"Un EE. UU., dos países", por Richard Haass



Mientras escribo esto, por todo Estados Unidos los funcionarios continúan contando los votos de la elección presidencial de 2020. Cuando finalice el conteo seguramente habrá recuentos y objeciones legales. Esto es esperable en una elección reñida y acalorada, que generó una participación récord. Solo los ciudadanos pueden votar por el presidente de EE. UU., pero su decisión afecta a la gente en todo el mundo; aunque tal vez sea demasiado pronto para conocer con certeza los resultados, no resulta prematuro explorar qué nos revela esta elección sobre el país más poderoso del mundo.


En cuanto a lo positivo, Estados Unidos sigue siendo una democracia sólida: la participación de los votantes fue elevada a pesar de las restricciones físicas por la pandemia de la COVID-19, el proceso parece avanzar de acuerdo a como fue diseñado y la violencia fue mínima. Los tribunales están investigando lo que parecen haber sido decisiones politizadas por parte del servicio postal de EE. UU. para impedir la entrega de votos de zonas donde se preveía un voto mayormente demócrata. La injustificada declaración de victoria del presidente Donald Trump en la tarde del martes tuvo poco impacto y su pedido para detener el conteo (al menos en los estados en los que va ganando) parecen haber caído en oídos sordos.


Lo preocupante, sin embargo, es que el electorado estadounidense continúe tan profundamente dividido. Los votantes se repartieron en partes casi iguales entre ambos candidatos. No sorprende que esta división probablemente lleve a un gobierno dividido, si continúan las tendencias actuales, los demócratas ganarán la Casa Blanca y mantendrán el control de la Cámara de Representantes, mientras que los republicanos conservarán el control del Senado. Las gobernaciones y legislaturas estatales están divididas en partes casi iguales entre ambos partidos (los republicanos llevan una pequeña ventaja).


La «ola azul» anticipada por los demócratas no llegó. Joe Biden probablemente ganará el voto popular por un amplio margen, 4 o 5 millones de los 160 millones de votos registrados, pero los republicanos conservaron las bancas del Senado que muchos previeron que pasarían a los demócratas, quienes en realidad perdieron puestos en la Cámara. No hubo un mandato firme ni un realineamiento político.


Trump logró una excelente elección y recibió 5 millones de votos más que en 2016, la segunda mayor cantidad de votos de cualquier candidato a presidente en la historia de EE. UU. y más que cualquier otro ganador previo, algo es particularmente destacable, porque tuvo lugar con el telón de fondo de una cantidad récord de 100 000 nuevos casos y 1000 muertes por día debidos a la COVID-19. Justo cuando las consecuencias de la mala gestión de la pandemia por este gobierno se tornaron más graves, casi la mitad del electorado salió a brindarle su apoyo.


Incluso si Trump pierde, lo que parece probable, mantendrá una voz poderosa, especialmente si sigue formando parte de la escena pública (lo que también parece probable). Incluso si él mismo no se postula, probablemente su influencia será considerable en la elección del candidato del Partido Republicano para las próximas elecciones presidenciales en 2024; su partido será muy distinto de lo que fue con los presidentes George W. Bush o Ronald Reagan, el trumpismo —el populismo estadounidense actual— continuará siendo una fuerza poderosa.


Trump, y esto no sorprende en absoluto, hizo todo lo que pudo para embarrar el terreno y deslegitimar los resultados electorales, con acusaciones de fraude carentes de evidencia. Muchos de sus partidarios se negarán a aceptar la legitimidad de la presidencia de Biden, es muy probable que Trump nunca acepte la derrota y mucho menos que asista a la jura del cargo de su sucesor. Parafraseando a Will Rogers, Trump nunca se cruzó con una regla sin romperla.


Los estadounidenses viven cada vez más en mundos separados: se han distribuido en comunidades y regiones donde se rodean de quienes piensan igual que ellos. Cada mundo tiende a mirar sus propios canales de televisión por cable, escuchar sus propias estaciones de radio y pódcast, y visitar sus propios sitios web; y la falta de un plan de estudios de educación cívica unificado para todo el país facilita que esta división pase de una generación a otra.


Vale la pena destacar que esta división del país no se relaciona, en su mayor parte, con la situación económica; gente de todo tipo votó por ambos candidatos, y los patrones demográficos, de género y raciales no fueron tan claros como muchos predijeron. Las diferencias se basaron principalmente en las soluciones.


Los niveles educativos son un claro indicador de la orientación política, al igual que la geografía: es más probable que los votantes republicanos vivan en los suburbios más alejados y regiones rurales, y los demócratas, en zonas metropolitanas. La cultura, sin embargo, puede tener más impacto que cualquier otra cosa en la política estadounidense. Que conste, la política exterior parece no haber influido demasiado en la campaña, excepto para movilizar a grupos de votantes específicos, como las grandes comunidades cubana y venezolana del sur de Florida.


Con este telón de fondo, será difícil lograr apoyo para reformar significativamente los mecanismos para elegir presidentes o cómo funciona el gobierno. Esta situación se asemeja muchísimo a la del Consejo de Seguridad de las Naciones Unidas: muchos coinciden en que el sistema actual tiene graves falencias y no es representativo, pero es imposible alcanzar el consenso para reformarlo, porque cualquier posible solución beneficiaría a algunos y perjudicaría a otros. No sorprende que quienes saldrían perdiendo con los cambios se resistan a ellos.


Esto hará que gobernar sea difícil. Mucho dependerá de los cálculos del líder republicano en el Senado, Mitch McConnell, y su capacidad y voluntad para trabajar con Biden si es presidente. El trabajo conjunto también requerirá que Biden haga concesiones, algo que seguramente será resistido por los miembros más ideológicos de su propio partido.


Los demócratas esperaban un claro repudio a Trump y todo lo que personifica, pero no lo obtuvieron. Los republicanos buscaban una elección que convalidara a Trump, algo que tampoco ocurrió. En lugar de ello, la elección reveló un país y dos naciones. Tendrán que coexistir... queda por verse si podrán trabajar conjuntamente.


Publicado por Richard Haass en Proyect Syndicate, el 6 de noviembre de 2020.

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