"Las maestras de Sarmiento, un puente al futuro", por Jorge Argüello

Actualizado: 20 may

Dedicar un espacio a la obra de Domingo Faustino Sarmiento, como el que inauguramos en la embajada argentina en Washington, sobre las maestras estadounidenses que él convocó para fundar la educación pública de nuestro país, implica asumir los elogios y las críticas que ha despertado desde entonces una figura histórica tan polémica.


La muestra sobre "las señoritas" en la embajada argentina en Washington


Desde ya, también supone reconocer que en cada una de esas opiniones hay una parte de verdad y que la vida y la obra de Sarmiento -como lo detallaron de mil maneras biógrafos e historiadores- son un complejo y variado compendio de luces y sombras.


Con todo, Sarmiento no deja de ser el primer hacedor de la educación pública argentina, el padre del guardapolvo blanco que seguimos reivindicando. Y ése, antes que un hecho del pasado, sigue siendo un punto de partida e inspiración.


Basados en la rigurosa investigación histórica de Laura Ramos, volcada en su libro “Las señoritas” (2021), desde la Embajada argentina en Washington proponemos recorrer las conmovedoras historias humanas detrás del fenómeno pedagógico de las maestras de Sarmiento, un antiguo puente entre dos naciones aún jóvenes, hecho de la pasión por educar al pueblo y que por eso mismo sigue transportando al futuro.


Mujeres


En aquellas épocas, las pasiones políticas condicionaban enormemente la vida de las personas -hoy le llamaríamos polarización, o simplemente, grieta- y también las tornaba azarosas. Es así que Sarmiento deja Argentina para viajar a Chile y, por encargo del gobierno trasandino, emprende en 1845 un periplo que lo lleva por Europa en busca de modelos de enseñanza pública.


Guiado por unos escritos del ya reconocido educador norteamericano Horace Mann, un continuador de la pedagogía del suizo Johann H. Pestalozzi, recala al fin en Estados Unidos. Como ha escrito David Viñas, “si a algún país se parecía la Argentina por su extensión, sus novedades, su exigua población y su urgente necesidad de inmigrantes que llenaran un presunto vacío, eran los Estados Unidos”.


Sarmiento recorrió maravillado parte del territorio estadounidense y frecuentó el círculo intelectual de Boston, un hervidero de ideas nuevas en el que la educación popular era central y mujeres independientes, reformistas y sufragistas eran protagonistas principales, incluyendo a Mary, la esposa de Mann. Apenas llegado, nuestro viajero verá brotar miles de escuelas y maestros por doquier.


Tras ese viaje revelador, Sarmiento volvería a ver a Mary Mann y a retomar sus planes recién veinte años más tarde, en 1865, en su regreso a Washington como ministro plenipotenciario y predecesor de los embajadores que lo continuamos.


Fue ella la primera gestora del sueño sarmientino de reclutar a las maestras estadounidenses (siempre ambicioso, él pretendía miles pero fueron 61, en total), a cuyos viajes a la Argentina, entre 1869 y 1898, ahora le dedicamos este espacio permanente e interactivo, presidido por sus fotografías y enriquecido con la información reunida por Ramos.


Sería necio soslayar que el destacado rol femenino en los primeros proyectos de educación pública estaba vinculado con una desigualdad de ingresos y general, asumida naturalmente en la época. El propio autor del “Facundo” había impuesto a las candidatas requisitos hoy impensables: “de aspecto atractivo, maestras normales, jóvenes pero con experiencia docente, de buena familia, conducta y morales irreprochables y, en lo posible, entusiastas y que hicieran gimnasia”.


Pero esas mujeres, oriundas de Minnesota, Nuevo México, Colorado, Michigan, Wisconsin, Missouri, Indiana, Ohio, Pennsylvania, Virginia, Maryland, Vermont, Nueva York, Massachusetts, New Hampshire y Maine, terminaron sembrando una semilla de igualdad de género en la creación y dirección de escuelas normales, de formación de docentes.


Con esa impronta, las señoritas, todas ellas capacitadas, esparcieron sus novedosos métodos de enseñanza y lo hicieron por todo el país: Salta, Tucumán, Catamarca, La Rioja, San Juan, Mendoza, Corrientes, Entre Ríos Santa Fe, La Plata y Buenos Aires, adonde llegó la primera, Mary Gorman (no resulta una anécdota, en este contexto, el matrimonio no legalizado que mantuvieron Mary Olive Morse y Margaret Collord durante medio siglo, hasta el final de sus días en Mendoza).


Aunque Sarmiento incrustaba este proyecto en el más amplio de colonizar el país con inmigrantes de naciones que consideraba más avanzadas, resultó un notable impulso vanguardista para las argentinas ya habían iniciado sus luchas de género. Nuestra educadora Juana Manso (1819-75), aliada principal del entonces presidente y de las maestras estadounidenses, vio reivindicada su dedicación a la enseñanza entre las mujeres argentinas, que incluían clases de gimnasia. Y la mismísima abuela de Jorge Luis Borges, Fanny, alojaría a varias de ellas en Paraná.


En Catamarca, la construcción de la escuela que dirigió Clara Armstrong fue financiada con aportes de padres y madres que pedían un establecimiento para mujeres y movilizó a toda la población. Era el comienzo de una revolución, educativa y de género, que hoy todavía nos explica como país.


Tolerancia


No fueron pocos los prejuicios y obstáculos que debieron sortear las maestras estadounidenses en un país con antiguas tradiciones católicas, siendo casi todas ellas protestantes, y moviéndose por las provincias en medio de violentos conflictos políticos entre unitarios y federales. Sus viajes coincidieron con la Guerra del Paraguay, el asesinato de Justo J. de Urquiza y la fiebre amarilla en Buenos Aires.


George Stearns, uno de los únicos cuatro maestros del proyecto sarmientino, tuvo que inhumar a su esposa Addie -fallecida de fiebre tifoidea- en las afueras del cementerio de Paraná, porque no aceptaba cristianos protestantes. La veló durante dos días, acompañado por una fogata y un rifle para hacer frente a los pumas.


Cuando Clara y su hermana y colega Frances llegaron a La Rioja, la Iglesia Católica local se opuso firmemente al proyecto por razones religiosas y prohibió a sus fieles enviar a sus hijos a las nuevas escuelas, pero el gobierno nacional respaldó a las maestras y destrabó la situación.


En 1884 se repitió el conflicto religioso en Córdoba y escaló hasta acabar en la histórica ruptura de relaciones diplomáticas de la Argentina con el Vaticano, en el marco de la sanción de la fundacional Ley 1420, de instrucción primaria, obligatoria, gratuita y laica (las clases de religión serían optativas, a cargo de cada culto y fuera del horario escolar).


Esos postulados ideales de tolerancia y diversidad para educar, sin embargo, dejaron traslucir fuertes claroscuros en el plano social: muchas de ellas se casaron aqu,í pero ninguna con argentinos y algunas dejaron testimonio escrito de la discriminación que hacían en sus relaciones personales.


Identidad y desarrollo


Las connotaciones políticas de este proyecto de Sarmiento, tanto las más apreciadas como las más denostadas, son innegables y estaban ancladas en su tiempo, aunque también lanzadas hacia un porvenir político, social y cultural notable.


Ya en 1849, en la introducción de su “Educación Popular”, escribía: “El poder, la riqueza y la fuerza de una nación dependen de la capacidad industrial, moral e intelectual de los individuos que la componen; y la educación pública no debe tener otro fin que el aumentar las fuerzas de producción, de acción y dirección, aumentando cada vez más el número de individuos que las posean”. En 1868, el país tenía casi dos millones de habitantes y solo 360 mil sabían leer.


Como hijo de una época de pura innovación, forjada con un concepto duro -a menudo despiadado- de progreso material, Sarmiento pensaba educar para un nuevo orden, del que debía excluirse incluso a potentes sujetos sociales de aquél país necesitado de desarrollo. “Imagínese lo que sería un centro luminoso en el interior, una colonia norteamericana, en San Juan, produciendo plata, i cereales, i educando al pueblo”, le escribió a Mary Mann. Eso también imaginaban sus socios políticos liberales y centralistas, que pretendían “crear” una población a su medida.


Pero las maestras de Sarmiento implicaban algo tan transformador que rompería ese molde estrecho, para cimentar en cambio la construcción de una nueva identidad nacional y la formación universal de sus ciudadanos, nativos e inmigrantes. Para decepción de las minorías, ello también terminaría favoreciendo el nacimiento de movimientos populares y nacionales que se propusieron perfeccionar la cohesión social y conquistar el poder por la vía democrática, y con ese ánimo sostener los valores de una educación laica, gratuita y obligatoria.


El propio Sarmiento confrontó con contemporáneos, como su antecesor Bartolomé Mitre, que imaginaban ya entonces un “efecto derrame” y que preferían postergar la educación primaria de todo el pueblo para privilegiar a las disciplinas universitarias que, en su esquema, debían conformar las elites que necesitaba el nuevo país. Miles de maestras formando miles de docentes qu/e instruirían a millones de ciudadanos, y no sólo en Buenos Aires: ésa era, en cambio, su idea política, y en el fondo también moral.


En suma, las señoritas fueron protagonistas de una experiencia histórica pero cargada de futuro, que sigue y seguirá generando futuro más allá de nuestros días.


A principios de este año, un picosatélite proyectado por estudiantes secundarios de Mar del Plata y sus docentes, y apoyado económicamente por el Estado argentino, viajó a la tierra natal de aquellas maestras y fue lanzado desde Cabo Cañaveral. Ahora mismo está dando conectividad a zonas rurales como las que esas maestras recorrieron en burro y carreta hace más de un siglo y medio.


Esos chicos son apenas una última prueba de la fortaleza del puente hacia el futuro que aquellas mujeres tendieron entre dos naciones que siguen luchando todavía hoy, en tiempos de grandes desigualdades, por asegurar el acceso universal a una herramienta imbatible de la justicia social: la educación de los pueblos.


Publicado el 19/05/2022 en Infobae Por Jorge Argüello