NAYIB BUKELE, EL VERDUGO MILLENNIAL DEL BIPARTIDISMO

Actualizado: 6 de jun de 2019



El joven Nayib Bukele (37), quien en pocos años pasó de ser el desconocido alcalde de una pequeña ciudad de El Salvador a convertirse en presidente del país centroamericano, representa una versión millenial de otras irrupciones políticas fulgurantes ya vistas en América Latina, aunque su liderazgo adquiere características sólo posibles en este siglo.


Bukele es el emergente del descontento ciudadano con el bipartidismo salvadoreño conformado por las dos grandes coaliciones de izquierda y derecha que se alternaron en el poder en las casi tres décadas que siguieron al final de la guerra civil (1992), el Frente Farabundo Martí de Liberación Nacional (FMLN) y ARENA, respectivamente.


Los sonados casos de corrupción que hartaron a muchos salvadoreños durante los gobiernos de uno y otro signo político, en un contexto de estancamiento económico, pobreza persistente y violencia criminal inusitada por la actividad de las “maras”, abrieron la brecha mayor por donde el singular estilo de Bukele filtró toda su energía hipster.


América Latina ya asistió antes a otros casos de liderazgos carismáticos que anunciaban el fin de la hegemonía de antiguas dirigencias, como el de Alberto Fujimori (1990-2000) en Perú, el de Fernando Collor de Mello (1990-92) en Brasil o Fernando Lugo (2008-12) en Paraguay. Por distintas razones, a la larga o a la corta, ninguno concluyó del todo bien.


Cuando Bukele dio sus primeros pasos en la política, lo hizo como dirigente juvenil de la izquierda tradicional, a través del FMLN, para ser elegido y gobernar con sólo 30 años el pequeño municipio de Nueva Cuscatlán. Muchos recuerdan aún a un muchacho contenido, hasta dubitativo. Desde ese trampolín, este joven empresario, de padre palestino y sin estudios académicos completos, saltó a la alcaldía de la capital, San Salvador.


Entonces, despuntó el Bukele líder que el mundo conoce hoy: lo primero que hizo fue confrontar con los líderes del FMLN y romper con ellos, y a partir de ese movimiento táctico desplegó la idea básica de su campaña, que los políticos de ese caduco bipartidismo se corrompieron y alguien debía empezar a defender otra vez los intereses populares.


En parte, la realidad le dio la razón: el ex presidente Mauricio Funes (2009-14, FMLN) huyó a Nicaragua para evitar ser juzgado por una denuncia de corrupción millonaria y su par derechista Antonio Saca (2004-09, ARENA) purga diez años por delitos del mismo tenor.


Como explicó Roberto Cañas, politólogo de la Universidad Centroamericana José Simeón Cañas, el éxito de Bukele tiene que ver menos con la ideología que con el malestar de los salvadoreños con la clase política: "Están cansados, enojados, hartos de corrupción, hartos de promesas rotas, y lo que ven en él es que no representa todo eso". Por ahora.


El empuje juvenil de Bukele lo llevó en 2017 a crear su propio partido con la marca de Nuevas Ideas, pero el aluvión de firmas para autorizarlo que ofrecieron miles y miles de salvadoreños -cuatro veces las necesarias y en un sólo fin de semana- llegaron tarde.


Tampoco prosperó legalmente su intento de aliarse con un pequeño partido, Cambio Democrático, así que terminó haciéndolo -paradójicamente para alguien visto como un “outsider”- con otro (GANA) fundado por antiguos derechistas escindidos de ARENA muy cuestionados por su extremismo y hasta por sospechas de corrupción.


Aquí es donde el liderazgo de Bukele tomó el vuelo propio de este tiempo: vació de contenido ideológico la campaña del partido que le prestó su plataforma y apeló a una comunicación directa y emotiva con el electorado, a través emotivos mensajes y videos en redes sociales y salteando la discusión en el complejo mediático clásico.


Bukele repitió una y otra vez sus latiguillos virales contra la corrupción de la era del bipartidismo -“el dinero alcanza cuando nadie roba” o “devuelvan lo robado”, unos 37 mil millones de dólares según sus cálculos- a través de Twitter, al mejor estilo Donald J. Trump.


En campaña, el barbado Bukele eludió los debates públicos o exponer un programa. Tuvo éxito: en febrero de 2019, se convirtió en el presidente más joven de El Salvador arrasando en las urnas con un triunfo en primera vuelta (53%), con más votos que todos los demás partidos juntos y en los 14 departamentos en juego barriendo al FMLN y a ARENA.


“Destruimos al bipartidismo, dimos vuelta la página de la posguerra. El futuro que vamos a construir hoy no depende de derechas ni de izquierdas”, dijo al proclamar su triunfo, y reafirmó su opción por un liderazgo sin demasiadas mediaciones institucionales: “Este es el movimiento del pueblo, ustedes pueden hacer con él lo que ustedes quieran”.


Ya electo, siguió dando instrucciones a sus operadores políticos por las redes sociales y en público, incluso la de negarse a hablar con el gobierno saliente para organizar la transición. Ahora, a este nuevo líder, le esperan desafíos menos virtuales para administrar el país y cumplir con algunas de sus grandes promesas, como la de un tren bioceánico.


Sus primeros pasos antes de asumir -viajar a Estados Unidos a disertar en centros ultraconservadores, ufanarse de su relación con Trump y revisar las relaciones con Nicaragua, Venezuela y China- insinúan que detrás de la oferta superadora de Bukele hay un líder envuelto en ropajes novedosos pero, en el fondo, de esencia ya conocida.


El 1 de junio de 2019, en el discurso más corto de los últimos ocho traspasos presidenciales, terminó de confirmar esa impresión: “Nuestro país es como un niño enfermo, nos toca ahora a todos cuidarnos, tomar un poco de medicina amarga, sufrir todos, tener un poco de dolor y sacar adelante a nuestro niño que es nuestro país. Sí habrán momentos difíciles, pero espero que me acompañen a tomar esas decisiones con valentía”, avisó.

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