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"El Trump más disruptivo quedó atrás", por Ian Bremmer

  • hace 7 horas
  • 6 min de lectura

Ya lo dije antes: desde que Donald Trump asumió su segundo mandato hace año y medio, Estados Unidos ha sido el mayor motor individual de riesgo político global. No Moscú, ni Teherán, ni Beijing: Washington.


Cuando el líder del país más poderoso del mundo -el que construyó y sostuvo el orden global durante 80 años- decide que las reglas ya no aplican ni para él ni para Estados Unidos, es inevitable que genere una cantidad desproporcionada de incertidumbre.


Pero ahora puedo decir que el caos provocado por Trump ha tocado techo. Sí, sé que todavía le queda la mayor parte de su mandato y no le faltan ganas. Pero creo que ya hemos pasado el punto máximo de su capacidad -no de su voluntad- para sembrar el caos a nivel mundial.


Lo hemos visto en sus dos políticas más disruptivas, ambas con el mismo techo y el mismo desenlace: el presidente estadounidense retrocediendo.


El "Día de la Liberación" el año pasado vio a Estados Unidos imponer los aranceles más altos a sus socios comerciales en casi un siglo y, de hecho, boicotear las importaciones chinas, bajo la premisa de que la economía china, más pequeña y estructuralmente vulnerable, obligaría a Xi Jinping a capitular rápidamente.


Pero en lugar de ceder, Beijing absorbió el golpe económico y respondió con fuerza utilizando una palanca que había construido durante décadas: el control sobre los insumos de tierras raras y minerales críticos de los que dependen Estados Unidos y la economía global.


Esa presión se mantuvo el tiempo suficiente para obligar a Washington a ceder primero. El arma de las tierras raras chinas resultó más dolorosa de lo que Trump había previsto; incapaz de soportar el costo financiero, económico y político de un enfrentamiento prolongado, el presidente estadounidense dio marcha atrás.


Algo similar ha ocurrido este año con Irán. La guerra que Trump eligió librar contra la República Islámica buscaba derrocar al régimen, destruir sus capacidades nucleares, terminar con su programa de misiles y cortar su apoyo a grupos aliados en todo Medio Oriente.


Una vez más, su plan era que todo esto podía lograrse fácil y sin costos, ya que los iraníes -mucho más débiles- se rendirían rápidamente frente a la abrumadora superioridad militar estadounidense.


Pero en lugar de pedir la paz después de que Estados Unidos e Israel mataran al líder supremo Ali Khamenei y eliminaran gran parte del mando militar iraní, Teherán lanzó oleada tras oleada de ataques de represalia contra bases estadounidenses e infraestructura energética en países árabes del Golfo, y utilizó como arma su propio punto estratégico: el Estrecho de Ormuz.


El impacto del cierre del estrecho en los mercados energéticos, la economía global y la posición política interna de Trump fue enorme, y terminó forzando al presidente -no sin antes pasar por negación, ira y regateo- a aceptar un desenlace que no cumple ninguno de sus objetivos iniciales y deja al régimen iraní en una posición estratégica más fuerte que antes de la guerra.


No hace falta que sólo me crean a mí: según una encuesta reciente de la Hebrew University, el 92% de los israelíes cree que Irán ganó la guerra, mientras que, según una encuesta de The Economist, menos de una cuarta parte de los estadounidenses cree que Estados Unidos la ganó.


Ya sea que se culpe a Trump por iniciar estos conflictos o por retirarse demasiado pronto, ambos episodios demuestran los límites de su capacidad para generar riesgo global. El propio Trump ha admitido que el cierre del estrecho de Ormuz por parte de Irán habría causado una catástrofe económica si hubiera continuado solo unas semanas más.


Recesión y desarme


Estados Unidos también estaría en recesión en este momento si Trump hubiera mantenido el boicot a los productos chinos o hubiera tomado represalias contra las restricciones de minerales críticos de Beijing.


Según Trump, la razón por la que retrocedió las dos veces -y por la que se evitaron escenarios catastróficos que antes parecían plausibles, como una ruptura económica total con China, una guerra terrestre en Irán para "quedarse con el petróleo", o una recesión global provocada por decisiones políticas estadounidenses- es que no quería convertirse en el próximo Herbert Hoover.


Esos repliegues han agotado el capital político de Trump y erosionado su credibilidad (y la de Estados Unidos) de maneras que ya se manifiestan en otros ámbitos.


A medida que se acercan las elecciones de mitad de mandato y la etapa de "pato cojo" de Trump, el costo de enfrentarse al presidente seguirá bajando, lo que limitará su capacidad de imponer su voluntad a otros, tanto dentro como fuera de Estados Unidos.


Ya lo estamos viendo con líderes extranjeros cada vez más dispuestos a decir públicamente lo que antes solo decían en privado.


La primera ministra italiana, Giorgia Meloni -una de las aliadas más confiables de Trump en Europa y la única líder de la UE que asistió a su segunda toma de posesión-, lo acusó la semana pasada de mentir sobre su encuentro en el G7 y de maltratar a sus amigos, expresando en voz alta lo que, según ella misma, todos los aliados de Estados Unidos ya dicen a sus espaldas.


Escuché algo similar del presidente austríaco en Viena pocos días después. Ayuda que enfrentarse a Trump ya no tenga ningún costo político interno para un líder (de hecho, es más bien lo contrario: basta ver cómo el primer ministro canadiense, Mark Carney, usó su oposición a Trump para catapultarse al poder el año pasado). Pero más allá de eso, empieza a parecer la apuesta correcta sobre hacia dónde se dirige el poder.


Incluso el propio oficialismo comienza a mostrar señales de desafío. Varios legisladores republicanos, tanto en la Cámara de Representantes como en el Senado, cruzaron líneas partidarias para aprobar una Resolución de Poderes de Guerra que exige a Trump buscar autorización del Congreso para la guerra en Irán o poner fin a toda acción militar.


Además, el fondo de 1.800 millones de dólares contra el "desarme" del gobierno colapsó ante más resistencia republicana que cualquier otra iniciativa política de este mandato. Serán los últimos en alejarse de su órbita gravitacional, pero los funcionarios electos empiezan a reconocer que su futuro político probablemente sea mucho más largo que el de Trump… y están actuando en consecuencia.


Nada de esto significa que Trump carezca de poder; todo lo contrario. Sigue siendo uno de los individuos más poderosos del planeta y cuenta con un apoyo abrumador entre la base fiel del Partido Republicano. Aunque probablemente termine fracasando, sus intentos de revolución política persistirán e incluso se intensificarán durante los próximos dos años y medio.


Cabe esperar esfuerzos continuos para debilitar los controles y contrapesos sobre la presidencia, politizar instituciones independientes, utilizar al gobierno como arma contra sus enemigos, y sacar provecho personal del cargo más allá de lo que ya hemos visto.


Y si creen que Trump aceptará con elegancia una derrota en las elecciones de mitad de mandato o incluso en las de 2028 -aunque él no esté en la boleta-, piénsenlo de nuevo.

Pero las limitaciones sobre el presidente están creciendo más rápido que su capacidad para cambiar los resultados.


América


De igual manera, Trump seguirá generando bastante riesgo e inestabilidad en el mundo, más aún cuando los tribunales y un Congreso dividido limiten su agenda interna… pero en menor medida que en el último año y medio, y en lugares con menor impacto global.


Trump todavía anhela un logro de política exterior que consolide su legado (y que merezca un Premio Nobel de la Paz), pero después de Irán, su instinto ha vuelto a inclinarse hacia intervenciones pequeñas y focalizadas, en lugar de compromisos militares abiertos.


El Hemisferio Occidental (América, ndr) es un terreno especialmente fértil para esos fines, repleto de países más débiles que dependen estructuralmente de Washington, que no tienen puntos estratégicos económicamente críticos que usar contra Trump, y que pueden ser sometidos con una fuerza relativamente limitada (sin mencionar que la administración dedicó toda una doctrina de su Estrategia de Seguridad Nacional a su importancia estratégica).


Venezuela es la prueba: Maduro fue eliminado quirúrgicamente, se instaló en Caracas un gobierno mucho más dócil, y Washington dicta ahora la política a seguir, con poca resistencia y pocas desventajas.


El próximo a observar es México, donde los estadounidenses están presionando fuerte a la presidenta Claudia Sheinbaum -yendo tras miembros de su propio partido y gabinete- para poner a prueba cuánta soberanía está dispuesto a defender su gobierno.


Y hay que seguir el caso de Cuba, el mayor premio que aún queda sobre la mesa, donde Trump cree que puede repetir su éxito venezolano con una resonancia histórica mucho mayor.


Trump sigue siendo presidente, sigue haciendo ruido, sigue ganando en algunos frentes y perdiendo en otros. Pero los objetivos son cada vez más pequeños, las apuestas más acotadas y las consecuencias globales más limitadas. No ha terminado de causar problemas, pero su capacidad de infligir daños duraderos ya alcanzó su punto máximo.


Texto original publicado aquí

 
 

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