Sin soluciones a la vista



Henri Dunant nació en Suiza, país conocido por su neutralidad, e hizo carrera como banquero antes de aventurarse con una empresa en Argelia, por entonces aún colonia francesa. Cansado de esperar las autorizaciones necesarias para operar, decide dirigirse directamente al emperador Napoleón III. Parte así al encuentro del sobrino de Bonaparte en Solferino, en el norte de Italia, presenciando allí -en una coincidencia que alteraría la historia- una de las más sangrientas batallas del siglo XIX.

Impresionado por el abandono de miles de heridos, Dunant intenta de inmediato aunar esfuerzos para socorrer a todos, cualquier que sea el uniforme que vistan. Regresado a casa, comparte esa experiencia en el libro “Recuerdo de Solferino” (1862). Del éxito de la obra nació la Cruz Roja y más tarde el Primer Convenio de Ginebra. La guerra había cambiado para siempre.

Ese cambio se inició en Europa y no fue por decreto estatal ni por decisión de los gobiernos. Se verificó por el desasosiego de un hombre de negocios. Hoy, pasados 150 años, algo similar sucede en el mismo suelo europeo, donde la gente común y las organizaciones de la sociedad civil, todos los días, demuestran mayor eficiencia y preocupación que sus líderes políticos en la acogida de refugiados. Son periódicos que recaudan fondos entre sus lectores, son voluntarios que contribuyen con mantas y alimentos, son familias que abren las puertas de sus casas para recibir personas como nosotros con chicos iguales a los nuestros.

Extraño tiempo este en que la solidaridad popular revela mayor respeto por el derecho internacional que los gobiernos elegidos en una de las regiones más desarrolladas del mundo. Estamos hablando de una Unión Europea obligada por sus tratados “a ofrecer un estatus apropiado a todo nacional de un tercer país que necesite de protección internacional”. Pero que en el terreno ha a menudo se ha comportado como Tartufo en la comedia de Molière, ignorando que el sofisma moral es la más intolerable de las hipocresías.

Ocurre que los refugiados están poniendo en jaque la matriz moral del Viejo Continente, la cohesión interna del proyecto europeo, la política exterior comunitaria e incluso el futuro de la moneda única. Por eso, lejos de expresar solo una muestra de los muchos problemas que atraviesan a Europa, constituyen hoy el problema principal.

Creados en los años 90, los olvidados criterios de Copenhague definen tres condiciones innegociables que cualquier Estado debe cumplir antes de ingresar en la Unión Europea. La primera y más importante norma impone “la existencia de instituciones estables que garanticen la democracia, el Estado de derecho, el respeto de los derechos humanos y el respeto y la promoción de minorías”.

Esta fue la tarjeta de visita de la integración europea que la hizo ser tan admirada en todo el mundo: viejos enemigos de guerra transformados en democráticos socios comerciales, antiguas potencias coloniales convertidas en naciones guardianas de los derechos humanos. Un cambio construido sobre una economía de mercado abierta y preocupada por las desigualdades.

Los padres fundadores de la Unión esculpieron una matriz moral que ahora aparece desdibujada, primero por la obsesión por la austeridad y ahora por el egoísmo con que algunas naciones europeas cerraron las puertas a los refugiados. Bruselas tarda en entender que está en juego la dignidad en ambos lados de su frontera: en el exterior, de los miles de refugiados que todos los días allí acuden; en el interior, de un proyecto europeo que hoy parece administrado por valores contrarios a los que juró respetar.

Una incoherencia que pellizca la propia cohesión interna de Europa. El Presidente de la Comisión Europea, Jean-Claude Juncker ha expresado recientemente la “vergüenza” que le produce el hecho de la que UE solo ha acogido a 272 refugiados, de los millones que han escapado rumbo a Europa huyendo de la guerra y el hambre.

Bruselas repite así errores de su pasado reciente: si la crisis del euro apartó el norte próspero del sur endeudado, la crisis de los refugiados está separando el oeste del este. Todo parece indicar que las asimetrías serán cada vez más profundas hasta que se asuma que ambos problemas son europeos y requieren por ello de una solución europea.

Sin embargo, casi cinco años después del inicio de la guerra civil en Siria, el principal origen de los refugiados, no se conoce una propuesta europea para poner fin al conflicto. Y en el tablero de las opciones posibles, cualquier solución parece ahora exigir un diálogo con la Rusia que Bruselas y Washington buscan sancionar por la anexión de Crimea. Aquí, como en otros torbellinos internacionales, las políticas exterior y de seguridad común de Europa muestran inconsistencias y vacilaciones.

A otro nivel, quizás menos evidente, la crisis de los refugiados también se entrelaza con la doctrina económica europea. ¿Permitirá la Comisión Europea que un país invoque la acogida de los refugiados para violar los objetivos presupuestarios?; ¿sobrevivirá el mercado único europeo y la moneda única al eventual colapso del Tratado de Schengen?

“Un reino donde hay luchas internas va a la ruina y una ciudad o una familia dividida no puede subsistir”, se lee en el libro de Mateo (12:25). Después de la crisis financiera, después de la agonía griega, después del conflicto con Moscú en Kiev, Europa enfrenta hoy -con la cuestión de los refugiados- un problema grave de resultado incierto. La salida de este amenazante laberinto solo parece posible si la Unión se reconecta rápidamente con sus orígenes, ondeando una vez más y sin reservas las banderas de libertad y de solidaridad que la hicieron grande.

Por: Jorge Argüello Publicado en su columna de opinión de Revista Veintitres 19/02/2016


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