"Otro G20 para otra gran crisis global", por Jorge Argüello

Los dos grandes desafíos, el sanitario y el climático, exigen replantear el rol del grupo y destacan que cooperar no es una opción, sino una necesidad.



La crisis financiera asiática de 1997, cuyos efectos sentimos también en América Latina, dio un primer impulso a la coordinación y cooperación global para hacer frente a una economía mundial en problemas, y nació el G20. Una década más tarde, en 2008, otra crisis financiera elevó al máximo de jerarquía esa nueva instancia de gobernanza económica: las Cumbres de Líderes del G20.


En aquel momento, para expresar la necesidad de un trabajo internacional mancomunado frente a la inestabilidad de todo el sistema, se instaló esta analogía: la economía y el sistema financiero internacionales son un “bien público global”. Ya no había lugar para soluciones unilaterales en la nueva globalización.


Esa figura se hace más evidente y actual en este 2021, después de casi dos años de pandemia. Bajo la presidencia italiana, el G20 puede abrir ahora un nuevo capítulo del foro de países, en el que contribuya a la gobernanza de otros bienes públicos globales más allá de lo estrictamente económico-financiero: la salud de las personas y la del propio planeta.


Con ese espíritu, la Argentina tomó la iniciativa y convocó en septiembre en la reunión de Sherpas del G20 en Florencia, Italia (15 y 16 de septiembre) al grupo de economías emergentes del foro (Arabia Saudita, Brasil, China, Indonesia, India, México, Rusia, Sudáfrica y Turquía), un espacio tradicional de intercambio al que la virtualidad había dejado en un lejano segundo plano.


Esta vez, la presencialidad fue un vehículo para identificar coincidencias partiendo de la idea de que la cooperación internacional no significa sacrificar los intereses nacionales, sino situarlos en el marco más amplio de los intereses colectivos.


En Florencia, quedaron muy en claro los dos grandes desafíos globales de este año: cómo prevenir futuras pandemias y cómo enfocar el nexo energías-cambio climático, que implica hacer una transición hacia un modelo de producción y consumo económico bajo en emisiones de carbono.


Por un lado, la pandemia de Covid 19 demostró que, ante enfermedades que se propagan más allá de las fronteras, no sólo se necesitan acciones comunes, sino también inversiones en los sistemas de aviso temprano, monitoreo y prevención y, por sobre todo, de un sistema sanitario internacional vigoroso.


El G20, organismos internacionales y expertos en diferentes campos de la salud coinciden en que la actual arquitectura sanitaria mundial no está preparada ni es la adecuada para prevenir una pandemia como la actual. Tampoco tiene la capacidad para responder con rapidez y fuerza cuando surge la amenaza, algo evidente en el caso del COVID-19.


La conclusión frente a esta debacle mundial es que el sistema es complejo, está fragmentado y carece de una supervisión adecuada y rigurosa. Demanda, también, una financiación suficiente que permita proyectarlo hacia el futuro.


Nuevos tiempos, nueva agenda. ¿Es el G20 el ámbito idóneo para establecer y coordinar un mecanismo que promueva la financiación del sistema sanitario mundial y que integre a los actores clave, como, por ejemplo, la Organización Mundial de la Salud (OMS)?


Basados en el modelo del Consejo de Estabilidad Financiera (FSB), establecido por el G20 tras la crisis de 2008 y que ha operado con éxito, una de las propuestas sugeridas por paneles de expertos es la de crear un Consejo de Salud global para contener los riesgos de una nueva amenaza sanitaria.


La propuesta plantea, sin embargo, interrogantes sobre el nivel de representatividad y legitimidad que tendría ese Consejo de Salud, así como sobre la oportunidad de crearlo ahora, cuando la inmunización contra el COVID-19 no ha logrado aún un nivel óptimo a escala universal.


Pero también se necesitan medidas colectivas para abordar el segundo problema clave de la época: el cambio climático. Hay diferentes opiniones sobre los plazos para lograr las metas y cómo asegurarlas. También hay discrepancias sobre los enfoques para asumir los nuevos compromisos en la reducción de emisiones de carbono, con el grado de ambición que necesita el mundo para evitar un aumento de la temperatura superior a 1,5°C respecto a los niveles preindustriales.


¿Cómo impactará en la competitividad comercial el uso de instrumentos para sancionar procesos de producción contaminantes, como impuestos, mercados de carbono u otras regulaciones? Inevitablemente, su adopción se traduce en un aumento en el costo de bienes y servicios comparados con otros que no estén sujetos al mismo nivel de exigencia.


Algunas instituciones internacionales plantean promover un impuesto mínimo global para las emisiones de carbono siguiendo los lineamientos del acuerdo sobre la “tasa global” para las corporaciones multinacionales. Esto daría una señal clara para reorientar la inversión privada a la innovación tecnológica y la eficiencia energética a partir de un acuerdo multilateral.


Frente a estos dos grandes desafíos, el sanitario y el climático, surge claramente la necesidad de replantear cuál es el rol del G20, cuáles son los mecanismos de cooperación internacional más efectivos, y, sobre todo, cuáles son las sinergias con otras instituciones internacionales involucradas.


Obviamente, el G20 no está llamado a reemplazarlas ni a renegociar compromisos asumidos en otros foros internacionales. Por el contrario, y para asegurar los resultados, su objetivo es impulsarlas a través de una muestra de compromiso político para que ejerzan su mandato, diseñen acciones concretas y coordinadas.


Así, de lo que suceda en la Cumbre de Roma del G20, a finales de octubre, dependerá en gran medida el éxito de la Conferencia de las Naciones Unidas sobre Cambio Climático (COP 26) en Glasgow, apenas días más tarde.


En ese contexto, es auspicioso que todos en el G20 estemos de acuerdo en lo central: cooperar no es una opción, es una necesidad. No sólo en materia de salud global, sino también, para adoptar medidas conjuntas frente al cambio climático. Esas dos cuestiones sellarán la suerte del G20 y la posibilidad de que se convierta en un foro de respuesta a los bienes públicos globales, más allá de los económicos-financieros.


Publicado el 26/09/2021 en PERFIL