Europa necesitará reestructurar su deuda. Y su idea



Toda la idea de Europa, no sólo su deuda, necesita una reestructuración.

El simplismo de considerar que Grecia es la principal responsable de la deuda que hoy le impide respirar y el de pensar que los griegos merecen pagar con mas ajuste un tercer rescate financiero se desmiente volviendo atrás un par de décadas en el calendario europeo.

La Unión Europea (UE) -nacida de los principios de unidad y solidaridad- dio, con el Tratado de Maastricht (1992) y la introducción del euro, un claro giro hacia las políticas neoliberales En esos noventa, el dinero se lanzaba compulsivamente a generar más dinero, no necesariamente más desarrollo y bienestar.

En aquellos inicios, el endeudamiento de Grecia era bastante limitado. Las deudas públicas de España, Irlanda y Portugal tampoco excedían el 60% del PIB encontrándose por debajo de ese límite impuesto por la propia UE cuando se creó la moneda única. No es, entonces, solo que Grecia se haya endeudado en euros sin control. Fue el auge del proceso de financiarización adoptado por Bruselas lo que contribuyó firmemente al costoso endeudamiento de Grecia y del resto de la periferia de la Unión Europea.

Hoy, toda la riqueza producida durante un año por esos países no alcanzaría para cubrir sus deudas públicas. Aunque se hable sólo de Grecia, estamos frente a un problema estructural. Es más, la deuda griega representa tan solo el 2,5% de toda la europea.

Promediando el año pasado la media de deuda pública de los 28 países de la UE ya ascendía al 92,1% del PIB europeo. Ahora, Grecia debe casi dos veces su PIB (182%), y por encima de esa media también figuran Italia, Portugal, Irlanda, Bélgica, España, Chipre y Francia.

Los portavoces del mundo del dinero insisten con una única cantinela simplista que nos cansamos de escuchar en Argentina: que Grecia debe ahora 325.000 millones de euros porque durante muchos años gastó más de lo que tenía. Eso es cierto, solo en parte.

La brusca subida de las deudas de toda la Periferia de la UE, en medio de una alocada –desregulada- corriente de préstamos privados, sobre todo de bancos alemanes y franceses a tasas impensadas en sus propios mercados, cuestiona esa mirada miope sobre la crisis griega.

El Banco Central Europeo (BCE) y el FMI han reconocido que gran parte del dinero de los “rescates” ha ido a cubrir las eventuales pérdida de los mismos grandes bancos que echaron a correr la rueda de la especulación y endeudamiento que estalló en 2008-09.

Es clave advertir entonces esa relación entre la especulación financiera que apañó el euro y la operación política de los rescates, en especial ahora que Bruselas y su Troika le imponen a Grecia mayores ajustes en lugar de discutir el peso de su deuda.

La resistencia a reconsiderar el problema de la deuda es puramente política y tiene un por qué: la reestructuración supone la antítesis de la agenda neoliberal que por ahora rige a Europa. Ello implicaría reconocer y obligarse a romper aquel círculo financiero fenomenalmente lucrativo iniciado en los noventa. Validaría un camino alternativo a la austeridad ciega que apartó a Europa de sus principios fundadores.

Hasta economistas insospechables para el establishment como Kenneth Rogoff, reclama una quita de deuda. Si la crisis griega implica que otros países de la periferia europea puedan beneficiarse también con reestructuraciones de deuda, razonó Rogoff, quizá la crisis del euro se resuelva rápidamente. “Porque esas reestructuraciones son probablemente inevitables”.

Su colega francés Thomas Piketty, un académico reconocido por su monumental obra sobre el capitalismo y la desigualdad, ha sido más contundente en estos días: “Sin una quita de la deuda, Europa podría tardar 50 años en salir de la crisis”.

La carga de la deuda consume cada vez más recursos y tiempo a los estados europeos, que siguen desaprovechando condiciones todavía propicias para progresar: estabilidad política, tasas de interés bajas, inflación controlada y ausencia de riesgo cambiario.

¿Por qué, entonces, la cuestión de la reestructuración continúa siendo un tabú?

Habitualmente se esgrimen tres clases de argumentos: el riesgo de que detrás de Grecia se forme una larga fila de países exigiendo nuevas quitas; que una reestructuración desaliente moralmente a los que sí pagan su deuda completa; y, finalmente, la errónea idea de que las reestructuraciones resultaron históricamente un fracaso.

Los propios acreedores son los suficientemente sagaces como para saber que los problemas comunes impactan diferente entre economías europeas con particularidades y distinta capacidad de respuesta y sustentabilidad. De lo contrario, habría una única tasa de interés para todos los estados europeos.

Luego, el argumento de que toda reestructuración de deuda incita a los otros a olvidarse del equilibrio de sus cuentas públicas y a gobernar sin responsabilidad es más bien un prejuicio orientado a demoler la política y subordinarla a la economía. Miremos sino, el rol jugado por la política en Europa a la hora de generar los consensos que hicieron posible el nacimiento de la Europa unida, o el resultado del proceso de unificación alemana.

El supuesto antídoto para tal irresponsabilidad, la austeridad, se reveló como un verdadero Caballo de Troya para Grecia. Desde el primer rescate en 2010, el PBI griego se encogió en un 25% y el desempleo llegó a un tercio de la población. El país vive al borde de una crisis no solo económica o social, sino humanitaria.

Por fin, los opositores a cualquier renegociación de deuda suelen seleccionar casos muy específicos de fracaso, entre los más de 60 países que reestructuraron sus bonos desde la II Guerra Mundial.

Pero ese argumento también es refutable. Salteándonos en la historia varios casos exitosos, como el más reciente de Argentina (con los canjes de 2005 y 2010), llegaremos al perdón europeo más emblemático: el de Alemania en 1953. Redujo la deuda, rebajó intereses, alargó los plazos de pago y los condicionó a la marcha de la economía alemana.

La prensa internacional recordó en estos días el aniversario de aquella experiencia a partir de una foto de la firma del acuerdo que redujo a la mitad la deuda de posguerra de Alemania. Grecia apoyó esa quita, pero estaba del otro lado del mostrador, y con bastante más comprensión de la que hoy muestran con ella, padeciendo la imposición de un tercer rescate cargado de ajustes para una sociedad exhausta.

Envuelta en negociaciones de medianoche y ultimátums que ni siquiera contemplan la voluntad de un pueblo expresada en referéndum, a Europa le van quedando dos caminos. O repasa las lecciones históricas de solidaridad que dictaron los padres fundadores de la UE, o insiste en el error. Dicho de otro modo: o avanza hacia una gobernanza política y económica común, o se quiebra.

Toda la idea de Europa, no sólo su deuda, necesita una reestructuración.

Si después de todo Grecia quedara fuera del euro, el mundo repetirá entonces la pregunta que el New York Times lanzó el día siguiente al primer rescate griego: “¿Quién sigue?”.

Por: Jorge Argüello Publicado en Revista DEF


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