Entre el Cielo y el Evangelio, por Eduardo F. Valdés


El papa Francisco no es marxista, ni populista, ni peronista. Es un cristiano en el sentido más profundo


"Si le doy de comer a los pobres, me dicen que soy un santo. Pero si pregunto por qué los pobres pasan hambre y están tan mal, me dicen que soy populista."

Parafraseando a Dom Hélder Câmara, esta frase bien sería aplicable al coro de críticas que recibe el Papa Francisco. El pasado 14 de febrero, El PAÍS publicó una nota del ex presidente uruguayo Julio María Sanguinetti titulada Entre el cielo y el barrio. Allí rechaza al Pontífice por sus críticas al sistema capitalista financiero porque en Perú dijo que era “inhumano, que hace daño a la gente” y utiliza la terminología de Loris Zanatta para calificarlo hoy de “populista-peronista”.

El 25 de marzo de 2013, 12 días después de Francisco asumir el pontificado, Sanguinetti se expresaba en su Correo de los Viernes, bajo el título de Un nuevo Papa: “Será un Papa de fuerte acento pastoral, volcado a la lucha contra la pobreza, tal cual ha sido su rol histórico en Argentina. No es un ideólogo, no es un pensador. Es un hombre práctico que procura ayudar a los necesitados con lo que esté a su alcance. Todo indica que volcará todo su esfuerzo en las zonas pobres del mundo, acercando el sacerdote a la gente.”

Francisco cumplió esas demandas, pero no conforme con eso denunció las causas de la pobreza: ”Al centro de todo sistema económico debe estar el ser humano, y todo lo demás al servicio del hombre y la mujer, pero acá al centro está el Dios Dinero, estamos idolatrando al dinero y por ese afán de tener más, toda la economía se mueve descartando. Descartando a los niños con el control de la natalidad, descartando a los ancianos, ya no sirven, no producen, es clase pasiva, y se descartan a los jóvenes con la desocupación".

"Descartamos toda una generación por mantener un sistema económico que ya no se sostiene, y para sostenerse y para balancearse tienen que hacer lo que hacían siempre los grandes imperios para sobrevivir, hacer una guerra, como no se puede hacer la tercera guerra mundial, entonces se hacen guerras zonales, esto que significa, que se fabrican armas, se venden armas y con eso los balances de estas economías idolátricas, que son las mundiales obviamente, van adelante… Un sistema que sacrifica al hombre por el ídolo dinero”.

Francisco se nutre de la la doctrina social de la Iglesia, léase las encíclicas Rerum Novarum, de León XIII (1891), y la Quadragesimus Annus, de Pío XI (1931). Es un hijo del Concilio Vaticano II concebido por el Papa San Juan XXIII y de la exhortación apostólica del Beato Paulo VI Evangelii Nuntiandi de 1975, de su aplicación en América Latina en la II Conferencia Episcopal Latinoamericana de Medellín donde se decidió que la iglesia del continente plantea una “Opción preferencial por los pobres, para salir con ellos de la pobreza luchando contra la injusticia” según el Cardenal Eduardo Pironio, formador de Jorge Mario Bergoglio y secretario de la Conferencia.

Por último la Conferencia de Aparecida Brasil en el 2007 donde fue el redactor principal el entonces cardenal Bergolio donde convocan a los católicos a “protagonizar un nuevo Orden Social en Latinoamérica, basado en la dignidad del ser humano y la justicia”.

En Brasil les dijo a los jóvenes que su programática son las Bienaventuranzas y Mateo 25.

Quedará en la historia que “todos tienen derecho a tener techo, tierra y trabajo” y que el futuro de la humanidad “está fundamentalmente en manos de los pueblos” (Mateo 5:6: "Bienaventurados los que tienen hambre y sed de justicia, porque ellos serán saciados").

El Papa no es marxista, ni populista, ni peronista, es un cristiano en el sentido más profundo y quiere llevar adelante la palabra de Cristo y la conducta de San Francisco de Asís.

Publicado por Eduardo F. Valdés(*), en El Pais *Ex-embajador argentino en el Vaticano

Articulo escrito por JULIO MARÍA SANGUINETTI Entre el cielo y el barrio

El Papa Francisco es populista y diluye las esperanzas de los que esperaban reformas éticas


La palabra de un Papa siempre es parte relevante del debate internacional. Robustece su eco no solo la dimensión de la Iglesia católica sino la circunstancia de que las demás corrientes religiosas, cristianas, judías o aun musulmanas, no tienen un vocero único y formal.

Juan Pablo II, con su incuestionable carisma, fue el centro de una vigorosa corriente, claramente definida. Conservadora en los temas de familia y bioética, liberal en el enfrentamiento de las democracias a las caducas estructuras del comunismo europeo, fue influyente y protagónica.

El papa Francisco, en cambio, navega en medio de extrañas contradicciones: a cada rato desciende de la universalidad de su posición a minúsculos combates políticos de un inexplicable provincianismo argentino, al tiempo que no oculta la raíz populista-peronista que el historiador italiano Loris Zanatta reveló no bien fue ungido.

Estos días avaló de un modo desconcertante a la señora Hebe de Bonafini, líder de las Madres de Mayo y ferviente kirchnerista, que ha degradado una noble causa con su radicalismo y la corrupción de la entidad que dirige. Esa buena señora celebró el atentado contra las Torres Gemelas, en tiempos en que llamaba fascista al entonces cardenal Bergoglio. Cuando éste llegó a Papa la recibió ostentosamente, para que en la puerta vaticana despotricara con violencia contra el presidente Macri, el compatriota electo por su pueblo, al que por entonces había recibido con una frialdad tan notoria que asombró al mundo. El hecho es que ahora, en el mismo instante en que la señora de Bonafini se resistía a acatar un mandato judicial, pudo ella leer una carta de Su Santidad en que le decía: “No hay que tener miedo a las calumnias. Jesús fue calumniado y lo mataron después de un juicio dibujado con calumnias. La calumnia solo ensucia la conciencia y de quienes la arroja”. La destinataria pudo regodearse comentando en la televisión: “Casi no me compara con nadie…”.

En estos días no ha cosechado muchos aplausos en un Chile que no entendió su actitud ante las situaciones de pedofilia. También es incomprensible que no atendiera un reiterado pedido del presidente electo Sebastián Piñera para un encuentro personal. Hasta sus colegas jesuitas no fueron complacientes con él.

En Perú, país más católico, le fue mejor. Allí trató muy bien al presidente peruano Kuczynski, tan liberal o más que Piñera y en muy malos días por su indulto a Fujimori. Allí, en cambio, fue ideológicamente bien claro: “Se estaba buscando un camino hacia la Patria Grande y de golpe cruzamos hacia un capitalismo liberal inhumano que hace daño a la gente”. En una palabra, con Cristina Kirchner, Correa, Dilma, Evo y Maduro, íbamos hacia la Patria Grande bolivariana que hoy solo sustenta el venezolano… En cambio, habla de un “liberalismo inhumano” que ¿quién sostiene hoy? ¿Acaso el gradualista Macri, que trabajosamente va enderezando a la Argentina con el cuestionamiento de muchos economistas liberales? ¿El traidor Lenín Moreno que ha impedido la monarquía de Correa? ¿Piñera, que ya fue presidente y no desmontó la obra social de los gobiernos de la Concertación?

Su populismo ha sido reiteradamente expresado, cuando se indignaba porque “todo entra dentro del juego de la competitividad”, como si fuera posible superar la pobreza en una economía incomunicada. O abjurando del “mercado libre, la globalización, el crecimiento económico o el consumo”. Por cierto, se ha negado reiteradamente a entender el valor social y democrático del desarrollo de las “clases medias” y hoy por hoy diluye las esperanzas de un mundo, creyente o no, que esperaba reformas éticas que superaran la condenación anacrónica de los divorciados o del uso de anticonceptivos, que ayudan a que la maternidad sea algo querido y no una fatalidad a la que resignarse.

No siendo católico, no incurro en el atrevimiento de mirar al Papa desde esa perspectiva religiosa. Como ciudadano, en cambio, desearía que ayudara a defender la libertad individual, los sistemas democráticos y una economía moderna que —regulada por reparadoras leyes sociales— genere riqueza para poder distribuir. Es desde ese ángulo que lamento que los Gobiernos, aun socialdemócratas, no encuentren esa voz de apoyo para luchar contra la pobreza mediante un real desarrollo, basado en la productividad, bien lejos de la demagogia que condena a los pobres, como ocurre en la doliente Venezuela de hoy.

Publicado por Julio María Sanguinetti(*), en El Pais * Ex-presidente de Uruguay.


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