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"Se busca líder para la ONU", por Alec Russell

13 ago
11 min de lectura

A mitad de la portada de The New York Times del 20 de octubre de 1959 aparecía una breve noticia bajo el titular: "Bloqueo en la ONU". Era una historia que podría haberse publicado cualquier día de aquel año, salvo uno.


El Consejo de Seguridad de la ONU se encontraba en tal situación de estancamiento que solo aprobó una resolución -y de escasa trascendencia mundial- en todo 1959: la creación de una subcomisión para investigar una presunta incursión transfronteriza en Laos.


Tales recuerdos de la Guerra Fría sirven como recordatorio oportuno de que la actual sensación de asedio que vive la ONU no es nada nuevo. Sin embargo, a medida que se intensifica la búsqueda de un nuevo líder, el panorama se presenta especialmente sombrío.


Quien tome el relevo del secretario general António Guterres -quien ha cumplido dos mandatos- el 1 de enero, se enfrentará a una batalla no solo por la relevancia de la ONU, sino, en última instancia, por su propia supervivencia. Está en juego la idea misma de un organismo global que define las normas mundiales, desde la paz y la seguridad hasta la lucha contra el cambio climático.


"Es la paradoja de la ONU", afirma Thant Myint-U, ex alto funcionario de la organización y nieto de U Thant, quien sucedió al carismático sueco Dag Hammarskjöld como secretario general en 1961. "La ONU nunca había quedado tan relegada en la gestión de las crisis mundiales. No obstante, conserva un superpoder oculto: la capacidad del secretario general para mediar en nombre de la única organización universal con la que cuenta el mundo".


La ONU se ve acosada por múltiples crisis. La más peligrosa afecta a su propia autoridad. Rusia y Estados Unidos la ignoran cada vez más. Asimismo, muchos otros países cuestionan la institución, dado que sus estructuras reflejan las dinámicas de poder de 1945 -año de su fundación- y no las del mundo actual.


El Consejo de Seguridad es el principal órgano creador de derecho internacional, pero se encuentra bloqueado a raíz de la invasión a gran escala de Ucrania por parte de Rusia en 2022 y de diversos enfrentamientos entre grandes potencias durante la década anterior. Si bien en la etapa inmediatamente posterior a la Guerra Fría el número de resoluciones aprobadas aumentó considerablemente, estas han disminuido de forma notable en los últimos años, lo que refleja el debilitamiento del orden jurídico internacional.


Para agravar los problemas de la ONU, el presidente de Estados Unidos, Donald Trump, ha creado una entidad que aspira a rivalizar con ella -el Consejo para la Paz-, con ambiciones que abarcan Gaza y más allá. Si bien la iniciativa de Trump ha logrado poco hasta la fecha, existe ahora una multitud de grupos mundiales que compiten por captar la atención de los líderes; de hecho, el G20 (que agrupa a las principales economías) se perfila como un foro más eficaz para adoptar decisiones trascendentales que la Asamblea General de la ONU.


La idea misma del multilateralismo, principio fundamental de la ONU, atraviesa un profundo declive. El prestigio de la organización como mediadora ha caído a niveles tan bajos que su voz apenas se ha escuchado en los conflictos de Ucrania, Gaza e Irán.


A esto se suma la falta de fondos. Tras tres décadas de ampliar sus ambiciones, la ONU se enfrenta a un agujero negro financiero, ya que Estados Unidos y otros países han recortado drásticamente sus aportaciones. Según reconocen los propios funcionarios, tanto la desmoralizada burocracia de la institución como muchas de sus agencias requieren una reforma integral.


"No veo que [la ONU] corra un peligro inmediato [de desaparecer]", afirma Rafael Grossi, director argentino del Organismo Internacional de Energía Atómica (AIEA) y candidato a secretario general. "Más bien percibo un proceso de muerte lenta. La ONU se ha ido deslizando hacia la irrelevancia... sin aportar nada significativo ante las crisis recientes o los conflictos entre Estados".


Grossi señala, además, que existe "una sensación de frustración por su pésimo historial en los ámbitos hacia los que se suponía que debía orientarse: las agendas sociales y el cambio climático".


Rebeca Grynspan, exvicepresidenta de Costa Rica y mejor perfilada para suceder a Guterres, sostiene que una prioridad fundamental es evitar que el debate sobre el futuro de la ONU pase "del escepticismo al fatalismo". Y añade: "Gran parte de las críticas provienen de personas que desean que la ONU tenga éxito y que están sinceramente preocupadas por su futuro".


Salvar al mundo del infierno


En las ocho décadas transcurridas desde la creación de la ONU al término de la II Guerra Mundial, sus nueve secretarios generales han tenido que buscar la manera de sortear las pretensiones del P5 -las cinco potencias permanentes del Consejo de Seguridad con derecho a veto: EEUU, China, Rusia (ex URSS), Reino Unido y Francia-. Con demasiada frecuencia, la tarea superó sus capacidades, como hoy.


Los defensores de la ONU destacan que el organismo ha cumplido su mandato fundacional de evitar otra guerra mundial, pero en los últimos años su papel como mediador se ha visto eclipsado. Desde que asumió el cargo el año pasado, Trump ha ignorado de hecho a Guterres.


"La vieja máxima de Hammarskjöld sostenía que la ONU no está para llevarnos al cielo, sino para salvarnos del infierno", afirma Lord Malloch-Brown, exdirector del Programa de las Naciones Unidas para el Desarrollo y vicesecretario general de la ONU en 2006, el último de los diez años de mandato de Kofi Annan. 


"Hubo un breve periodo de optimismo tras la Guerra Fría en el que todos creían que la ONU podría ser un agente de cambio mundial. Sin embargo, ha vuelto a adoptar un enfoque mucho más pragmático, que ha caracterizado la mayor parte de su existencia".


No obstante, hoy en día resulta difícil cumplir o mantener incluso ese "enfoque pragmático". En las dos últimas décadas, la ONU se ha sustentado formalmente sobre tres "pilares": seguridad, desarrollo y derechos humanos; actualmente, los tres se tambalean.


Los altos funcionarios de la ONU consideran a Rusia el principal obstáculo en el Consejo de Seguridad. Pero EEUU también elude este órgano a su antojo; ni siquiera hizo el amago de buscar una resolución de la ONU antes de atacar a Venezuela en enero o a Irán en febrero. China, el segundo mayor contribuyente de la ONU después de EEUU, apoya públicamente el orden multilateral, pero a menudo se alinea con Rusia para bloquear resoluciones impulsadas por Occidente.


En cuanto al desarrollo y los derechos humanos, la administración Trump ha recortado la financiación estadounidense y ha retirado su apoyo a numerosos organismos, lo que ha provocado una crisis presupuestaria y la supresión de miles de puestos de trabajo. "La moral es prácticamente inexistente", comenta un funcionario de la ONU, aunque muchos firmes defensores de la organización también admiten los argumentos de los críticos: sus programas y organismos a menudo duplican funciones y requieren una reforma radical.


"Muchas de las peticiones de reforma de Estados Unidos no son descabelladas", señala un trabajador humanitario de la ONU. "Debemos ser sinceros: nos perjudica tener que defender la continuidad de ciertas partes de la ONU que, en el fondo, sabemos que no deberían existir. Algunas de las críticas de Trump son válidas".


El año pasado, Guterres presentó un plan de reformas con vistas al 80.º aniversario de la ONU, pero la iniciativa se ha topado con resistencias institucionales. El personal afirma que muchos de los recortes afectaron finalmente a empleados con contratos precarios, en lugar de a aquellos trabajadores con mayor antigüedad pero bajo rendimiento.


En este complejo escenario hay 7 candidatos que aspiran a dirigir la ONU. Más con la esperanza que con la certeza de que así será, antiguos funcionarios de la ONU ven esto como una oportunidad para examinar a fondo la labor de la institución y revitalizar su impulso.


Thant Myint-U espera que una ONU más austera logre recuperar el espíritu de la época de su abuelo, quien asumió el cargo tras la muerte de Hammarskjöld en un misterioso accidente aéreo en el sur de África mientras mediaba en la guerra civil del Congo.


Sin embargo, reconoce que el potencial del próximo secretario general como mediador es mucho menor que en la época de U Thant. "Pensemos en la guerra indo-pakistaní de 1965. Mi abuelo tardó casi dos días en llegar al frente para reunirse con Ayub Khan [líder militar de Pakistán]".


Al referirse a los líderes de la Unión Soviética, EEUU y el Reino Unido de aquel entonces, añade: "En el mundo actual, él [Khan] y el líder indio Lal Bahadur Shastri habrían estado enviando mensajes de WhatsApp a Brézhnev, LBJ y Harold Wilson simultáneamente".


Votos y supervivencia


Antes de poder emprender tales misiones, los candidatos deben superar un laberíntico proceso de selección.


En última instancia, la decisión dependerá de las votaciones en el Consejo de Seguridad, compuesto por 15 miembros. No obstante, los únicos votos que realmente cuentan son los de los cinco miembros permanentes (P5). Cada uno de ellos posee derecho a veto, lo que agudiza la frustración de muchos de los 193 Estados miembros de la ONU que abogan por replantear la estructura del Consejo de Seguridad para que refleje el orden mundial actual.


En las votaciones preliminares -y, llegado el momento, en la oficial desde septiembre-, se pregunta a los miembros del Consejo de Seguridad si "respaldan", "no respaldan" o "no tienen opinión" sobre candidatos. Los resultados de las primeras consultas sugieren que el próximo secretario general será latinoamericano, según el consenso existente en la ONU de que es el "turno" de esa región.


Grynspan, economista de 70 años cuyos padres judíos abandonaron Europa tras el Holocausto, ocupó el primer lugar con 10 votos de respaldo. Es considerada, en términos generales, la candidata preferida de la Asamblea General y, de resultar elegida, se convertiría en la primera mujer en ocupar la Secretaría General.


Carolyn Rodrigues-Birkett (52), embajadora de Guyana ante la ONU, tardía candidata, quedó segunda, aunque lideró una encuesta de opinión rápida entre sus colegas diplomáticos de la ONU tras la presentación de candidaturas. Grossi, de 65 años, ocupó la tercera posición.


Los otros cuatro candidatos se sitúan ahora en un segundo plano: María Fernanda Espinosa, ex canciller de Ecuador, que quedó cuarta; el expresidente senegalés Macky Sall; Olara Otunnu, un veterano funcionario ugandés de la ONU; y Michelle Bachelet, expresidenta de Chile.


En la últim votación, los miembros permanentes del Consejo de Seguridad (P5) usan boletas rojas para distinguirlas de las blancas del resto. Una sola boleta roja de "desaprobación" basta para impugnar una candidatura. Pero dos factores podrían alterar la contienda: la aparición tardía de un candidato fuerte y la postura de EEUU, país que tradicionalmente tiene el voto decisivo.


Malloch-Brown recuerda cómo, en 1996, se daba por hecho que Boutros Boutros-Ghali, quien ocupaba el cargo, sería reelegido: "Todo el mundo parecía dispuesto, salvo Madeleine Albright", de EEUU. Entre bastidores, la entonces embajadora ante la ONU apoyaba a Kofi Annan, quien finalmente resultó vencedor a finales de ese año.


Una década más tarde, EEUU volvió a ser clave. En sus memorias, John Bolton, entonces embajador ante la ONU, describe una maniobra cuidadosamente orquestada por Washington en favor del surcoreano Ban Ki-moon.


Este año, los diplomáticos de la ONU consideraban a Grossi un "candidato de EEUU" viable, con una propuesta centrada en la seguridad y un enfoque que se alejaba del desarrollo. No obstante, la percepción de su cercanía a Trump no jugaría a su favor ante los Estados miembros ni ante el personal de la organización. "Le resultaría difícil generar impulso interno", advierte un funcionario.


En julio, New York Post informó que Trump prefería a Gianni Infantino, presidente de la FIFA, como su candidato. Pero, incluso antes del revuelo causado por el intento fallido de Infantino de vender los Mundiales a privados, los diplomáticos ya consideraban esta idea una fantasía.


Para EEUU, la cuestión primordial es cómo equilibrar su deseo de contar con un secretario general dócil con la necesidad de alguien que adopte reformas y se haga cargo de crisis mundiales que al país no le interesa supervisar.


"Hay ciertas acciones alineadas con la política exterior del presidente que queremos que la ONU lleve a cabo", declaró recientemente Mike Waltz, embajador de EEUU ante la ONU, citando las crisis de Haití y Gaza. "Me enfoco en eso... y recorto el resto", afirmó en “The Alex Marlow Show”, un podcast que adhiere al America First.  Su propuesta aborda el núcleo del dilema del próximo secretario general: en qué cuestiones centrarse para garantizar que la ONU siga siendo relevante y sobreviva.


Reconciliación con EEUU


El papel del máximo responsable de la ONU siempre ha conllevado un acto de equilibrio implícito en el propio título: entre la faceta de "secretario" -centrada en la gestión administrativa- y la de "general" -enfocada en el escenario mundial-. La mayoría de los funcionarios actuales y antiguos consideran que el próximo líder de la institución debe priorizar esta última vertiente, sobre todo para demostrar que la ONU sigue teniendo un papel relevante.


Para Thant Myint-U, autor de una nueva biografía de su abuelo, se trata de volver a los principios fundamentales de los primeros años de la ONU. "Su función esencial es la de mediador principal", afirma. "Cuando el secretario general mediaba con éxito en las décadas de 1950 y 1960, su equipo político no superaba la docena de personas, una pequeña fracción del número actual".


"Necesitamos a alguien capaz de fracasar estrepitosamente con elegancia, levantarse e intentarlo de nuevo", añade. "Hay que asumir que un secretario general fracasará 9 de cada 10 veces; lo importante es perseverar, forjar personalmente y mantener viva la opción de la ONU para poner fin a un conflicto bélico".


Un alto funcionario de la ONU, frustrado, sostiene que el próximo secretario general debe intentar lograr acuerdos de paz en conflictos que no ocupan los titulares, como el de la República Democrática del Congo.


Este funcionario se hace eco de las críticas que antiguos colegas han dirigido a Guterres, señalando que ha pasado demasiado tiempo en la sede de Nueva York (sus defensores argumentan que la mediación se volvió imposible debido al desinterés de las grandes potencias).


Parece haber pocas dudas de que su sucesor buscará comenzar con fuerza.


Grynspan, directora de la UNCTAD (Organización para el Comercio y el Desarrollo), habla de la necesidad de una diplomacia de cabeza fría. Cita su propia supervisión del acuerdo sobre los cereales del mar Negro de 2022, un pacto entre Rusia, Ucrania, Turquía y la ONU para exportar grano a través de un corredor marítimo.


"La ONU necesita gestión", afirma. "Intentamos abarcarlo todo. Debemos establecer más alianzas".


A Grossi cita su historial de reuniones con Vladímir Putin tras la invasión rusa de Ucrania en 2022 como prueba de su determinación por mediar. "Si llego a ser secretario general, me verán estrechando la mano de personas que tal vez estén cometiendo actos muy graves", afirma.


Las economías en desarrollo y los Estados más pequeños temen que un nuevo secretario general recorte programas destinados a combatir el cambio climático y la pobreza. 


Ese debate, señala Malloch-Brown, recuerda a las divisiones que existieron en la predecesora de la ONU, la Sociedad de Naciones: "entre los universalistas, que la veían como un organismo capaz de rehacer el mundo a su imagen y semejanza, y los realistas, que la consideraban un foro útil para resolver conflictos".


Aboga por replantear la financiación del desarrollo, alejándose del modelo tradicional -impulsado por los donantes- de subvenciones directas y otorgando mayor peso a los bancos multilaterales de desarrollo.


Un nuevo secretario general, añade, debe dejar de lado la reestructuración interna en una primera etapa y, en su lugar, "forjarse autoridad e impulso" priorizando la mediación. "El programa de reformas ha encontrado muchas dificultades. Esos esfuerzos pueden llegar a absorber por completo a un nuevo secretario general".


Muchos reconocen que la idea de reformar el Consejo de Seguridad es inviable a medio plazo. Los cinco miembros permanentes conservan su derecho de veto y  los posibles nuevos miembros compiten entre sí. Es probable que el próximo secretario general se centre más en cómo reconfigurar los vínculos con EEUU.


Un posible ámbito de cooperación es la ayuda humanitaria, supervisada en la ONU por la Oficina de Coordinación de Asuntos Humanitarios.


El director del organismo, el exdiplomático británico Tom Fletcher, ha sido elogiado por encontrar la manera de colaborar con la Administración Trump y garantizar que EEUU no abandone la ayuda humanitaria. Washington cerró su propia agencia de desarrollo, la USAID, en enero de 2025, pero en diciembre pasado destinó 2.000 millones de dólares a la OCHA, aunque bajo ciertas condiciones.


"Se reconoce que, cuando se trata de la labor humanitaria más peligrosa, estamos presentes en lugares donde ellos no quieren estar, pero donde necesitan a alguien", afirma Fletcher. "La Administración Trump recorrió un largo camino. Hace un año, el panorama de la financiación era bastante sombrío. Ahora contamos con más de USD 4.000 millones en fondos humanitarios directos".


"Mucha gente da por perdidos los próximos dos años, vaticinando una lenta decadencia de la ONU", añade. "Pero si logramos encontrar el impulso y la paciencia necesarios para poner fin a algunas guerras y salvar millones de vidas, esa narrativa puede revertirse".


A medida que se acerca el desenlace de la carrera por la sucesión, crece la expectación en la ONU sobre los resultados que podría arrojar un enfoque renovado.


"El próximo Secretario General debe pensar de manera diferente", señala Esther Judah, exfuncionaria de ayuda humanitaria de la ONU. "Guterres asumió el liderazgo cuando la ONU dependía de políticas multilaterales sólidas. El mundo ha cambiado".


Sin embargo, la ONU ya ha vivido falsas esperanzas en el pasado. El tenue optimismo de recuperar un lugar en las portadas se ve atenuado por la conciencia de sus propias limitaciones. "Nuestra fortaleza depende de lo que permitan los Estados miembros", comenta con resignación un funcionario. "Y, sobre todo, los más poderosos".


Texto original completo aquí 


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