Qué podemos hacer dentro del G20



La crisis financiera que se desató en 2008 puso a América Latina dentro de una cadena global de acontecimientos que habían sido gestados en el Norte desarrollado y cuyas consecuencias fueron imposibles de eludir pero que, al mismo tiempo, le abrieron a la región nuevas oportunidades en el concierto mundial.

Aunque ya desde los 70 las potencias occidentales dominantes habían empezado a coordinarse ante las primeras crisis sistémicas de posguerra, en especial con el Grupo de los Siete (G7), la globalización y dos nuevos cracks financieros en apenas una década (1998-2008) llevaron aquellos acuerdos a una dimensión superior.

Cuando el sistema entero falló, por descontroles o por ajustes, esas naciones decidieron ampliar el exclusivo círculo original a nuevas potencias emergentes y a países en desarrollo, hasta constituir el actual Grupo de los 20 (G20), en 2008.

Ahora bien, esa asumida necesidad de gobernanza global le plantea una disyuntiva de fondo a América Latina:¿debe convalidar al G20 como actor central de un nuevo multilateralismo, superador del que iniciaron las Naciones Unidas en 1945?

Para algunos críticos, el G20 es una ampliación de fachada del G7, oportunista e interesada: bien para blanquear decisiones que en otras circunstancias serían vistas como resultado de un grupo hegemónico de grandes potencias; bien para dejar al resto del grupo en situación de adherir por falta de auténticas alternativas.

Pero, en verdad, el G20 también se ha convertido en un ejercicio de democratización de la gobernanza global, en el que lo que se discute y se pone en juego son, finalmente, intereses. También, por supuesto, los de América Latina.

¿Debería nuestra región, y los países emergentes y en desarrollo, dejar pasar esta posibilidad de exponer sus intereses comunes, coordinados, como llevan décadas haciéndolo Estados Unidos y Europa con los propios desde el G7?

EL MUNDO SEGÚN EL G7

En los 70, el contexto político era un poco más predecible que el económico. El mundo continuaba sometido a las reglas de la bipolaridad de la Guerra Fría. El G7, en ese sentido, expresó desde el comienzo la posición de uno de los polos, Estados Unidos, y la de sus aliados, sobre todo Europa y a través de Europa de la OTAN.

El mundo monitoreado por el G7, con el Fondo Monetario Internacional (FMI) como invitado permanente, pasó a una década de signo neoliberal, de reducción del Estado y desregulación de la actividad financiera, los mismos principios que pavimentaron el camino de la primera gran ola globalizadora contemporánea.

En América Latina, se tradujo en la aplicación del Consenso de Washington (1989), con ajustes fiscales, deuda externa, flexibilización laboral y liberalización financiera. Pero los derrapes de especulación terminaron tumbando divisas, desde México (1994) hasta Rusia (1998), pasando por Indonesia, Tailandia, Corea del Sur y Brasil.

La creación en 1999 del Grupo de los 20 (G20), a nivel de ministros de Finanzas y jefes de bancos centrales, fue una primera convalidación de América Latina -dentro del mundo emergente y en desarrollo- como miembro de una mesa más grande en la que discutir, concertar y coordinar intereses de alcance global.

No pasó otra década cuando, en 2008, otra gran crisis financiera llamó a las puertas, esta vez, del corazón del G8. La caída de antiguos bancos de inversión y grupos hipotecarios globalizó también la urgencia de coordinación. El desastre había coronado la era de la desregulación. Había que discutir un nuevo orden.

Los países centrales renegaron de su catecismo de desregulación y no intervención estatal. Estados Unidos nacionalizó y rescató bancos privados, y el Banco Central Europeo (BCE) intervino el mercado financiero comunitario a una escala gigantesca.

Las economías latinoamericanas, bajo la creciente influencia de China, sintieron el cimbronazo pero varias habían hecho un aprendizaje, como Brasil y Argentina, con estrategias de desendeudamiento e integración comercial.

En medio de la crisis sistémica de 2008, América Latina aprovechó la nueva apertura que propuso el G8: la conformación del G20, a nivel de jefes de Estado y de Gobierno. México, Brasil y Argentina ingresaron al grupo.

La prioridad de presidentes y ministros era más que evidente: evitar otra crisis a nivel global. La pata económica, monetaria y financiera de la mesa multilateral tendida desde 1945 se había quebrado.

Brasil, México, China, India y Sudáfrica habían sido en los años previos países invitados del G8. Ahora se sumaban como miembros plenos del grupo Argentina, Turquía, Australia, Indonesia, Corea del Sur, Arabia Saudita y, como bloque, la Unión Europea (UE).

El Norte desarrollado volvió su atención sobre el poder de su propia banca privada. El acelerado flujo de capitales que había alentado había demostrado su capacidad de jaquear también a los países centrales. Así, reunieron en la mesa a los países responsables de producir más de tres cuartas partes de la riqueza del mundo.

¿Debía ahora América Latina ser solidaria como región con las grandes potencias? ¿Aislarse de la nueva mesa de conversaciones no la protegería mejor? ¿Tendría la región fuerzas suficientes para imponer algunas condiciones?

En otras palabras, ¿podría América Latina formar parte activa de la refundación del sistema de gobernanza global, de un nuevo orden que excediera la arquitectura financiera y comprometiera aspectos políticos y diplomáticos de mayor alcance?

LA VENTAJA DE PARTICIPAR

En un año, tres cumbres terminaron de dar forma al G20. Según declararon sus líderes políticos en Pittsburgh, toda una época de cumbres reducidas -y de “irresponsabilidad” y “temeridad” financiera- quedaba atrás para convertir al G20 en "el principal foro para nuestra cooperación económica internacional".

La agenda del grupo se ajustó en algunos aspectos a la de la región. El discurso sumó preocupaciones como la regulación de los mercados financieros y la destrucción del empleo, pero también abrió una discusión sobre el papel de los emergentes en el FMI, un bastión estratégico de Estados Unidos.

En 2012, en la Cumbre de Los Cabos, México, se abrió la oportunidad de dar prioridad a los intereses de la región. Pero México adhirió a la opinión estadounidense de que la clave de la recuperación económica mundial era ganar competitividad ajustando los déficits fiscales y con mayor flexibilización laboral.

La región, sin agenda ni estrategia común, se dividió. Brasil y Argentina postularon la necesidad de abandonar las políticas de austeridad. La Cumbre de Los Cabos reflejó, entonces, la ausencia de un acuerdo regional.

Tres años más tarde, en la Cumbre de Brisbane (Australia, 2015), fue Argentina la que se llevó una satisfacción de gran valor político para la región, cuando incorporó al debate y a la declaración final una definición sobre la reestructuración de las deudas soberanas y un rechazo al accionar de los fondos buitres.

En 2017, América Latina volvió a la Troika del G20 a través de Argentina (junto con China y Alemania), que acogerá la cumbre de 2018. La región tendrá otra oportunidad, probablemente inmejorable, de poner a prueba la eficiencia del grupo como nueva herramienta de gobernanza que mejore su situación relativa.

Con la economía mundial todavía en recuperación, nuevos elementos se suman al panorama general. Sólo que esta vez son cambios de índole política, enraizados en la crisis global de esta última década.

La Casa Blanca está ocupada por un magnate sin experiencia política ni de gestión, salvo la de sus negocios inmobiliarios. El republicano Donald J. Trump comenzó a gobernar la primera potencia económica este año aupado por un electorado que abrazó una consigna central: “Primero, Estados Unidos” (America, First).

Ese giro se emparenta con varios acontecimientos en Europa: el Brexit; el avance de fuerzas ultranacionalistas europeas y la extendida crisis de representatividad política, desde España a Italia, hasta desembocar en el sismo electoral en Francia, que redujo al mínimo el papel de las fuerzas tradicionales de izquierda y derecha.

BUENOS AIRES 2018, UNA OPORTUNIDAD

América Latina tiene pendiente su propia tarea de fondo: establecer una agenda específica que contemple los intereses de la región, que los exponga y que los haga valer dentro de esa gran mesa del G20.

Desde ya, que la Cumbre 2018 se realice en Argentina ofrecerá un plus, pero si la región quiere hacer valer determinados intereses, primero debe ponerse de acuerdo sobre cuáles son y qué estrategia elige para defenderlos.

Para empezar, los tres países latinoamericanos del G20 deben multiplicar los esfuerzos de entendimiento en marcha. El Estados Unidos de Trump plantea un desafío no sólo a México, y no sólo sobre comercio e inmigración: pensamos en seguridad, lucha contra el narcotráfico, explotación de recursos naturales.

Luego, una agenda común latinoamericana debe ampliar el primer círculo de esos tres países miembros del G20 y reflejar un consenso aún más rico de toda la región. El actual desbalance en el flujo de inversiones productivas impedirá a regiones como América Latina responder al problema global del desempleo en una economía digitalizada con la misma capacidad que a otras desarrolladas.

Sin esas condiciones, dentro de algunas décadas se reeditará la desigualdad que provocaron las anteriores etapas de industrialización. América Latina no puede reciclarse como simple proveedor de materias primas, ni del Norte ni de China.

Para algunos observadores, los más críticos, el G20 se reduce a un juego en el que los hacedores de las reglas (rule makers) las imponen sin remedio a la mayoría, los que las siguen (rule takers). ¿Debe acaso sacrificarse la participación democrática universal en la búsqueda de resultados rápidos? Lo cierto es que el orden mundial que nació en la posguerra ya no se corresponde con una realidad que hace crujir los sistemas políticos de las mismas potencias que dictaron aquellas valiosas reglas. El G-20 es la única instancia en que América latina se encuentra con las grandes potencias y los grandes países emergentes. Y ahí es donde la región puede protagonizar la creación de nuevas normas para un nuevo orden político y económico global, más estable, más democrático y más justo.

Por Jorge Argüello

Publicado por la revista del Ateneo del Encuentro


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