MACRON, PUESTO A PRUEBA

Actualizado: mar 16

Promediando su mandato, Emmanuel Macron se encuentra asediado por críticas de distintos grupos opositores que resurgen luego de ser derrotados en 2017. Las elecciones municipales del próximo marzo serán una decisiva prueba para el proyecto político del presidente francés.



Luego de una contundente victoria en segunda vuelta contra Marine Le Pen en las elecciones presidenciales de 2017, Emmanuel Macron se convirtió en el jefe de Estado francés más joven desde Napoleón Bonaparte. Con su asunción se instaló un nuevo movimiento político, En Marcha, que sacudió al bipartidismo francés.


Sin embargo, ya a mitad de su mandato, las altas expectativas han dado lugar al descontento y hasta el fastidio por parte de significativas capas de la ciudadanía francesa. En estos dos años y medio, su índice de confianza ha disminuido a menos de la mitad hasta caer al 30% de aprobación, especialmente entre los votantes de centro y centroderecha, su electorado. Ante los diputados de la mayoría parlamentaria que recibió en el Palacio del Elíseo el pasado 11 de febrero, Macron admitió estar viviendo "un momento difícil en su quinquenio".


El primer gran desafío para su presidencia fueron los chalecos amarillos (gilets jaunes), un movimiento que comenzó como una manifestación de automovilistas provinciales contra los impuestos a los combustibles ecológicos y evolucionó hacia una protesta más amplia de autoconvocados contra el sistema.


Más de un año después de sus primeras manifestaciones, siguen reuniéndose todos los fines de semana en París y las principales ciudades de Francia. Sin dejarse intimidar por los robustos operativos antidisturbios, la masividad y duración de los chalecos amarillos expuso un país que atraviesa la mayor fragilidad política y social en décadas.


Acusado por los manifestantes de ser un arrogante “presidente de los ricos”, Macron suprimió rápidamente el aumento de los impuestos sobre los combustibles e hizo una docena de concesiones financieras para los trabajadores de la clase media, que representan varios miles de millones de euros en el presupuesto francés (1% del PBI de 2019).


La escalada de violencia socavó los planes de su gobierno para reducir rápidamente el déficit presupuestario y la deuda nacional. Posteriormente, Macron lanzó un “gran debate nacional” para discutir el amplio marco socioeconómico francés, desde los impuestos y las tarifas de transporte público al sistema de salud estatal y la representatividad del sistema político.


Sin embargo, en diciembre de 2019, nuevas protestas llenaron los espacios públicos en todo el país contra la reforma del sistema de pensiones propuesta por Macron. Sobre la base de la experiencia de los chalecos amarillos, la oposición civil demostró tener cada vez mejor comunicación y organización.


La resistencia giró esta vez en torno a la iniciativa presidencial de adoptar un programa de reforma económica, titulado por los sectores perjudicados como "el desguace del siglo". Al mismo tiempo que la propuesta era presentada ante el Consejo de Ministros, las calles se colmaban de manifestantes y huelguistas.


El sistema de pensiones actual para el sector privado fue creado en 1945, en el nacimiento del Estado de bienestar francés. Mientras que dos tercios de los trabajadores franceses están bajo el régimen general, el otro tercio se ampara en los 42 especiales. De aprobarse, la reforma previsional unificaría los regímenes previsionales especiales para pasar a un sistema universal por puntaje.


Hoy, la impopular reforma previsional está empantanada en la Asamblea Nacional (se votará con sus modificaciones el 3 de marzo) y repudiada en las calles. En un gesto negociador, Macron eliminó la iniciativa del aumento de la edad jubilatoria de 62 a 64 años. Sin embargo, luego de la obstrucción de la oposición en el legislativo (donde se propusieron 40.000 enmiendas al proyecto macronista), a fines del febrero pasado Macron optó por aprobar la reforma previsional por decreto, en virtud del famoso “49.3” de la constitución.


Macron, estratégico, no se detuvo. Trabada su plataforma económica, en los últimos meses realizó un giro para abordar la agenda de los sectores más conservadores. Este cambio discursivo de Macron se confirmó con su entrevista en el semanario de derecha Valores Actuales (Valeurs Actuelles). Desde En Marcha lo justificaron alegando la necesidad de “hablarle a todos los franceses”, pero en la prensa y las redes sociales Macron fue criticado por prestarse a un medio gráfico representante de la “derecha sin complejos” afín a Marine Le Pen.


En su extensa entrevista, el presidente francés tocó temas que generan fuerte polarización, como la inmigración y el Islam. Contra las críticas, Macron se remitió a su plataforma electoral: “el lugar del Islam (...) no requiere una revisión de la ley de 1905, que sentó las bases del laicismo a la francesa (...) debemos ayudar a los musulmanes de Francia a seguir estructurando instituciones representativas de su religión en el país y luchar decididamente contra todos los abusos radicales que desvían los valores de esta religión.”


La relación del Estado francés con la población musulmana es uno de los debates más apasionados de la política francesa contemporánea. De hecho, según la prestigiosa encuesta regular IFOP, 4 de cada 5 franceses creen que el laicismo en el país se encuentra bajo amenaza, la proporción más alta desde los atentados terroristas de 2015.


Ahora, contra el "separatismo islamista", Macron quiere posicionarse entre la represión y la integración: sin buscar estigmatizar el Islam, anunció una serie de medidas para reducir las "influencias extranjeras" sobre la segunda religión de Francia.


Los dos frentes de batalla abiertos para Macron (las reformas económicas y políticas) se explican por la composición ideológica de su propio espacio político. Según un estudio publicado por el instituto Terra Nova, dentro de La República En Marcha coexisten tres electorados: un grupo de liberales-progresistas, económicamente liberales y progresistas en términos de valores culturales; otro de progresistas-igualitarios, económicamente de izquierda y también culturalmente tolerantes; y finalmente uno de conservadores-liberales, económicamente de derecha pero sensiblemente conservadores en términos de valores culturales. Si el primer grupo todavía acompaña a Macron a falta de mejores alternativas, los últimos dos están representados en las calles que protestan contra sus reformas económicas y quienes apoyan las presiones antimigratorias del lepenismo.


La capacidad de Macron para aglutinar a estos dos últimos electorados será puesta a prueba en las elecciones municipales francesas del próximo marzo; donde sobran motivos para prestar atención. En las elecciones legislativas de septiembre de 2017, la fuerza política de Macron perdió escaños (21 contra 28 anteriores). Además, en las elecciones para el Parlamento Europeo de 2019, su lista de eurodiputados Renacimiento quedó segunda detrás de la de extrema derecha de Agrupación Nacional (si bien la concurrencia a las urnas fue baja, 50%, aumentó casi 8 puntos con respecto a la edición anterior).


Estas elecciones municipales 2020 también prometen ser complicadas. Cada seis años se renuevan todos los consejos municipales (de entre 7 y 69 miembros según la cantidad de habitantes del distrito) de las más de 35.000 comunas francesas y los consejos comunitarios de las 1258 mancomunidades (agrupaciones de municipios para proyectos en común). Todo distrito de más de 1000 habitantes funciona igual que las presidenciales: con un sistema a dos vueltas (15 y 22 de marzo).


Sin embargo, la mayor parte de las miradas están puestas en París. El futuro alcalde de la capital francesa será electo por el Consejo de París, la legislatura local. Para ello se votarán los consejeros por los 20 distritos (arrondisements) en estas elecciones, luego de lo cual la nueva legislatura parisina elegirá a su alcalde a más tardar el 29 de marzo.


En París el presidente Macron buscaba un gran triunfo simbólico que le permitiera relanzar su plataforma política de cara a la segunda mitad de su mandato. No obstante, el candidato a la alcaldía por La República En Marcha, Benjamín Griveaux, presentó su renuncia luego de la filtración de un video sexual. Después del escándalo, Macron designó el 16 de febrero a Agnès Buzyn, médica que hasta ese momento había ocupado la cartera nacional de Salud.


Buzyn competirá contra Anne Hidalgo, actual alcaldesa de París y favorita en las encuestas; Rachida Dati, musulmana y exministra de Justicia de Nicolás Sarkozy; y Cédric Villani, un matemático exmacronista que busca dar el batacazo con su candidatura independiente.


A partir de las elecciones municipales, mucho puede cambiar en Francia. Los socialistas, partido de gobierno en todos los niveles hasta 2017, ahora buscan a toda costa retener la capital francesa para demostrar que todavía retienen competitividad electoral. Le Pen, por su parte, concentra su campaña en el interior del país, para consolidar distritos afines en 2017 y 2019 y dar vuelta aquellas localidades donde perdió por pocos puntos en aquellas oportunidades.

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