"Los vínculos con Beijing y Washington", por Patricio Carmody



La Argentina enfrenta el crítico desafío de manejar en forma simultánea y positiva las relaciones con EE.UU. y China. Si en lo político compartimos los valores de la libertad y de la democracia representativa con EE.UU., es necesario interactuar con ambas potencias en lo económico para impulsar nuestro desarrollo.


El crecimiento de la economía china continúa impactando el escenario global. Lee Kwan Yew –creador del Singapur moderno– ha afirmado que el desbalance mundial causado por China será tan grande que habrá que encontrar un nuevo equilibrio de poder a nivel global. Lee ha denominado a China como “el jugador más grande en la historia del mundo”.


Para mantener los altos niveles de crecimiento –que algunos llaman “sostener lo insostenible”–, Xi Jinping ha dejado de lado una regla esencial de la supervivencia política: no juntar un objetivo preciso y una fecha en la misma frase. Ha anunciado “dos objetivos centenarios”: construir una “sociedad moderadamente próspera” –con un PBI per cápita de 10 mil dólares– para el centenario del Partido Comunista chino en 2021, y convertirse en una nación “moderna, desarrollada, rica y poderosa”, para el centenario de la república popular, en 2049.


Así, en adición a ser la potencia manufacturera del mundo, China ya posee el mercado interno más grande en materia, entre otros, de autos, de teléfonos celulares y de comercio electrónico. A su vez, importa más petróleo y consume más energía que cualquier otro país.  Además, mediante crecimientos de +10% antes de la crisis global de 2008, y de +6 a +7% desde entonces, China ha sacado de la pobreza a más de 500 millones de habitantes, el salto más grande para superar a la pobreza en la historia de la humanidad. En consecuencia, el consumo per cápita de proteínas aumenta aceleradamente.


Con su alta tasa de ahorro –del 30%–, China se ha convertido en el principal tenedor de bonos norteamericanos. A su vez, ha fundado el Banco Asiático para Inversión en Infraestructura (AIIB, por sus siglas en inglés), que ya supera al Banco Mundial  como financista de proyectos internacionales de infraestructura y desarrollo. China ha utilizado esta herramienta para generar relaciones de dependencia, y el apoyo de naciones en temas específicos.


Para  preocupación de EE.UU., China continúa siendo, luego de la crisis financiera de 2008, el principal motor del crecimiento económico mundial. Una parte vital de su crecimiento se debe a su poderío exportador, lo que ya ha llevado  a causar la actual “batalla comercial” con EE.UU. Irónicamente, el crecimiento chino se ha producido aprovechando el sistema liberal internacional diseñado por EE.UU. Por su parte, este último ha optado por retirarse de proyectos comerciales multilaterales como el Trans Pacific Partnership (TPP), que lo hubieran fortalecido, en desmedro de China, en esa geografía, que incluye a Chile y Perú.  


En un contexto donde China se muestra activa en la región sudamericana mientras EE.UU. parece darle poca importancia estratégica, y definiendo nuestro interés vital como el “desarrollo en libertad”, la Argentina debe desenvolverse con sumo cuidado en sus relaciones económicas con ambas potencias.


Por un lado, la contienda entre una potencia emergente y una dominante  frecuentemente intensifica  la competencia por recursos escasos. Esto puede darse en el caso del gas y petróleo no convencional que la Argentina puede producir.  Deben existir consideraciones estratégicas al determinar adónde exportar estos valiosos recursos, satisfaciendo a ambas potencias.


Por otro lado, siendo la economía china complementaria con la argentina, un aspecto estratégico es la exportación de proteínas, particularmente soja y sus derivados. Pero hay que evitar la dependencia de ese mercado a través de la diversificación de destinos, incluyendo India. Esto se debe a que China suele utilizar este tipo de dependencias para presionar por temas políticos o económicos, como fue el caso de bloquear embarques argentinos con aceite de soja, reducir a cero las importaciones de salmón noruego, o dejar pudrir bananas filipinas en sus puertos.


Lamentablemente, Argentina mantiene hoy importantes déficits comerciales con ambas potencias, lo que debe reducirse gradualmente, a pesar del duro desafío que esto implica. Como referencia, Brasil tiene un superávit de más de 20 mil millones de dólares con China. Sin embargo, acciones como poner retenciones de 4 pesos por dólar claramente desincentivan los esfuerzos en esa desafiante dirección. Un camino complementario es profundizar la diversificación de destinos de exportación –India, países del Asean, Africa, Medio Oriente–, para compensar los déficits con ambas potencias. Los esfuerzos presidenciales recientes en India y Vietnam, aunque tardíos, van en esa dirección.


En cuanto a inversiones, es clara la diferencia existente entre las chinas de carácter estatal, con componentes políticos y de largo plazo, y las norteamericanas de carácter privado, que siguen la lógica del retorno a la inversión. Sin embargo, las inversiones necesarias en la Argentina son de tal magnitud que precisamos tanto de EE.UU. como de China. Un ejemplo es la red de gasoductos necesarias para dar salida al gas no convencional tanto por el océano Pacífico, como por el Atlántico, para maximizar  su extracción y precio de venta a lo largo del año.


Un elemento que afecta notablemente el accionar exterior, y nuestros grados de autonomía, es la “doble dependencia financiera” que ha provocado el acelerado endeudamiento estatal, tanto con el FMI –controlado por EE.UU.– como con China, a través de la expansión de los swaps concedidos.


Si, enfocados en los asuntos internos, subestimamos el peligro que esto implica para nuestra política exterior, aumentamos los riesgos.


Finalmente, es vital que todos estos factores económicos sean evaluados desde el prisma de una estrategia de desarrollo, a base de exportaciones, para así optimizar las relaciones con EE.UU. y China.


Publicado por Patricio Carmody, el 05/05/2019 en PERFIL

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