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"Alinearse de manera automática con Trump puede ser riesgoso para países como la Argentina", por Jorge Argüello

  • hace 3 horas
  • 4 Min. de lectura

Advirtió Jorge Argüello, exembajador de Argentina en Estados Unidos, en diálogo con Nuevo Diario: se refirió a las guerras, las políticas de Javier Milei, el avance de las derechas, entre otros temas.



Jorge Argüello, exembajador de Argentina en Estados Unidos (2011-2012 y 2020-2023), dialogó ayer con Nuevo Diario: se refirió a las guerras, las políticas internacionales del presidente Javier Milei, la figura de Donald Trump, el avance de las derechas, entre otros temas.


— Entre guerras, asesinatos y amenazas, ¿qué está pasando en el mundo?


— Lo que estamos viendo es la crisis del orden internacional que se consolidó después de la Segunda Guerra Mundial. Durante décadas existieron reglas, instituciones y equilibrios de poder que, con todas sus limitaciones, contenían la violencia y ordenaban la competencia entre los Estados. Ese andamiaje hoy se está debilitando. Por eso aparecen al mismo tiempo guerras, magnicidios, amenazas, coerción económica, disputas tecnológicas y una creciente desconfianza entre potencias. No estamos ante una suma de hechos aislados: estamos ante síntomas de una transición histórica. El problema es que el viejo orden perdió capacidad de regulación, pero el nuevo todavía no termina de nacer.


— ¿Qué representa la figura de Donald Trump? ¿Es peligroso alinearse con él?


— Trump representa mucho más que un liderazgo personal. Expresa una época: el repliegue nacionalista, la desconfianza hacia el multilateralismo, la política exterior entendida como transacción inmediata y la idea de que la fuerza, la presión y la unilateralidad son herramientas legítimas para defender intereses nacionales. Alinearse de manera automática con una figura así puede ser riesgoso para países como la Argentina, no sólo por lo que Trump dice, sino por lo que simboliza: volatilidad, personalización del vínculo y debilitamiento de los marcos estables. Una política exterior inteligente no debe organizarse alrededor de afinidades personales o ideológicas, sino sobre intereses nacionales permanentes, diversificación de vínculos y márgenes de autonomía.


— ¿El enojo de la gente y el avance de las derechas tiene o no que ver con los conflictos entre naciones?


— Sí, tiene relación, aunque no de manera mecánica. El malestar social surge en buena medida de procesos internos: desigualdad, pérdida de expectativas, crisis de representación, deterioro del empleo, inseguridad, pero esos procesos están profundamente atravesados por la dinámica internacional. La globalización generó ganadores y perdedores; las cadenas de crisis externas impactaron en la vida cotidiana; y la percepción de desorden mundial alimentó demandas de autoridad, protección y respuestas simples. En ese contexto, muchas derechas crecieron ofreciendo certezas identitarias y soluciones tajantes frente a un mundo percibido como amenazante. El conflicto entre naciones no explica todo, pero potencia el malestar y le da un lenguaje político.


— Argentina, ¿en qué lugar se encuentra ante todo lo que está pasando? ¿Qué posición debería tomar?


— La Argentina está en una posición delicada, pero también potencialmente estratégica. Delicada, porque enfrenta esta transición global con debilidades económicas, fragmentación política y escaso consenso interno sobre su inserción internacional. Estratégica, porque dispone de activos valiosos: alimentos, energía, minerales críticos, capacidades tecnológicas y tradición diplomática. Frente a este escenario, la Argentina debería actuar con realismo y prudencia. Eso supone evitar alineamientos automáticos, preservar capacidad de maniobra, sostener vínculos maduros con Estados Unidos, China, Europa y la región, y construir una política exterior respaldada por consensos básicos. En un mundo inestable, la mejor posición no es la sobreactuación ideológica, sino la defensa inteligente del interés nacional.


— ¿Estamos cerca de una nueva guerra mundial?


— No necesariamente en el sentido clásico de las guerras mundiales del siglo XX, con bloques definidos y una confrontación militar total e inmediata. Pero sí estamos entrando en una etapa de conflictividad sistémica más intensa, más extendida y más difícil de controlar. Hoy la disputa global combina frentes militares, económicos, tecnológicos, energéticos, informativos y cibernéticos. Esa forma de confrontación puede no parecerse a 1914 o 1939, pero no por eso es menos riesgosa. El principal peligro no es solo una guerra total deliberada, sino una escalada por acumulación de crisis, errores de cálculo o conflictos regionales que terminen involucrando a actores mayores. En ese sentido, no es casual el llamado "reloj del juicio final". Este reloj, también llamado "reloj del apocalipsis", es un indicador simbólico creado por científicos para medir el nivel de riesgo global; se encuentra en uno de sus puntos más cercanos a la medianoche. Más allá de su carácter metafórico, refleja una percepción extendida: el sistema internacional atraviesa un momento de alta fragilidad. El mundo no está condenado a una guerra mundial, pero sí vive una etapa de tensiones crecientes donde la estabilidad depende cada vez más de decisiones prudentes en un contexto de incertidumbre.


— En estos días aparece su nuevo libro "Efecto mariposa. ¿Hay un orden detrás del caos?", ¿qué nos puede anticipar sobre esta obra?


— Es un libro que busca ordenar preguntas más que ofrecer respuestas cerradas. Lo fui trabajando a lo largo de dos años, en paralelo con mi actividad académica y con el ciclo de entrevistas a especialistas, lo que le dio al texto una combinación poco habitual entre reflexión teórica y diálogo con protagonistas del presente. A diferencia de otros enfoques más descriptivos, el libro intenta construir un marco de interpretación: propone categorías, cruza miradas y pone en relación hechos que muchas veces se analizan por separado. En ese sentido, no es un libro sobre un tema puntual, sino sobre cómo pensar la política internacional hoy. También hay una intención pedagógica. Está escrito para que pueda ser leído tanto por especialistas como por estudiantes o lectores interesados en entender mejor lo que ocurre en el mundo, sin perder rigor pero evitando el lenguaje excesivamente técnico. En definitiva, es un trabajo que intenta aportar claridad en un momento de gran complejidad, ofreciendo herramientas para interpretar, y no solo describir, el escenario internacional contemporáneo. El libro está prologado por el profesor Juan Gabriel Tokatlián, con comentarios de Andrés Malamud y Pilar del Río de Saramago. Ellos, junto a Carlos Pagni y yo, participarán de la presentación que haremos en la Feria Internacional del Libro de Buenos Aires en las próximas semanas.

 
 

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