La guerra impensable
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En una era global de desorden global, dos grandes vecinos y socios como EEUU y Canadá protagonizan uno de los conflictos menos pensados, bajo dos liderazgos políticos de enfoque geopolítico contrapuestos.
Estados Unidos y Canadá, socios históricos que intercambian casi USD 400 mil millones al año, entraron en “guerra” comercial por la imposición unilateral de aranceles de la administración del presidente Donald Trump, que el primer ministro Mark Carney interpretó como un ataque a la “soberanía” de su país.
“No les vamos a dar lo que pidieron”, dijo Carney a los canadienses. “No estábamos dispuestos a comprometer la soberanía de Canadá ni a socavar nuestras industrias clave. Estás en guerra cuando te atacan, y fuimos atacados”, dijo. "EEUU ha cambiado" y los dos países "no volverán a su antigua relación".
La tensión bilateral necesita leerse en el contexto de la insistencia de Trump por convertir a Canadá en el “estado 51” de EEUU, parte de una estrategia de anexiones en el Hemisferio Norte que incluye a Groenlandia, para conformar una esfera de influencia que se proyecta al Ártico y piensa en China y Rusia.
“¡¡¡Canadá quiere los beneficios de ser un estado (de la Unión), sin serlo!!!”, escribió Trump en su red Truth Social. “También cobraron enormes aranceles a nuestros magníficos agricultores durante muchos años. ¡¡¡Eso se acabó!!!”, insistió ahora, amparándose en la Ley de Aranceles de 1930, o Ley Smoot-Hawley.
“La primavera pasada, advertí que EEUU está intentando quebrarnos para poder adueñarse de nosotros y prometí: ‘Eso nunca, jamás sucederá’”, replicó Carney. “Estamos cumpliendo esa promesa. Canadá se está volviendo más fuerte y menos dependiente de EEUU”, destino de un 75% de las exportaciones canadienses.

Trump anunció aranceles de hasta 50% a importaciones de acero, aluminio y automóviles, pero los había suspendido para abrir negociaciones que fracasaron por exigencias también extra comerciales, según Carney, como obligar a Canadá a dejar de promover contenidos en idioma francés en las plataformas on line.
“Eso marcó el fin de esa etapa de las negociaciones”, explicó el primer ministro conservador, un economista que lideró el Banco de Inglaterra (2013-2020), llegó al poder en marzo de 2025 prometiendo a los canadienses hacer frente a las inéditas presiones de EEUU y que consolidó su popularidad nacional cuando al mes siguiente enfrentó decididamente la cruzada arancelaria global de Trump.
Ya rotas las negociaciones, EEUU aplicó aranceles del 50% sobre 500 productos canadienses por USD 20 mil millones, de un total de intercambios de USD 380 mil millones en 2025. Carney anunció represalias “dólar por dólar”, en acero, lácteos, electrodomésticos, equipos agrícolas, celulosa y papel, productos electrónicos.
Según Ottawa, EEUU pretende que Canadá -también socio en el acuerdo T-MEC (2018) que incluye a México, sucedió al TLCAN (1994) e involucra un comercio de USD 2 billones, adopte su proteccionismo, una de las causas del fin del orden global que Carney identificó en el último Foro Económico Mundial de Davos.
Las nuevas medidas estadounidenses amplían los sectores afectados y alcanza especialmente a materiales de construcción como la madera contrachapada, al papel tisú utilizado para el papel higiénico, claves de la industria forestal candiense, pero sigue sin alcanzar lo más grueso: petróleo, gas y electricidad.
Trevor Tombe, un economista de la Universidad de Calgary, estimó que los nuevos aranceles podrían costar más de 90.000 puestos de trabajo. Carney, cuyas represalias a productos estadounidenses entran el vigor el 8 de septiembre, ya prometió USD 18 mil millones en asistencia financiera para las empresas afectadas.
“Error” de cálculo

Canadá también considera que, amén del último conflicto, EEUU incumple el acuerdo trilateral de intercambio y patentes T-MEC con México. En julio, la Administración Trump se negó a renovarlo por otros 16 años, y activó en cambio revisiones anuales que se anuncian muy complejas en este escenario de “guerra”.
Mientras, Trump decidió reemplazar los aranceles globales vigentes pero legales de 10% -la Corte Suprema invalidó los generalizados que impuso en abril de 2025 a todo el mundo- con otros sobre el 99% de las importaciones estadounidenses.
En junio, la Casa Blanca adoptó también aranceles a 59 países y a la Unión Europea (UE) invocando la Sección 301 de la Ley de Comercio de 1974 y alegando que esas naciones aceptaban productos fabricados con trabajo forzoso. Ahora, estudia otros adicionales de entre 10% y 12,5%.
La economía estadounidense es unas 10 veces mayor que la canadiense, lo que limita la capacidad de Ottawa para aplicar represalias equivalentes -”dólar por dólar"- sin afectar su propia economía. El Royal Bank of Canada estima que los aranceles afectan directamente a sólo 0,4% del PIB canadiense.
Pero Carney, en previsión, ha viajado al extranjero en busca de inversiones y nuevos vínculos comerciales, con el objetivo de atraer hasta USD 730.000 millones para 2030 y duplicar la inversión procedente de fuera de EEUU en la próxima década. En el último año, Canadá firmó más de 20 acuerdos comerciales y de seguridad en los cinco continentes.
Según el analista David Frum, de la revista The Atlantic, Trump “tiene una idea fundamental sobre Canadá: como EEUU es más grande, fuerte y rico, Canadá debe acabar cediendo tarde o temprano a las exigencias de Trump. Esa idea es errónea”.
“Esta no es una administración que planifique ni siquiera un movimiento por adelantado. Sin embargo, sin un acuerdo comercial masivo al estilo Trump, es poco probable que el bloqueo entre EEUU y Canadá se resuelva pronto”, opina.
Según ese análisis, las guerras -incluyendo las comerciales- no se deciden solo por quién puede infligir más daño, sino también por quién puede soportarlo en el tiempo, y hay una mayoría de canadienses que hoy respalda a Carney (60%) porque ve al EEUU de Trump como una amenaza más inmediata, incluso, que Rusia o China.
Además, si bien cayeron las exportaciones y la economía de Canadá creció menos el año pasado, la guerra en Irán empujó los precios del petróleo, gas, minerales y alimentos que produce, y elevó sus ingresos mientras reduce su deuda pública.
De Reagan, a Trump, a Lula

The New York Times recordó esta semana las negociaciones que propiciaron el libre comercio entre Canadá y EEUU a finales de los años 80 y que cambiaron la economía canadiense, entre el primer ministro conservador Brian Mulroney y el presidente republicano Ronald Reagan, sin ningún tipo de amenazas de por medio.
Las negociaciones se centraban en los mismos rubros de hoy: madera; automóviles; lácteos y alcohol. Entonces, Canadá quería un sistema independiente y vinculante para resolver las disputas comerciales entre ambos países. Después de 16 meses de negociaciones, Ottawa las dio por fracasadas en 1987.
Al final, Mulroney envió una delegación a Washington y surgió de nuevo la posibilidad de un acuerdo, cuando EEUU aceptó las demandas de Canadá, que celebró elecciones al año siguiente y la reelección del primer ministro conservador.
La actitud de Carney hoy contrasta con la de otros países presionados por Trump, como Reino Unido, incluso la Unión Europea, que aceptaron acuerdos comerciales ”que han sido volátiles y, a menudo, los han dejado en peor situación”.
En el pasado, EEUU presionó con éxito a Canadá (gobernaba el liberal Justin Trudeau) para que excluyera a empresas chinas de su cadena de suministro de minerales críticos y telecomunicaciones. En 2020, Ottawa prohibió a las empresas chinas Huawei y ZTE participar en sus redes de telecomunicaciones 5G.
En paralelo, pero hacia el Sur, el afán punitivo comercial de Trump llegó a Brasil, con aranceles del 25% sobre varios productos brasileños, también invocando la Sección 301 de la Ley de Comercio de 1974 sobre prácticas comerciales que considera discriminatorias o que perjudican a empresas estadounidenses.
Pero Trump volvió al diálogo con Lula, quien le insistió en que negociar es "la mejor opción", mientras busca un cuarto mandato en las elecciones del 4 de octubre ante el ultraderechista Flávio Bolsonaro, aliado del estadounidense cuyo triunfo podría cerrar un círculo de gobiernos derechistas de la región alineados con Washington.
"Le dije a Trump: 'Si quiere combatir el crimen organizado, queremos trabajar juntos. Lo que no queremos es interferencia en Brasil", contó después Lula, sobre otro de los argumentos esgrimidos por Washington para imponer nuevas sanciones.



