sociedades.

Hoy, en este mundo de economías globalizadas, contar con dos océanos es un regalo sin igual. Eso sí, sacarle un provecho requiere liderazgos políticos generosos, con visión estratégica, capaces de respetar reglas comunes y de garantizar continuidad; esto es, sembrar sabiendo que cosecharán, recién, las generaciones futuras.


Sin perder el optimismo, podemos tomar las múltiples experiencias de integración latinoamericana como un precedente positivo. Pero llegó el momento de darnos un punto de partida mayor, común, por encima de los péndulos ideológicos.

Una idea que nos comprometa y nos obligue a dar la pelea en el mundo, y no entre nosotros.

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