Refugiados ambientales: hacia un apartheid climático



Los desplazamientos forzados por cuestiones medioambientales son un fenómeno de larga data, pero nunca en la historia había alcanzado la magnitud de los últimos años, con millones de personas afectadas que ya pueden ser encuadradas en la dramática novedad de un “apartheid climático”.


Cuando el papa Francisco declaró la “emergencia climática mundial”, frente a los CEO’s de las grandes petroleras internacionales, advirtió con acierto que si no se toman medidas urgentes habrá un acto brutal de injusticia hacia los pobres y las generaciones futuras.


La noción de refugiado ambiental apareció por primera vez en 1985 en un informe del Programa de las Naciones Unidas para el Ambiente (PNUMA) de la mano del profesor egipcio Essam El-Hinnawi. Los definía como “…aquellos individuos que se han visto forzados a dejar su hábitat tradicional, de forma temporal o permanente, debido a un marcado trastorno ambiental, ya sea a causa de peligros naturales y/o provocado por la actividad humana”.


Por primera vez, hoy hay más refugiados por cuestiones relacionadas con el medio ambiente que por guerras y conflictos armados. Unas 25 millones de personas han sido desplazadas forzosamente de sus hogares por sequías, desertificación, erosión de suelos o accidentes industriales: una por segundo.


El estatus jurídico internacional de los refugiados se encuentra en la Convención de Ginebra sobre el Estatuto de los Refugiados del 28 de julio de 1951 y su Protocolo de Nueva York, de 31 de enero de 1967. Esta definición tradicional deja una laguna de protección respecto de los refugiados ambientales; porque no es aplicable a los desplazados por razones relacionadas con el medio ambiente.


Durante mucho tiempo, la Agencia de las Naciones Unidas para los Refugiados (ACNUR), se negó a reconocer a los refugiados ambientales como una categoría distinta que necesitaba protección. La ex Alta Comisionada para los Refugiados, Sadako Ogata, consideraba equivocado el término refugiado ambiental. Desde entonces, el ACNUR ha cambiado su posición drásticamente, a la luz de la creciente incidencia de fenómenos meteorológicos severos relacionados con el clima y la afluencia de refugiados por cuestiones climáticas. Incluso estableció un Grupo Consultivo sobre Cambio Climático y Movilidad Humana.


Sin embargo, desde los gobiernos y desde el derecho internacional, la adopción de medidas no avanza al ritmo acelerado del calentamiento global. Si bien es cierto que algunos países como Suecia o Finlandia han introducido la figura del “migrante ambiental” -lo que implica un reconocimiento de derechos para las personas afectadas- son casos aislados. La mayoría de gobiernos no lleva si siquiera estadísticas confiables.


Se han presentado muchas propuestas para abordar la cuestión de los “refugiados ambientales”, aunque ninguna de ellas aborda de manera exhaustiva la cuestión de la circulación transfronteriza de personas relacionada con el cambio climático.


A largo plazo, es posible que diversos acuerdos regionales concertados en el marco del Pacto Global sobre Migración y de la Convención Marco de la ONU sobre el Cambio Climático conduzca a crear derecho internacional consuetudinario sobre la materia.


Sin embargo, puede resultar demasiado tarde. La Organización Internacional de Migraciones (OIM) y la ACNUR estiman que el número de migrantes debido al cambio climático podrá alcanzar a los 1000 millones de personas para 2050.


El relator de la ONU en temas de pobreza extrema y derechos humanos, y el profesor de derecho internacional de la Universidad de Nueva York, Philip Alston, sostiene que nos “enfrentamos al riesgo de un ‘apartheid climático’, en el que los derechos humanos tal y como los conocemos -especialmente los de las personas más vulnerables del mundo- están en peligro de extinción y en el que los más ricos pagan para escapar del calor, el hambre y los conflictos, mientras que se deja sufrir al resto del mundo”.


El recurso al término “apartheid”, como se llamó al sistema de segregación racial en Sudáfrica y Namibia en vigor hasta 1992 contra los no blancos, no es inocente.


El cambio climático exacerbará la pobreza y la desigualdad existentes. Según cifras del Banco Mundial, el 10% de la población mundial vive en situaciones de extrema pobreza y con menos de u$s 1,90 por día. Con 2°C grados de aumento de la temperatura global, entre 100 y 400 millones de personas más estarán en riesgo de pasar hambre y entre 1.000 y 2.000 millones, sin suficiente agua.


Además, entre 2030 y 2050 se estima que causará aproximadamente 250.000 muertes adicionales por cada año debido a desnutrición, malaria, diarrea y el estrés por calor. Como las personas en situación de pobreza en gran parte no tienen seguro médico, el cambio climático exacerbará las crisis de salud que ya empujan a 100 millones de personas a la pobreza cada año.


Las inundaciones y los derrumbes pueden debilitar las infraestructuras y viviendas ya degradadas, especialmente para las personas que viven en asentamientos sin servicios. Sus medios de subsistencia y sus activos están más expuestos y son más vulnerables a los desastres naturales que provocan enfermedades, pérdidas de cosechas, picos en los precios de los alimentos y muerte o discapacidad.


Desde el 2000, las personas en los países pobres han muerto a causa de desastres a una tasa siete veces mayor que en los países ricos. Pero los gobiernos tienden a dar prioridad a la protección de las áreas más ricas.


Y mientras las regiones más pobres del planeta son responsables de solo una fracción de las emisiones globales, son estas las que deberán sufrir el mayor golpe del cambio climático, con la menor capacidad de medios para protegerse.


El cambio climático, resume la ONU, amenaza con revertir los últimos 50 años de progreso en términos de desarrollo, salud global y reducción de la pobreza. La comunidad internacional y los gobiernos deben tomar cartas en el asunto y adoptar las medidas necesarias para evitar la profundización de esta crisis sin precedente, que amenaza con segregar a aquellas personas con menos recursos imposibilitadas de hacerse con las herramientas para afrontarla.


Esta crisis debe ser utilizada como elemento disparador para mejorar las condiciones económicas, sociales, de acceso a los alimentos, la salud, el techo y el trabajo decente para los miles de millones de personas que aún viven en situaciones de pobreza en el mundo.

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