"La seguridad en un Medio Oriente pos-EE.UU.", por Shlomo Ben Ami

Medio Oriente está aprendiendo a vivir sin Estados Unidos. Aunque continuará incidiendo sobre la seguridad regional, principalmente a través de sus sistemas de armas avanzados, (lo que se percibió como) la retirada de EE. UU. de Medio Oriente generó importantes dudas sobre su voluntad de cumplir los compromisos asumidos con sus aliados. Ahora los actores locales están revisando sus estrategias geopolíticas: los antiguos enemigos tratan de reconciliarse y algunos países incluso procuran crear un sistema de seguridad colectivo. Para lograr la paz y la estabilidad regionales, sin embargo, los países tendrán que superar obstáculos aún mayores de lo que parecen suponer.



La desilusión de los líderes de Medio Oriente con EE. UU. viene aumentando desde hace más de una década. Los gobernantes árabes autócratas acusan a EE. UU. de haberlos traicionado durante los levantamientos de la Primavera Árabe en 2011, cuando se alineó con la fuerzas que intentaron derrocarlos. También culpan a EE. UU. por haber negociado el acuerdo nuclear de 2015 con Irán a espaldas suyas y no disciplinar al régimen criminal de Bashar al-Ásad en Siria.


Más recientemente, Arabia Saudita y los Emiratos Árabes Unidos no se mostraron para nada contentos ante la falta de respuesta estadounidense frente a los ataques de los rebeldes hutíes yemeníes a su infraestructura petrolera. Eso probablemente explique, al menos en parte, por qué ninguno de ellos estuvo dispuesto a satisfacer los pedidos del presidente estadounidense Joe Biden de aumentar la producción de gas y petróleo para frenar el aumento de los precios de la energía durante la guerra de Ucrania (según se dice, ni siquiera atienden sus llamadas).


En lugar de ello, Arabia Saudita y los EAU siguen por la senda que eligieron en la cumbre de Bagdad de agosto del año pasado, convocada para tratar de desactivar las tensiones regionales. Esto incluye los esfuerzos por mejorar las relaciones con Irán, con la esperanza de poner fin a la guerra en Yemen. Los EAU restablecieron además sus relaciones diplomáticas con Assad, a quien EE. UU. desea seguir tratando como paria. Assad incluso visitó Abu Dabi el mes pasado (su primera visita oficial a un país árabe desde el inicio de la guerra civil siria hace más de una década).


Turquía actuó de manera similar y adoptó un enfoque más conciliatorio con Assad. Había cortado todos sus vínculos diplomáticos con Siria en 2011 e insistía desde hace mucho en que no podía haber paz mientras el líder «terrorista» siguiera en el poder, pero el presidente turco Recep Tayyip Erdoğan ahora busca un acuerdo que garantice que el norte de Siria nunca se convertirá en una región kurda autónoma y que los millones de refugiados sirios en Turquía puedan ir a sus hogares.


Esta es tan solo una faceta del reajuste más amplio de la política exterior turca, impulsado por un profundo aislamiento regional y una grave crisis económica. A pesar de ser un aliado tradicional de Catar —la némesis del resto de los estados del Golfo—, Turquía restableció recientemente sus vínculos diplomáticos con los EAU y abrió el diálogo con Bahréin. Erdoğan hasta parece estar planeando una visita a Arabia Saudita.


Además, Turquía intentó reconciliarse con Israel: el presidente israelí Isaac Herzog se presentó oficialmente en Ankara el mes pasado. Este cambio refleja la mejora de la reputación de Israel en Medio Oriente como un aliado legítimo, al igual que la esperanza turca de aprovechar la bonanza del gas en el Mediterráneo oriental.


Turquía también procuró descongelar sus relaciones con Egipto —que, como Israel, es uno de los principales actores en el Foro del Gas del Mediterráneo Oriental (East Mediterranean Gas Forum), del cual Turquía está, hasta el momento, excluida—. Mientras Europa busca desesperadamente alternativas al gas ruso, Erdoğan ansía facilitar el traslado del gas egipcio e israelí a través del Mediterráneo.


Pero aunque esta redistribución de las relaciones bilaterales tiene consecuencias importantes para la seguridad de Medio Oriente, carece del potencial transformador de una estructura multilateral inclusiva que garantice la paz y la seguridad regionales. Una estructura de ese tipo puede parecer exagerada, dada la aparente falta de solución al conflicto árabe-israelí, en cuyo corazón está la ocupación de tierras palestinas por Israel.


Pero los Acuerdos de Abraham de 2020 —por los cuales los EAU, Bahréin, Marruecos y Sudán normalizaron sus relaciones diplomáticas con Israel— alientan la esperanza de que la cooperación árabe-israelí sea posible. Y en la cumbre Negev del mes pasado —realizada en Israel y a la que asistieron los ministros de Relaciones Exteriores de Bahréin, Egipto, Marruecos y los EAU, así como el secretario de Estado de EE. UU., Antony Blinken— pareció que esas esperanzas se estaban materializando. Los participantes se comprometieron a ampliar la cooperación para incluir cuestiones energéticas, ambientales y de seguridad, y tratar de incluir a otros países.


Son buenas noticias para los gobiernos árabes, ya que la amenaza de un Irán con armas nucleares, junto con la proliferación de actividades yihadistas, reforzaron el atractivo de un acuerdo de seguridad regional. Pero hubo una notoria ausencia en la cumbre: los palestinos.

A medida que se reduce la esperanza de lograr un estado independiente, algunos palestinos jóvenes y desesperados dieron a conocer su insatisfacción mediante una ola de ataques terroristas contra civiles israelíes. Esto sugiere que una gran iniciativa regional árabe-israelí que excluya a los palestinos bien puede resultar insostenible.


Mientras los palestinos se sientan atrapados bajo la ocupación israelí y abandonados por sus hermanos árabes, algunos percibirán que los actos terroristas son su única opción para oponerse. En medio de esta escalada de violencia —que seguramente dispararía una escalada en la respuesta israelí— los líderes árabes enfrentarían presiones populares para que rompan sus vínculos con Israel.


Además, aunque están dispuestos a trabajar con Israel para aumentar la seguridad regional, los países árabes no perciben que el alineamiento de Negev sea la única opción para lidiar con Irán. También están recurriendo a la diplomacia... y con razón. Pero los palestinos también merecen una diplomacia de paz. En vez de tratar de postergar las dificultades de los palestinos, el conjunto potencias regionales que procura crear un Medio Oriente más seguro debe ocuparse de ellas sin demora. Como afirmó recientemente el rey Abdalá II de Jordania, su país también debe participar.


La guerra en Ucrania demostró que los marcos para la seguridad que excluyen a las potencias que se oponen al statu quo son intrínsecamente frágiles. En este sentido, el alineamiento de Negev tiene una misión diplomática aún más desafiante —y fundamental— de lo que parecen percibir quienes participan en él. En la construcción de una estructura de seguridad regional pos-EE. UU., deben integrar tanto a los palestinos como a los iraníes: las dos fuerzas revisionistas que EE. UU. fue incapaz de pacificar durante sus décadas de hegemonía en Medio Oriente.


Publicado el 20/04/2022 en Project Syndicate por Shlomo Ben-Ami