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"Estados Unidos y Argentina: dos siglos de una relación estratégica", por Jorge Argüello

  • hace 1 día
  • 3 min de lectura

"Los Estados no tienen amigos permanentes ni enemigos permanentes; tienen intereses permanentes".

Lord Palmerston. Cámara de los Comunes. 1848


Pocas cosas revelan tanto la visión de un país sobre el mundo como la forma en que define y sostiene sus intereses nacionales. Estados Unidos, que este 4 de julio celebra 250 años de independencia, constituye probablemente el ejemplo más acabado. Cambiaron presidentes, partidos, doctrinas y prioridades; pasó del aislacionismo al internacionalismo y hoy vuelve a debatir cuánto debe involucrarse en los asuntos globales. Sin embargo, detrás de esos cambios siempre existió una constante: la defensa de los intereses nacionales.

La historia de la relación entre Argentina y Estados Unidos también puede leerse desde esa perspectiva.

Nacido en 1776, el "experimento americano" combinó las ideas de la Ilustración con los intereses geopolíticos de Francia frente al Reino Unido. Desde entonces, Estados Unidos expandió progresivamente su influencia: la Doctrina Monroe proyectó su liderazgo continental; las dos guerras mundiales consolidaron su papel global; y hoy el ascenso de China vuelve a redefinir su estrategia internacional.

Fue precisamente en 1823, el año de la Doctrina Monroe, cuando Argentina y Estados Unidos establecieron relaciones diplomáticas. Pocos años después las interrumpieron durante más de una década a raíz del ataque de la corbeta USS Lexington a Puerto Soledad, en las Islas Malvinas. Aquella crisis inauguró una relación compleja que, a lo largo de dos siglos, alternó cooperación, conflictos, pragmatismo y momentos de fuerte alineamiento.

Como explica Francisco Corigliano, en ese vínculo la economía pesó generalmente más que la ideología. Se trata de dos países cuyas estructuras productivas tienden más a competir que a complementarse. Las mayores tensiones aparecieron cuando Buenos Aires afectó intereses considerados estratégicos por Washington, como ocurrió con la neutralidad argentina durante la Segunda Guerra Mundial o con la Guerra de Malvinas.

Tras la Segunda Guerra Mundial, Washington lideró la construcción del orden internacional basado en reglas e instituciones que, con cambios y tensiones, continúa estructurando buena parte del sistema global. Hoy ese orden atraviesa una transición marcada por el ascenso de China y el retorno de políticas proteccionistas. La imagen de Donald Trump anunciando aranceles globales durante el Liberation Day simbolizó ese cambio de época.

Argentina no quedó al margen de esa redefinición. El fuerte alineamiento político del gobierno de Javier Milei con Washington no impidió que nuestro país también fuera alcanzado por las nuevas barreras comerciales ni que el posterior acuerdo bilateral respondiera, ante todo, a los intereses estadounidenses. Como tantas veces en la historia, las afinidades ideológicas encontraron un límite allí donde comenzaron los intereses nacionales.

La reciente crisis con Irán volvió a mostrar otra constante de la política exterior estadounidense: el debate entre quienes defienden un mayor compromiso internacional y quienes reivindican el no more wars. Cambian las administraciones y los instrumentos, pero la discusión siempre gira alrededor de una misma pregunta: cómo proteger mejor los intereses nacionales.

La frase de Lord Palmerston, retomada más de un siglo después por Henry Kissinger, mantiene plena vigencia. No porque niegue el valor de las alianzas o de los principios, sino porque recuerda que una política exterior consistente sólo puede construirse sobre intereses nacionales claramente definidos.

Quizá esa sea también la principal enseñanza que dejan estos 250 años de Estados Unidos.

No se trata de imitar sus políticas ni de elegir un alineamiento automático con Washington o con cualquier otra potencia. Se trata de comprender que una política exterior sólida debe ser una política de Estado, capaz de trascender los gobiernos y orientarse por intereses permanentes.

Argentina todavía tiene pendiente esa discusión.

Con demasiada frecuencia, nuestra inserción internacional cambia con cada administración. Oscila entre alineamientos, redefine prioridades y reemplaza estrategias de largo plazo por afinidades ideológicas o necesidades coyunturales. Esa volatilidad debilita nuestra capacidad de negociación y reduce nuestra previsibilidad.

La discusión, por lo tanto, no debería empezar por decidir entre Washington o Beijing, entre Occidente o los BRICS. Debería comenzar por definir cuáles son los intereses permanentes de la Argentina. Solo entonces tendrá sentido multiplicar vínculos, elegir socios y construir una inserción internacional coherente con un proyecto nacional.

Después de 250 años, Estados Unidos seguirá discutiendo cómo defender sus intereses, no cuáles son. Argentina, en cambio, todavía tiene pendiente esa conversación.

“Efecto Mariposa” es un ciclo de conversaciones sobre política internacional producido por Fundación Embajada Abierta y conducido por Jorge Argüello que se emite por Canal E los jueves a las 22 y los domingos a las 23.

 
 

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