"Cómo alimentar a diez mil millones de personas", por Yurdi Yasmi
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- hace 23 horas
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Hoy al mundo le resulta difícil alimentar a 8000 millones de personas. ¿Cómo alimentaremos a 10 000 millones en 2050? Satisfacer las necesidades nutricionales de una población en aumento demanda no sólo un incremento radical de la producción de alimentos (de origen vegetal en su casi totalidad), sino también una distribución más equitativa para que nadie sufra inseguridad alimentaria.
No es tarea fácil. El sistema alimentario actual ya no da abasto. Más o menos 673 millones de personas terminan el día con hambre, y en 2025 fuimos testigos de dos hambrunas (en Gaza y Sudán), como resultado de conflictos, alteraciones climáticas y el encarecimiento de los alimentos. Al mismo tiempo, las prácticas de las que dependemos para alimentar al mundo han degradado 1660 millones de hectáreas (de las que el 60 % corresponde a tierras agrícolas).
El hambre mundial no es por falta de capacidad para producir alimentos suficientes, sino que obedece en parte a que la producción no es eficiente y la distribución no es equitativa. La guerra y la inseguridad siguen siendo las causas principales de hambre en veinte países y territorios, y dejan a casi 140 millones de personas frente a una inseguridad alimentaria aguda. Se estima que en los últimos 33 años el mundo padeció pérdidas agrícolas por valor de 3,26 billones de dólares como resultado de desastres (una media de 99 000 millones de dólares al año, o más o menos el 4 % de la producción agrícola mundial); y el encarecimiento reciente de los alimentos originado en factores del lado de la oferta sumió en el hambre a decenas de millones de personas, casi de un día al otro. Peor aún, no son fenómenos aislados, sino la nueva normalidad.
Por varias décadas, el sector agrícola ha podido responder bien al aumento de la demanda, mediante el desarrollo de cultivos de mayor rendimiento y un aumento del uso de todos los insumos: fertilizantes, pesticidas y agua. Pero esta tendencia generó residuos innecesarios, contaminó ríos, degradó el suelo y provocó una emisión creciente de gases de efecto invernadero (GEI). Tenemos que encontrar un modo mejor, y la ciencia puede ayudarnos. Ya tenemos los conocimientos y las herramientas necesarios para optimizar el uso de recursos y diversificar los cultivos.
Una de las prioridades es mejorar la eficiencia. Entre 1990 y 2020, el uso de fertilizantes creció un 46 % y el de pesticidas se duplicó. Pero sólo un 30‑60 % de los nutrientes de los fertilizantes y un 20‑70 % de los pesticidas se absorbe; el resto termina en los ríos, degrada el suelo o libera GEI. Felizmente, está comprobado que optimizar el uso del nitrógeno puede generar hasta un 19 % adicional de rendimiento y una reducción del 15‑19 % en el uso de fertilizantes. Una gestión mejorada de los pesticidas (mediante la aplicación de precisión, el uso de biopesticidas y el seguimiento de los residuos) puede reducir la generación de residuos químicos y proteger la biodiversidad. Las prácticas agroecológicas (por ejemplo la intercalación y rotación de cultivos y la integración de árboles en los sistemas agrícolas) mejoran todavía más la salud del suelo, reducen la necesidad de insumos y refuerzan la resiliencia a largo plazo.
La segunda prioridad es diversificar el sistema alimentario. Décadas de mejoras de la productividad generaron una peligrosa dependencia de sólo tres cultivos. Hoy la mayor parte de las calorías que consume el mundo salen del trigo, el arroz y el maíz. El hecho de depender de monocultivos crea una profunda vulnerabilidad a plagas y enfermedades y al cambio climático. La solución está en los cultivos que hemos marginado. Especies tradicionales subutilizadas (el resistente mijo, las legumbres ricas en nutrientes, las frutas autóctonas, el robusto ñame) ofrecen nutrición abundante sumada a otros beneficios como la resiliencia climática. Iniciativas de la Organización de las Naciones Unidas para la Alimentación y la Agricultura como Future Smart Food (en Asia) y 100 Crops for Africa demuestran la capacidad de estos cultivos «olvidados» para diversificar las dietas, mejorar los ingresos de los productores agrícolas y restaurar los suelos degradados, todo a un mismo tiempo.
Finalmente, hay que ampliar la escala de uso de tecnologías que han demostrado ser eficaces. Herramientas de análisis de datos y agricultura de precisión ya están transformando la agricultura. Los drones pueden plantar semillas y suministrar insumos con una precisión milimétrica. Las plataformas de inteligencia artificial pueden usar imágenes satelitales para ofrecer recomendaciones adaptadas al contexto en tiempo real. Robots capaces de detectar malezas y fumigarlas en forma selectiva pueden evitar la aplicación indiscriminada de herbicidas. El análisis digital de los suelos y las estaciones meteorológicas pueden aportar datos que sirvan de orientación a las decisiones diarias, y los pequeños agricultores pueden vincularse con mercados transparentes y trazables mediante sistemas de blockchain.
La ampliación de escala de estas herramientas requerirá inversiones sustanciales en servicios de extensión agrícola (para promover las mejores prácticas), grandes cambios en la formulación de políticas sobre una base científica y plataformas de intercambio de conocimientos que ayuden a los agricultores a optimizar el uso de insumos. Asimismo, las prácticas locales deben incorporar métodos de innovación continua, para lo cual se necesitará una mayor colaboración entre los gobiernos, los inversores, el sector privado y los agricultores.
El objetivo es claro: la agricultura debe producir más con menos (mejorar la eficiencia hídrica de los cultivos, las calorías por kilogramo de fertilizante y la producción de nutrientes por hectárea), en cada ciclo agrícola y en cada lugar. Esto demanda sustituir el uso de paquetes industriales universales por sistemas resilientes y adecuados a cada contexto, sintonizados con las condiciones locales en materia de suelos, regímenes hídricos, cultivos y clima. Allí donde el mercado no ofrezca acceso equitativo a la agricultura de precisión, la investigación financiada con fondos públicos debe tomar la delantera, mientras la innovación privada sigue ampliando la escala de aquello que funciona. El factor limitante ya no es la falta de conocimiento, sino la voluntad política y la alineación de incentivos.
Incluso en un contexto de guerras recurrentes, sequías y caos en los mercados, es posible lograr una producción estable y precios asequibles. La clave está en la resiliencia de los suelos, la diversificación de los cultivos y la gestión de precisión. La eliminación casi total del hambre y que los agricultores prosperen, los suelos se regeneren, el agua no esté contaminada, la biodiversidad se recupere y los sistemas agroalimentarios emitan un mínimo de GEI no es una utopía. Es la recompensa realista por adoptar otro modelo agrícola antes de que el actual colapse.
La única pregunta es si sabremos usar los conocimientos, la ciencia y las herramientas comprobadas que ya tenemos a nuestro alcance. Las generaciones futuras no preguntarán si había soluciones, sino por qué tardamos tanto en aplicarlas. La elección es nuestra, y el primer paso es convertir la ciencia en prácticas reales.
Públicado en Project Syndicate por Yurdi Yasmi. Texto original aquí.
