IMAMOGLU, UN RECAMBIO LAICO PARA TURQUÍA



El día en que la mayoría de los ciudadanos de Estambul, la capital económica y cultural de Turquía, decidió desviar su mirada en busca de una alternativa al poder concentrado del presidente Recep T. Erdogan se encontró con Ekrem Imamoglu, y no fue casualidad que ese nuevo líder estuviera allí, listo para escucharlos.


Los caminos de Imamoglu y de una buena parte de la sociedad turca ya estaban convergiendo hacia una nueva etapa de mayor tolerancia y diversidad política en el país, cuando el régimen de Erdogan denunció un golpe de Estado en su contra, en 2016, y respondió con persecuciones de opositores y purgas de funcionarios.


La ofensiva más reciente de Erdogan, en marzo de 2019, tuvo como protagonista a Imamoglu, un dirigente de 49 años casi desconocido en el exterior. Las autoridades impugnaron su triunfo en las elecciones municipales de Estambul, por 14 mil votos (0,2%), al candidato del oficialista Partido de la Justicia y el Desarrollo (AKP), el ex premier Binali Yildirim.


Dedicado en su vida civil a la administración de empresas, Imamoglu supo desde pequeño de los avatares y giros de la política, porque su propio padre fue uno de los fundadores del Partido de la Madre Patria, una fuerza conservadora y nacionalista que gobernó el país en la década 1983-1993.


Fiel a las tradiciones familiares, Imamoglu comenzó a militar en política pero más a la izquierda, en el Partido Republicano del Pueblo (CHP), el más antiguo del país (1923) y nacido de la revolución laica de Mustafá Kemal Ataturk, padre de la nueva Turquía nacida del Imperio Otomano.


El primer paso importante de Imamoglu fue ser elegido en 2014 alcalde del distrito de Beylikduzu, una ciudad de clases medias de la periferia de Estambul. Él mismo construyó su figura como un producto de sectores acomodados pero formado en la educación pública, capaz de conectarse con todos los estamentos sociales.


Para entonces, Erdogan ya había replicado en favor de los islamistas el monopolio del poder político que durante décadas habían ejercido los republicanos del CHP (partido único hasta 1950). Parecía imposible desafiar al nuevo “sultán”.


En su década y media como hombre fuerte de Turquía -desde 2003 como primer ministro y desde 2014 como presidente pero dotado de un poder ejecutivo real y determinante- Erdogan construyó una amalgama de fuerzas islamistas y sectores trabajadores urbanos que hizo del AKP en una fuerza electoral casi imbatible.


Las elecciones municipales de marzo pasado, al cabo de una paciente acción política de dirigentes republicanos que entendieron la necesidad de ampliar sus bases captando a sectores islamistas históricamente cautivos de Erdogan y a la minoría kurda perseguida por el gobierno, agrietaron ese monopolio.


Pero el presidente turco encontró en el escaso margen del sorpresivo triunfo de Imamoglu la excusa perfecta para denunciar irregularidades, forzar nuevos comicios y darle una nueva oportunidad a sus islamistas.


La reacción


El remedio fue peor que la enfermedad para Erdogan. Lo único que logró fue dar más tiempo a la campaña opositora, decidida a renovar el aire de la política turca desde el histórico bastión de Estambul (15 millones de habitantes, un cuarto, pobres,) con un lema conciliador, amigable y optimista: “Todo va a estar bien”.


Y lo estuvo. La ajustada ventaja inicial de Imamoglu se convirtió tres meses después, en los comicios repetidos, en una avalancha de votos (750 mil de ventaja, 54% a 45%) que confirmó su elección como alcalde de Estambul, convirtiéndolo en el primero socialdemócrata después de 25 años de absoluto dominio islamista.


“Esta elección se volvió la lucha de toda una nación. Fue una elección sobre Estambul, pero a la vez una lucha por la democracia”, declaró Imamoglu, claramente favorecido también por una crisis económica que alcanza a votantes golpeados por la inflación y el desempleo que perdieron la confianza en Erdogan.


El presidente pasó de acusar al nuevo líder opositor de mentiroso y agente de poderes extranjeros a felicitarlo por una victoria que lo dejó pensando en su futuro político y en el de toda Turquía.


Después de todo, el punto de partida de la carrera política de Erdogan fue el mismo que el de su actual desafiante: en 1994, como alcalde de la gran ciudad del Bósforo. “Quien gane Estambul, ganará el país”, gustaba decir años atrás, y no se equivocó.


La antigua ciudad, en efecto, marca el ritmo de los cambios políticos del país. Pero los vientos que soplan ahora traen en su eco otro nombre, el de Imamoglu.


Él mismo parece saberlo. Cuando le insinuaron que podría convertirse en la alternativa política laica para ponerle fin al ciclo islamista de Erdogan, respondió, con picardía poética:


Ahora me voy a concentrar en gobernar Estambul, pero agradezco que algunos me vean como una estrella muy alta en el firmamento”.

  • Facebook
  • Twitter
  • YouTube
  • Instagram