Indemnizaciones de guerra: El duelo de Alemania y Grecia



El 9 de mayo es el Día de Europa. Imaginemos, sólo por un momento, que para celebrarlo la Unión Europea (UE) anuncia el tan esperado acuerdo que salve a Grecia de la bancarrota.

¿Y por qué no suponer que el acuerdo sea fruto de una gran negociación capaz de involucrar a bancos centrales, inversores privados y representantes de todos los países miembros, incluida Grecia, en una gran decisión: la reducción de la deuda de Grecia, con una extensión de los plazos de pago, condicionándolos a la evolución de la economía griega?

Supongamos, además, que el acuerdo conceda a Grecia pagar durante los primeros cinco años sólo los intereses, para darle tiempo a la recuperación de su maltrecha economía y a la generación del superávit comercial necesario para cumplir lo pactado.

Finalmente, supongamos incluso que una parte mínima de las deudas pudieran ser canceladas dentro de medio siglo.

Ahora, ya podemos dejar de imaginar: esas mismas condiciones le fueron concedidas a la Alemania de posguerra en el Acuerdo de Londres firmado el 27 de febrero de 1953. Ese día, una Europa solidaria concedió a Alemania lo que hoy reclama Grecia: la reestructuración de su deuda. ¿Hubiera sido posible el “milagro alemán” sin esas condiciones?

El Día de Europa se celebra un 9 de mayo porque en esa fecha, hace 65 años, el canciller francés Robert Schuman postuló la creación de una Comunidad Europea del Carbón y del Acero (CECA), la semilla de lo que el mundo conoce hoy como Unión Europea.

“Europa –proclamó entonces Schuman– no se hará de una vez ni en una obra de conjunto: se hará gracias a realizaciones concretas basadas, en primer lugar, en una solidaridad de hecho”. Solidaridad expresada efectivamente tres años después con Alemania occidental, cuando se reestructuró su deuda.

El sueño de la casa común europea creció desde entonces y la creación del euro como moneda común se convirtió en uno de sus logros más admirables. ¿En qué otro momento de la historia tantos países renuncian voluntariamente a uno de los símbolos más clásicos de una nación, su moneda?

Desde el inicio del proceso de unión económica y monetaria, los socios europeos fueron movidos no por la debilidad de sus monedas nacionales –basta recordar cuán fuertes eran el marco o el franco– sino por el sabio reconocimiento de que nunca conseguirían lograr solos lo que pueden aspirar a tener juntos.

Hoy, el euro abarca 19 países miembros de la UE y es la segunda moneda más utilizada en las transacciones internacionales, sólo superada por el dólar estadounidense.

Pero nada es perfecto. En los últimos años, el éxito del euro fue opacado por una crisis de deuda soberana. Y no precisamente fruto de aquella “solidaridad de hecho”, sino por un afán ciego de ganancias de la banca privada al amparo de un letal giro neoliberal que impregnó las voluntades políticas de los socios comunitarios desde fines de los ’90, instituyendo el reinado de la financiarización.

En ese contexto, la tensión política actual entre el Norte y el Sur, específicamente entre Alemania y Grecia, debe ser leída como otro síntoma. El nuevo gobierno griego liderado por la coalición Syriza, del premier Alexis Tsipras, ha vuelto a poner sobre la mesa las reparaciones de guerra exigidas a Berlín por los terribles daños económicos y sociales de la ocupación nazi, estimadas por Atenas en 278.800 millones de euros, sin contar su influencia en la guerra civil griega (1946-49).

Podríamos quedarnos en el simplista debate de cuánto es el dinero en juego. Podríamos remontarnos incluso hasta la Primera Guerra Mundial y a las reparaciones impuestas a Alemania en el artículo 231 del Tratado de Versalles y sus consecuencias históricas en el surgimiento del nazifascismo que llevó a la segunda gran conflagración mundial.

En términos estrictamente legales, a Grecia le juega en contra un fallo relacionado de la Corte Internacional de Justicia de 2012 en favor de Alemania frente a Italia. En términos políticos, Alemania se ha venido negando hasta ahora a discutir el asunto específico de las reparaciones, en parte porque alega haber pagado ya 115 millones de marcos en 1960 y haber cerrado la cuestión de las reparaciones de guerra en 1990 con el Tratado “Dos más Cuatro” (las dos Alemanias más Francia, Gran Bretaña, Estados Unidos y la URSS).

Sin embargo, días atrás, el presidente alemán, Joachim Gauck, abrió una puerta: “Es justo que un país tan consciente de su historia como el nuestro evalúe las posibilidades de una eventual reparación”, manifestó en relación al reclamo griego.

Más allá de los argumentos y los hechos, lo que claramente aparece es un Tsipras intentando obtener para Grecia el trato beneficioso –y sobre todo solidario– que en su momento se le dio a Alemania. Y así lo planteó ante el Parlamento griego: “No se trata de avivar la falta de confianza entre pueblos, sino de recordar lo que pasa cuando en vez de la solidaridad se imponen los sentimientos de superioridad nacional”.

Y ese es el punto. Porque aquella filosofía de la “solidaridad de hecho” consagrada por los padres fundadores europeos se concentró en corregir las asimetrías entre los países miembros, en desarrollar la economía real productiva sobre la financiera y de especulación. En términos modernos, aquellos líderes aspiraron al desarrollo humano antes que a la mera expansión del libre mercado a cualquier costo.

Volviendo a Schuman, este 9 de mayo, Día de Europa, será útil evocar pero sobre todo traer a nuestro presente una visión que ofreció a Europa 70 años de paz sin interrupciones después de dos guerras mundiales, que forjó un gran bloque económico y creó un Estado social envidiado por ciudadanos de todo el mundo.

Una palabra de profundo valor político sintetiza ese espíritu a recuperar: solidaridad. Para asegurar el futuro de una Europa que vuelva a iluminar al resto del mundo.

Por: Jorge Argüello Publicado en su columna de opinión de Revista Veintitres 06/05/2015


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