La racionalidad sigilosa del Brexit



En momentos históricos cruciales, las rupturas políticas racionales suelen producirse por motivos equivocados. El Brexit del primer ministro británico, Boris Johnson, puede ser un buen ejemplo.


Cuando el presidente norteamericano Richard Nixon se deshizo del sistema de Bretton Woods en agosto de 1971, sus razones tenían poca visión de futuro. Abrumado por las presiones internas para imponer controles de precios efectivos y aplacar a sus seguidores de la clase trabajadora, Nixon dejó de ver el panorama más amplio. Aun así, siguió un instinto sólido: las fuerzas históricas habían actuado en contra de la sustentabilidad de ese sistema monetario global remarcable de posguerra. Una vez que Estados Unidos pasó de ser un acreedor global neto a convertirse en una economía deudora con un déficit sostenido con el resto del mundo capitalista, Bretton Woods fue condenado a la desaparición, porque la Reserva Federal ya no podía garantizar un tipo de cambio fijo con el marco alemán, el yen, el franco y demás.


Sin duda, el ingreso y los estándares de vida del trabajador norteamericano promedio nunca se han recuperado del llamado Nixon Shock, y la financiarización del capitalismo resultante ha sido en detrimento de la humanidad. Pero eso no le quita nada a la racionalidad más profunda de la decisión de Nixon.


Los motivos y el pensamiento detrás del Brexit eran inclusive menos dignos que los que estaban detrás de la medida de Nixon. Impulsado por un descontento alimentado por la austeridad, nutrido de xenofobia y montado en los faldones de promesas falsas, el Brexit y sus seguidores salieron airosos por muchas malas razones. Y, al igual que el Nixon Shock, la mayoría de quienes votaron por el hombre que implementó el Brexit, muy probablemente, saldrán perdiendo, mientras que muchos otros se beneficiarán generosamente. Los neo-conservadores de la clase trabajadora que permitieron esta ruptura histórica sufrirán las consecuencias de su elección en una silenciosa desesperación.


Ahora bien, como sucedió con el Nixon Shock, ¿hay un factor histórico subyacente singular que explique el Brexit? Sí: la creación del euro.


Al retratar a la necesidad como una virtud, los políticos, los formadores de opinión y los burócratas fieles al euro ensalzan la flexibilidad de la Unión Europea al describir la eurozona como una unión sin una unión, o un club dentro de un club. Si bien esta descripción es formalmente correcta, no logra captar las fuerzas centrífugas que desató el euro. Una vez que se creó la moneda común, en la ausencia proyectada de instrumentos de deuda comunes y un mecanismo de seguro de depósitos común, se puso al tren de la UE en una vía que conducía inexorablemente a una bifurcación. Allí, podía girar marcadamente hacia una federación o seguir en la misma ruta hasta que, cuando la vía se acababa, se desintegraba.


Los padres del euro, el canciller alemán Helmut Kohl y el presidente francés François Mitterrand, lo sabían. Estaban convencidos de que una vez que se llegara a la bifurcación, sus sucesores se inclinarían hacia lo inevitable y conducirían, aunque renuentemente, hacia la federación. Ésa también era la opinión de la primera ministra británica Margaret Thatcher quien, al observar la construcción de un banco central europeo, empezó a hacer sonar las alarmas que apelaron a un euroescepticismo renovado y, en definitiva, al Brexit.


Irónicamente, Kohl, Mitterrand y Thatcher cometieron el mismo error. Los tres líderes supusieron que el euro era, como dijo Thatcher, un esfuerzo por crear “una Europa federal por la puerta trasera”. No lo fue. Como todos sabemos ahora, cuando el euro estuvo a punto de desmoronarse en 2011, los responsables de las decisiones en la UE hicieron lo contrario de lo que habían anticipado Kohl, Mitterrand y Thatcher. Como la bifurcación crítica se estaba acercando y los enfrentaba al dilema de la federación o la desintegración, los conductores de la locomotora demostraron que preferían el descarrilamiento. Ése fue el momento en que el Brexit adquirió una racionalidad sigilosa.


Cada fuerza histórica necesita una multitud de agentes para impulsarla. Los mayores agentes del Brexit fueron, curiosamente, dos personas que se oponían a él: Gordon Brown y Angela Merkel.


En su calidad de ministro de Hacienda del primer ministro británico Tony Blair, Brown se convirtió en el facilitador del Brexit al mantener, por una variedad de excelentes razones, al Reino Unido fuera de la eurozona. Si hubiera accedido a la preferencia de Blair de adoptar el euro, los acontecimientos se habrían desarrollado de una manera totalmente diferente. Dado el tamaño de la City de Londres, ningún rescate de la UE podría haber reflotado a los bancos de Gran Bretaña después de la crisis financiera de 2008 sin abandonar el reglamento del euro y sin forzar una decisión inmediata y limpia: federar o regresar a las monedas nacionales.


Brown así se convirtió en el facilitador involuntario de la propensión de Merkel a patear las cosas para más adelante. Al mantener al Reino Unido fuera del euro, Brown permitió que Alemania siguiera resistiendo la federación garantizando, al mismo tiempo, que el Brexit continuara siendo una opción relativamente de bajo costo para los británicos.


Sin la carga de la tarea colosal de rescatar a la City, Merkel se concentró en suspender la democracia en los estados miembro deficitarios como Irlanda, Grecia e Italia, para imponer, con la ayuda del Banco Central Europeo, años de austeridad que terminaron empantanando a toda la eurozona en un estancamiento permanente. Sin esa supresión abominable de la democracia, y los millones de europeos continentales que huían a una economía británica que había sido reflotada por el Banco de Inglaterra, el referendo del Brexit habría sido al revés.


Las rupturas de Nixon y de Johnson confirman que lo que es insostenible termina encontrando a los agentes políticos de su colapso. Esas rupturas pueden simultáneamente ir en detrimento de los intereses de la mayoría de la gente y, al mismo tiempo, ser intrínsecamente racionales y autoperpetuarse.


En Estados Unidos, la disminución a largo plazo de las perspectivas de los trabajadores de la clase obrera fue compensada por las inmensas ganancias del 10% superior y la expansión de la hegemonía global de Estados Unidos. En este sentido, el Nixon Shock pasó la prueba de la historia, aunque disminuyera las perspectivas de vida de la mayoría de los norteamericanos.


Al Brexit se lo puede reivindicar de manera similar. Si Johnson pone fin a la austeridad y logra atraer inversiones en inteligencia artificial y energía verde (que la UE no logra financiar), el Brexit puede llegar a ser visto de la misma manera que hoy se ve la decisión de Brown de mantener al Reino Unido fuera de la eurozona: una medida inteligente.


Si ampliamos nuestro campo de visión, existen sistemas internacionales que tienen el potencial de brindar enormes beneficios para las mayorías en todos los países participantes. Bretton Woods y la UE son excelentes ejemplos. Pero cuando los líderes políticos no logran consolidar esos sistemas, su desintegración trágica (en el sentido griego antiguo) terminará adoptando una racionalidad propia, lo que le dará el aire de ser inevitable e, igualmente importante, irreversible.


Publicado por Yanis Varoufakis en Project Syndicate, 21 de febrero de 2020

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