"El desafío de canalizar las demandas de sociedades frustradas", por Federico Merke



No es sencillo contar una sola historia sobre lo que sucede en América Latina en general y en América del Sur en particular. Nuestros países comparten problemas estructurales y de larga duración, pero las crisis que estamos viendo tienen distintas temporalidades y puntos de partida. Algunas comenzaron antes, como en Brasil y en México, y encontraron la salida en un populismo de derecha y otro de izquierda, respectivamente. Otras estuvieron latentes en los últimos años, como la crisis de Ecuador, que terminó en un estallido social de proporciones, o la crisis presidencial de Perú, que no fue un estallido, sino una lucha abierta entre elites políticas por ver quién salva su pellejo. Más acá en el tiempo, las tensiones políticas que se viven en Bolivia revelan los desafíos de cómo articular crecimiento económico con desarrollo institucional. Y más atrás, Chile muestra que el crecimiento sostenido sin inclusión ni ascenso social no solo deja a un país en la trampa de la renta media, sino también en la de una democracia que cava su fosa entre el pueblo y la elite.

¿Cómo llegamos hasta acá? Una primera respuesta tiene que ver con la frustración económica y el resentimiento contra las elites políticas. La frustración económica no es el resultado directo de la desigualdad, fenómeno económico y social que en América Latina pudo ser reducido, con mayor o menor éxito según el país, entre 2000 y 2015, aproximadamente. Es más bien el resultado del estancamiento económico y la crisis de expectativas que esto genera, principalmente en las nuevas clases medias, que comenzaron a demandar más y mejor acceso al mercado, a la educación, a la salud y otros servicios públicos. Lo que sucedió en Chile estos días y lo que sucedió en Brasil en 2013, curiosamente también debido al aumento del transporte público, destapó la olla a presión de sociedades que vieron cómo sus expectativas se frustraban. El resentimiento contra los políticos es el resultado de un proceso en que los partidos y las elites han perdido la brújula para construir diagnósticos globales y actuar localmente. Pero, más importante, han perdido el contacto con la sociedad y se han enriquecido demasiado, ya sea capturando el Estado a favor de los ricos, como en Chile o en Perú, o a través de sofisticados esquemas de corrupción, como en Brasil. El estallido en Ecuador también da cuenta de esta falta de sensibilidad y comprensión por parte de un gobierno acerca del impacto que algunas medidas económicas pueden causar en los sectores con menos recursos.


Desde una perspectiva regional, la frustración y el resentimiento nos dejan ante la primacía de la política interna por sobre la externa. Cada uno mira sus problemas y le echa la culpa al otro. Maduro acusa a EE.UU. y a Colombia; Ecuador, a Venezuela y a Cuba; Chile, a Venezuela; Brasil, a Bolivia, a Venezuela y, ahora, también a la Argentina a partir del triunfo de Fernández. Ante el vacío diplomático en la OEA, su secretario general decidió decir lo que piensa sin pensar lo que dice. Los mecanismos regionales están dislocados, como el Mercosur, heridos de muerte, como la Unasur, o son simples sellos diplomáticos, como la Celac, desprovistos de mecanismos eficientes de concertación.


Pero la frustración y el resentimiento no son solo sentimientos regionales. Ahí afuera está el mundo. Y lo que ahí sucede no ayuda mucho, ni para esperar crecimiento ni para imitar comportamientos políticos. En Estados Unidos, el triunfo de Trump simbolizó precisamente la frustración y el resentimiento de muchos ciudadanos que vieron reducir sus horizontes de crecimiento mientras veían también cómo los ricos se hicieron escandalosamente más ricos. En el Reino Unido, el Brexit asomó como un brote nacionalista cargado de frustraciones por parte de hombres blancos, adultos y del interior. En Francia, los "chalecos amarillos" se movilizaron frustrados por los aumentos en los combustibles, la injusticia fiscal y la pérdida de poder adquisitivo. La lista se expande. Y vas más allá de Occidente. En 2019 hemos visto protestas por todo el globo. En Medio Oriente, el Líbano, Irak e incluso Arabia Saudita experimentan distintos grados de movilización y rechazo a líderes o leyes. En Asia, Hong Kong encabezó una larga y violenta movilización demandando menos autoritarismo y más libertades. Rusia, Ucrania, Albania y Serbia han tenido importantes demostraciones de insatisfacción y resentimiento hacia sus líderes.


En este sentido, una segunda respuesta, sin embargo, es más estructural y tiene que ver con la crisis del orden liberal internacional. La desconexión de Trump de este orden y las tensiones que provoca el ascenso de China en la organización del capitalismo globalizado no son la causa, sino más bien el síntoma de que algo se ha roto en la sociedad internacional. A esto se suman la desaceleración de la economía global, un crecimiento más lento en China y una caída en el precio global de las commodities, que no ayudarán mucho a la recuperación de América Latina, una región también estancada en la trampa de sus recursos, los cuales la hacen muy dependiente de la demanda americana, europea y asiática. Se suma a esto, también, la desconexión de Estados Unidos de los problemas en el sur global vinculados con la democracia y los derechos humanos, ejemplificada en un Departamento de Estado que vio reducir un tercio de su presupuesto y que vio renunciar a 33 oficiales de alto rango desde que asumió Donald Trump. Para muestra basta el silencio absoluto de Washington con relación a los acontecimientos traumáticos que hemos visto en nuestra región.


Lo que sucede en América Latina muestra, entonces, causas endógenas, pero refleja, y mucho, las dinámicas de un capitalismo global que genera un desarrollo desigual y combinado, al decir de León Trotski. En este sentido, lo que está en crisis no es el capitalismo, hoy más fuerte que nunca. Lo que está en crisis es la política y el Estado en Occidente, que no encuentran la forma de controlarlo institucionalmente, de mitigar externalidades como el cambio climático, la pérdida de riqueza pública o el cambio tecnológico, y que no saben cómo reducir el impacto que genera en la desigualdad de ingresos. Los desafíos en el norte desarrollado y el sur global son similares en este sentido, aunque partiendo de pisos muy distintos. América Latina necesita una estrategia de desarrollo sostenido que la ayude a salir de la trampa de la renta media, que articule crecimiento económico con desarrollo institucional y que le dé al Estado otros instrumentos, además de los programas de transferencia, para encarar la pobreza y la desigualdad. La frustración y el resentimiento llevan al estallido, la protesta y, también, a la violencia anómica. El desafío será cómo canalizar estas demandas ante gobiernos sordos, con miedo o sin libretos.


Publicado por Federico Merke, el 29/10/2019, en LA NACIÓN

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