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“La época de la incertidumbre”, por Álvaro García Linera

Durante 35 años, entre 1980 y 2005, el orden moral y laboral de gran parte del planeta estuvo regido por un conjunto de principios básicos que alentaban un destino imaginado, e inevitable, del curso de las sociedades. De los esfuerzos personales y familiares con los que las personas justificaban sus actividades diarias, sus sacrificios, sus estrategias cotidianas.



El libre mercado como modo «natural» de asignación de recursos en el cual hallar un «nicho de oportunidades» para el emprendimiento individual. La globalización como humanidad universalizada que permitiría que, tarde o temprano, los logros y bienestar de los ricos del mundo se desparramarían para todos, según su esfuerzo. 


El Estado pequeño y no intrusivo que liberaría la energía social y reduciría los impuestos. El déficit fiscal cero que lograría organizar el país como una casa austera en aborrecibles derechos colectivos, y auspiciosa en premios para los competitivos, los triunfadores. Todos estos emblemas orientadores desempeñaron el papel de destino imperativo con los cuales casi todos los gobiernos, las empresas, los periodistas, los «líderes» de opinión, los académicos reconocidos, los dirigentes sociales y las familias adecuaron sus expectativas de futuro venturoso, sus posibilidades factibles de desarrollo y modernidad.


Era el espíritu dominante de un mundo que tenía dirección. Las sociedades aguardaban un futuro inevitable. Las familias, una certidumbre de época. Las personas, un horizonte predictivo para organizar sus estrategias diarias. No importaba cuán alejadas podían estar esas metas; no resultaban desmoralizadores los fracasos o interrupciones que uno hallaba en el camino, o cuán discriminatorias fueran las oportunidades de éxito. Se trataba de unas ideas-fuerza, de una imaginación compartida, con la certidumbre tácita del sentido común, que permitía organizar los retazos fragmentados de la vida diaria hacia un destino de éxito y grandeza.


El mundo es así y así había que estar en el mundo, afirmaban casi todos. La flecha del tiempo se abalanzaba hacia ese futuro optimista y nadie, a no ser alguien que no estuviera en el tiempo, o en el mundo, podía afirmar algo distinto.


El primer síntoma adelantado de la decadencia de ese orden global vino desde las extremidades del cuerpo capitalista al despuntar el siglo XXI. América Latina intentó explorar alternativas al orden económico y político dominante mediante políticas híbridas de soberanismo, ampliación de derechos y libre comercio. Luego vino la crisis económica mundial del 2008. Después, el surgimiento de neoliberalismos semi-proteccionistas, con Trump en Estados Unidos (EEUU) y el Brexit en Reino Unido. A ello le ha seguido la «fragmentación geoeconómica» del orden global entre bloques regionales que comercian en función de amistades políticas y cercanía geográfica. Así, en conjunto, hemos entrado a una era del lento y patético desplome del viejo orden del libre mercado; y la emergencia, aún incipiente, de múltiples y variadas opciones sustitutivas, sin que ninguna de ellas logre hasta hoy afianzarse definitivamente. Esto da lugar a un mundo caótico, de trayectorias efímeras e incapaces de vislumbrar aún un nuevo orden que, de consolidarse, habrá de durar otros 40 a 50 años.


Publicado el 04/06/2024

Leé el artículo completo, publicado aquí


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