"La geopolítica se juega en la crisis de Ceuta", por Pol Morillas
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¿Ha sido esta otra crisis geopolítica? La entrada de decenas de miles de migrantes a Ceuta desde la frontera con Marruecos es un ejemplo claro de instrumentalización de la inmigración; una herramienta más de la caja de amenazas híbridas, que incluye la desinformación, el sabotaje de infraestructuras críticas o la interferencia en procesos electorales.
Por acción u omisión, países fuera de la Unión Europea han utilizado en repetidas ocasiones el conflicto social y político que genera el fenómeno migratorio para desestabilizar a la Unión y favorecer la confrontación entre sus Estados miembros.
Así lo hizo Bielorrusia cuando promovió la entrada de centenares de inmigrantes y refugiados de Oriente Próximo y del norte de África a Polonia en agosto de 2021. Y Marruecos lo ha hecho ahora relajando sus controles fronterizos con Ceuta, con un volumen de llegadas muy superior al de entonces.
Varios países europeos y Estados Unidos expresaron entonces su solidaridad con Polonia, argumentando un ataque a su soberanía e integridad territorial. La amenaza rusa estaba ya en boca de muchos, y faltaban pocos meses para la invasión de Ucrania.
Italia, Finlandia, Suecia o Francia han vinculado ahora un fenómeno parecido con la política doméstica de España, y no con los factores internacionales que rodean esta crisis. Han señalado el reciente proceso de regularización promovido por el Gobierno, y algunos han llegado a solicitar la suspensión de la participación de España en Schengen, limitando la libre circulación de manera preventiva, algo no previsto en los Tratados. Sí está prevista la introducción de controles temporales, que ya se instauraron durante la crisis migratoria de 2015-2016, si bien la dimensión de los hechos no es comparable. Desde entonces hemos aprendido que la mejor respuesta europea pasa por la solidaridad entre Estados miembros, el refuerzo de la agencia europea de fronteras Frontex y la colaboración con los países de origen, como evidencia el retorno a Marruecos en pocas horas de la mayoría de recién llegados a Ceuta.
Más que la preocupación por salvaguardar el marco europeo, lo que ha unido esta vez a muchos países ha sido, lamentablemente, la celebración de elecciones en las que la derecha radical promoverá la polarización a través del debate migratorio.
El vicepresidente estadounidense, J. D. Vance, ha dicho que “las políticas globalistas de izquierda radical han permitido la invasión de Occidente”. Hipérbole pura con vistas a las elecciones de medio mandato de noviembre, que darán el pistoletazo de salida a las batallas culturales que librarán también otras fuerzas patrióticas en 2027, empezando por Marine Le Pen en las presidenciales francesas.
Marruecos sabe que la presión migratoria es un instrumento a su alcance. Puede no haberle gustado el reciente acercamiento de España a Argelia, incluida la visita del presidente del Gobierno, Pedro Sánchez. Puede considerar que ya está en su haber el cambio de posición de España respecto al Sáhara Occidental. Y puede también haber sido objeto de presión por parte de Estados Unidos e Israel, con los que mantiene buenas relaciones, dados los encontronazos con España tras las guerras de Gaza e Irán.
Más preocupante es que, hasta las declaraciones del presidente del Consejo Europeo, António Costa, dando su apoyo a España en esta crisis, buena parte de los pronunciamientos de los Estados miembros hayan tendido a favorecer la desunión. Es precisamente eso lo que gusta a países fronterizos con capacidad de instrumentalizar el fenómeno migratorio y a los enemigos declarados de la idea de Europa, como son Putin, Trump y Netanyahu.
España debe seguir buscando la complicidad de sus socios europeos en esta crisis. La de Ceuta no es fruto del reciente proceso de regularización, pero de poco servirá ahondar en que este ataque híbrido se ha realizado con el beneplácito de las voces más radicales de la Administración estadounidense, como en su momento lo fue la incursión en Polonia espoleada por Lukashenko y con el visto bueno de Putin.
Muchos en Europa ya evitaron la confrontación con Estados Unidos durante el triste acuerdo comercial de Turnberry y ante sus amenazas de debilitar la OTAN. La defensa de Europa sigue en manos de Washington, así que el miedo a perder el paraguas protector norteamericano haría que reaccionasen igual hoy.
El empeño del Gobierno debe centrarse en reclamar reciprocidad en caso de que la soberanía e integridad de un Estado miembro se ponga en cuestión, ya sea a través de amenazas convencionales o híbridas. Es lo que esperarán los daneses cuando Trump vuelva a reclamar Groenlandia o cuando los bálticos y nórdicos pidan mantener el apoyo a Ucrania. No dejemos que las fuerzas patrióticas se apropien del discurso europeo en favor de sus prioridades nacionales.
Solamente la unión frente a amenazas exteriores salvará a Europa de la zozobra geopolítica que promueven las grandes potencias.
Texto original publicado por El Pais.
