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Cambio de guardia en Londres

  • hace 6 horas
  • 5 min de lectura

La renuncia de Keir Starmer permite al laborismo  imponer su mayoría en el Parlamento para reemplazarlo por Andy Burnham, un dirigente popular en las filas oficialistas que heredará muchos problemas estructurales del país sin resolver, cuando se cumple una década del Brexit.


Andy Burnham  (56), un dirigente muy popular en el Partido Laborista como alcalde de Manchester desde 2017, sucederá como primer ministro de Reino Unido a Keir Starmer, quien llevó al partido a conquistar una amplia mayoría en el Parlamento en 2024 pero fracasó en la gestión de la crisis estructural de Reino Unido.


Burnham, quien para acceder al reemplazó ganó una banca (54,8%) en una elección complementaria del distrito de Makerfield (norte), llegó a Londres, en tren, juró ante el Parlamento británico y anunció el inicio de una transición política e institucional “ordenada y responsable”, con el apoyo explícito de su bancada.


"La cuestión es si soy la persona mejor situada para conducirnos a las próximas elecciones generales. He escuchado la respuesta de mi grupo parlamentario y la acepto con deportividad", dijo resignado Starmer, al anunciar su renuncia, dos años después de darle al laborismo 412 diputados, contra sólo 121 conservadores.


Algunos escándalos, como la designación de Peter Mandelson como embajador en Estados Unidos pese a sus vínculos con el pederasta Jeffrey Epstein, y medidas como recortes a las ayudas sociales para jubilados, desempleados y personas con discapacidad ayudaron a hundir su aprobación al 18%.


La crisis se agudizó con los pésimos resultados en las elecciones locales y regionales de mayo, cuando el Partido Laborista perdió miles de concejales frente a independentistas galeses y escoceses, y al nacionalista Reform UK, de Nigel Farage, e impulsor del Brexit (2016) quien atribuye el “arrepentimiento” de los británicos a que la ruptura con la Union Europea (UE) ha sido mal conducida.


Keir “Starmer ha prestado un enorme servicio a nuestro país y quiero agradecerle su liderazgo y dedicación durante un periodo tan difícil”, dijo Burnham, parlamentario (2001-2017)  ministro en los gobiernos laboristas de Tony Blair y Gordon Brown, a quienes intentó suceder sin éxito en las internas del partido, en 2010 y 2015. Será el séptimo primer ministro en una década.


“El país espera estabilidad, seriedad y un enfoque continuo en los asuntos que más importan, y eso es lo que va a recibir. A medida que avancemos, nuestra prioridad debe ser trabajar juntos para devolver al Reino Unido al punto en el que todos queremos que esté”, resumió Burnham sobre lo que le espera.


Wes Streeting, quien había renunciado en mayo como ministro de Salud, era el principal desafiante de Burnham y terminó por apoyarlo, resumió el ánimo del partido: “Ganar la batalla crucial contra la fuerza del nacionalismo”, en Gales y en Escocia pero, principalmente, el liderado por Farage, a cuyos candidatos el nuevo primer ministro se impuso claramente en Manchester (54,8% a 34,5%).


Pendientes, propuestas y plazos



El diario Financial Times enumeró los desafíos que encontrará el gobierno de Burnham cuando llegue al 10 de Downing Street para reemplazar a Starmer, aun cuando disponga de una amplia mayoría laborista en el Parlamento y de una oposición fragmentada entre conservadores, liberales y nacionalistas.


Reino Unido sigue siendo la sexta economía mundial según PIB, pero más de tres cuartas partes de él se lo debe a su actividad en servicios -es el segundo hub financiero global después de EEUU- y tiene una deuda pública que roza el 100 por ciento de lo que produce en un año.


El primer asunto es, una década después del referéndum que aprobó el Brexit, es la relación con la UE, ante la que Burnham moderó su postura de reabrir una discusión sobre una eventual incorporación al bloque comunitario y tendrá que discutir sobre las iniciativas de Starmer de intensificar la relación comercial.


En economía, Burnham evalúa nombrar al líder del ala izquierdista del partido, Ed Miliband, como ministro de Economía para desafiar la ortodoxia del Tesoro. Con él, tiene que decidir si adopta medidas radicales como controlar los alquileres, aplicar tarifas básicas de energía y de autobús más baratas, abrir más comedores escolares y hacer pagar a ganancias de inversores como lo hacen los asalariados, todo lo cual desafiará la reacción del mercado financiero por el costo fiscal.


Reino Unido afronta problemas de (baja productividad, bajas tasas de ahorro e inversión, los costos de la salida de la UE, envejecimiento poblacional y presión fiscal), según Financial Times, y “la cultura política británica es hostil a tomar decisiones difíciles pero necesarias”, citando un argumento de Tony Blair cuando aconseja tomar medidas correctas antes que electoralmente convenientes.


Burnham respondió a Blair diciendo que sus gobiernos no revirtieron el rumbo marcado por la conservadora Margaret Thatcher, y que 40 años de neoliberalismo no beneficiaron a comunidades como Makerfield, donde fue tan votado para poder volver al Parlamento y convertirse en primer ministro.


Otro tema caliente en la agenda social británica es la gestión de los malos servicios públicos, en especial de agua y de energía, sobre los que Burnham pretende un mayor control público sobre las tarifas. Lo mismo pasa con la explotación de petróleo en el Mar del Norte o con el aumento del gasto en defensa.


También pondrá a prueba su gobierno la gestión de la inmigración (quiere continuar las reformas de Starmer), ante la que el ala izquierdista del partido objeta la extensión de 10 años actuales a 20 años del plazo para conceder la residencia permanente.


En vivienda, Burnham quiere activar un programa de viviendas sociales  por 39.000 millones de libras en proyectos públicos, y en bienestar social y prestaciones por enfermedad  reducir el gasto pero sin recortes radicales, además de crear un servicio nacional de cuidados gratuito financiado con un impuesto a las herencias.


Impaciencia



“Los británicos están frustrados al no haber visto las mejoras relevantes en los servicios públicos que el laborismo les prometió. Como consumidores modernos, los votantes se han acostumbrado al rápido ritmo de reparto y entrega ‘estilo Amazon’, que contrasta drásticamente con la realidad de que los cambios en sistemas complejos de gobierno llevan años, y hasta décadas, de alcanzar”, opinó Hanna White, directora ejecutiva del centro de pensamiento Institute for Government.


“El Brexit ha aumentado la polarización y la división en el seno de los principales partidos, además de entre ellos mismos. El resultado es una política más inestable. Las coaliciones de facciones partidarias que respaldan a un líder concreto pueden ser destruidas con mayor rapidez”, explicó a su vez Patrick Diamond, autor de “The British Labour Party in Opposition and Power”.


“En ausencia de un crecimiento sólido, las rentas medias y bajas sufren un declive desproporcionado en su nivel de vida, y eso alimenta una insatisfacción entre los votantes que lleva a votar contra el status quo. La posición económica del país es débil desde el crash financiero de 2008, y se ha visto exacerbada por la década del Brexit”, agregó.


Como dijo Burnham apenas ganó su banca, “todo el mundo sabe que este país no está funcionando como debiera. Todo el mundo sabe que el Reino Unido no está donde debería estar (..). Esta es nuestra última oportunidad para traer el cambio. Eso me han dicho los votantes. Debemos escucharlos y hacerlo bien. No habrá una segunda oportunidad”, aceptó.


Burnham prometió crear una sede alternativa del gobierno británico en el norte de Inglaterra, que podría ser Ancoats, un barrio del norte de Manchester, antes conocido por su industria textil y hoy un área de moda con bares y restaurantes.


Allí se construye el "Manchester Digital Campus", en el antiguo centro comercial de la ciudad, que albergará a unos 8.800 funcionarios públicos, aunque sólo estará terminado en 2032 y podría ser provisionalmente reemplazado por Heron House, sede de la agencia de inteligencia GCHQ.


Burnham es un convencido, a partir de su experiencia como alcalde de Manchester, que como otras grandes capitales del mundo Londres adquirió una desmedida influencia en la toma de decisiones para el resto el país que debe ser compensada cuanto antes en favor del resto de Inglaterra, pero también de Gales o Escocia.




 
 

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