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"Réquiem para el Departamento de Estado"

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Actualizado: hace 3 días


Por Alec Russell, Abigail Hauslohner y Ian Hodgson


Para un diplomático estadounidense ambicioso, es un momento propicio para buscar un nuevo puesto, al menos en teoría. A finales de junio, más de la mitad de las embajadas estadounidenses estaban vacantes, incluidos cargos de gran relevancia, desde Alemania hasta Arabia Saudita. Para quienes aspiran a especializarse en asuntos africanos, existe una oportunidad particular: casi el 80% de las embajadas de EEUU en el continente carecen de embajador.


Sin embargo, dentro del Departamento de Estado, las perspectivas laborales para los diplomáticos no parecen tan halagüeñas. Desde que Donald Trump regresó a la Casa Blanca en enero de 2025, ha dejado claro su desprecio por lo que ha calificado como un "establishment de política exterior muy insensato".


Como rostro oficial y, en ocasiones, ejecutor arrogante de la postura de EEUU en el mundo, el Departamento de Estado está acostumbrado a gozar de un respeto extraordinario en el extranjero. Desde el fin de la Guerra Fría, los embajadores y enviados estadounidenses a menudo han ejercido su autoridad ante los países anfitriones con el aire de sátrapas imperiales.


Pero, transcurridos 18 meses del segundo mandato de Trump, el Departamento de Estado no solo ha sido marginado; parece estar bajo asedio.


Rompiendo con el precedente de los últimos 60 años, Trump ha dejado de lado a los funcionarios del servicio exterior que tradicionalmente dirigían al menos dos tercios de las embajadas. De los 101 nombramientos para embajadas realizados en su segundo mandato, solo nueve recayeron en diplomáticos de carrera.


Todo esto ocurre en un contexto de recortes drásticos en el departamento, cuya plantilla se ha reducido en más de 3.000 personas -más del 20%- desde que Trump asumió nuevamente el cargo.


Los funcionarios de la Administración Trump presentan esta reestructuración como una reforma necesaria -y largamente postergada- de una rama gubernamental burocrática y desconectada de la realidad. Según argumentan, el Departamento de Estado se ha vuelto un obstáculo y ha perdido de vista su propósito fundamental: contribuir a alcanzar los objetivos de seguridad nacional de EEUU.


Por su parte, los diplomáticos advierten sobre una politización burda y una purga de expertos, en el marco de una cultura de "America First" que menosprecia el conocimiento especializado sobre las distintas regiones del mundo.


Mientras tanto, los aliados tradicionales de EEUU lamentan la pérdida de la voz estabilizadora del Departamento de Estado en la diplomacia mundial cotidiana, incluso cuando los acuerdos negociados por personas relativamente inexpertas no logran arraigar.


"Estamos ante la crisis más perjudicial en los 102 años de historia del Servicio Exterior", afirma Nick Burns, quien sirvió durante 31 años en el cuerpo y fue embajador en China hasta que Trump asumió el poder en 2025.


¿Se está debilitando el poder estadounidense?


Los veteranos del Departamento de Estado están consternados. Su alarma no se debe únicamente a la pérdida de empleos y de prestigio, sino a lo que perciben como un debilitamiento de la autoridad de EEUU, provocado por la pérdida de conocimientos institucionales y el alejamiento de la diplomacia.


"La situación es bastante grave", señala Bill Burns, quien sirvió 32 años en el Servicio Exterior -incluyendo cargos como embajador en Rusia y subsecretario de Estado- antes de dirigir la CIA bajo la presidencia de Joe Biden.


Burns sostiene que las políticas de Trump están causando un daño al departamento aún mayor que el de la era de Joseph McCarthy en la década de 1950, cuando la campaña del entonces senador contra la supuesta infiltración comunista (“Terror Rojo”) provocó una pérdida de experiencia y conocimientos sobre China.


"Aquello se limitaba a un conjunto de cuestiones relativamente específicas y pasó factura a EEUU de manera significativa durante los siguientes 15 años, aproximadamente, hasta que se produjo el acercamiento histórico a China impulsado por Nixon y Kissinger", explica. "Pero esto afecta a todos los ámbitos. No se trata solo de una región o de un área de especialización concreta".


El exdirector de la CIA destaca no solo lo que describe como las "represalias" de la administración contra el departamento y los funcionarios de carrera, sino también -y esto es "quizás aún peor"- el "menosprecio hacia la diplomacia profesional".


Trump ha recurrido a personas de su confianza para negociar acuerdos como el memorando de entendimiento con Irán, que prácticamente se deshizo mientras ambos países intercambian ataques. Muchos críticos del presidente atribuyen la fragilidad de dicho acuerdo -y unas condiciones que, según algunos, favorecían a Teherán- a la decisión de Trump de prescindir de los expertos.


"Se necesita ese tipo de experiencia técnica y no partidaria para poder competir con -en este caso- los negociadores iraníes, quienes, como sé por experiencia propia, dominan a fondo los temas", añade Burns, quien participó personalmente en varias negociaciones con Irán. "Lo mismo se aplica si alguna vez llegamos a una fase de negociación seria sobre Rusia y Ucrania".


Yael Lempert, con 27 años de trayectoria en el Departamento y  destituida como embajadora en Jordania el primer día del segundo mandato de Trump, se expresa con mayor franqueza. "Nos superaron", afirma. "Los iraníes son negociadores experimentados y acudieron con equipos de expertos que conocían estos asuntos a la perfección. EEUU no lo hizo y, por tanto, nos colocó unilateralmente en desventaja".


Tommy Pigott, portavoz del Departamento de Estado, sostiene que las críticas de exfuncionarios de la administración anterior "menospreciaban injustamente" tanto a los funcionarios de carrera como a los cargos políticos. Asimismo, rechaza la idea de que las decisiones importantes se tomen sin aportaciones "significativas" de profesionales experimentados.


"Los funcionarios de carrera y los cargos políticos de todo el Departamento, junto con nuestras embajadas y socios interinstitucionales, trabajan codo con codo", asegura.


“Reflexivo y deliberado”


En consonancia con la batalla más amplia de la Administración Trump contra lo que denomina el "Estado profundo", (Deep State) los funcionarios presentan los recortes en el Departamento como planes "reflexivos y deliberados" para reorientarlo hacia la agenda "America First. Según un portavoz, estos cambios permitirán al organismo avanzar "al ritmo que exige la relevancia actual".


"¿Cuál es la función del Departamento de Estado?", pregunta un alto funcionario de la Administración Trump. "Le gusta creer que es el centro de la política exterior. Eso no es cierto. Su labor consiste en representar la política exterior del presidente, no en definirla".


Cuando Marco Rubio fue nombrado secretario de Estado al inicio del segundo mandato de Trump, llegó al Departamento -según relata- y dijo: "Esto no funciona".


Fuentes internas del Departamento reconocen que necesitaba replantearse su funcionamiento. Un veterano afirma que, en los últimos años, no se había hecho lo suficiente para corregir deficiencias como la duplicidad de funciones. Otro señala que la organización a veces adoptaba una actitud pasivo-agresiva ante las directrices de sus superiores políticos.


Sin embargo, los diplomáticos temen que las reformas sean un pretexto para una degradación generalizada de la institución. También, que el ritmo de los cambios -como demostró el repentino cierre el año pasado de la USAID, la agencia de desarrollo fundada por John F. Kennedy- tenga a veces consecuencias desastrosas.


"Tiene sentido el argumento de que el Departamento de Estado llevaba mucho tiempo necesitando una consolidación y modernización", afirma Jacob Shapiro, titular de la cátedra John Foster Dulles de Asuntos Internacionales en la Universidad de Princeton. No obstante, añade: "Da la impresión de que se hizo muy deprisa, sin analizar a fondo las repercusiones para la diplomacia estadounidense".


Los partidarios de la administración citan el inicio de la Guerra Fría, hace unas ocho décadas, como la última vez que el Departamento se enfrentó a cambios tan drásticos. Lo que está claro es que el origen de esta reestructuración se remonta a los primeros cuatro años de mandato de Trump, cuando este se enfurecía ante la reticencia del Departamento a acatar sus órdenes.


James Carafano, del centro de estudios conservador Heritage Foundation, sostiene que Mike Pompeo -secretario de Estado en la segunda mitad del primer mandato de Trump- siguió el modelo de la mayoría de sus predecesores, ya fueran demócratas o republicanos: "Yo hago lo mío y dejo que el Departamento haga lo suyo".


Y añade: "Pompeo hacía lo que el presidente quería, pero no interfería en los asuntos internos del Departamento. Su modelo consistía en mantener contentos tanto al presidente como a la institución. En su segundo mandato, Trump buscaba una mayor alineación con su visión. Se trata de ejercer el poder de arriba abajo y de contar con el Departamento de Estado que él desea".


Trump ha dejado clara su jerarquía en política exterior para este segundo mandato mediante la elección de mediadores para crisis mundiales: amigos del mundo empresarial y donantes, como Steve Witkoff y Tom Barrack, así como personas con vínculos estrechos con la familia Trump, como su yerno, Jared Kushner.


Durante generaciones, los presidentes han nombrado a personas de su círculo íntimo como enviados especiales, y a aliados y donantes para ocupar las embajadas más prestigiosas, como las de Londres y París; algunos de ellos han sido elogiados por su eficacia diplomática.


Sin embargo, en el pasado, los presidentes habían logrado equilibrar este tipo de nombramientos políticos con el despliegue de diplomáticos experimentados. Según Nick Burns, la razón de ser del servicio exterior cuando se creó en mayo de 1924 era sustituir "el sistema de clientelismo y reparto de cargos" del siglo XIX por una auténtica competencia profesional. El retorno a este tipo de enfoque, sostiene, debilita la capacidad de EEUU para comprender el mundo y desenvolverse en él.


"Muchos de nuestros diplomáticos más experimentados han sido despedidos sumariamente -añade-. Ahora no hay diplomáticos de carrera en las salas donde se toman las decisiones... Es un gol en contra".


La administración desestima gran parte de las críticas considerándolas desconectadas de la realidad del mundo moderno. Argumentan que los informes enviados a Washington sobre el ambiente político y la política local son menos útiles que en décadas anteriores; y que, en la era de las redes sociales, los ciclos de noticias continuos y la comunicación directa entre líderes, las observaciones sobre el terreno de una embajada estadounidense resultan menos necesarias.


Pigott, el portavoz, destaca la respuesta a los terremotos en Venezuela y al huracán “Melissa”, así como la labor realizada en Irak, Haití y Sudamérica, como ámbitos en los que los funcionarios de carrera del servicio exterior desempeñan un papel "fundamental" a la hora de informar y aplicar la política.


"La función de una embajada es actuar como centro logístico", añade el alto funcionario de la administración.


En este contexto, los diplomáticos estadounidenses son ignorados habitualmente, y no solo por la administración. "Los funcionarios de carrera con los que hablo se pasan el tiempo leyendo el periódico en sus escritorios o dando vueltas en círculos redactando informes que no llevan a ninguna parte", comenta un antiguo diplomático estadounidense de alto rango.


Los diplomáticos que representan a los aliados de EEUU -desde Europa y Medio Oriente hasta el Asia Oriental- reconocen haber desplazado su atención: han dejado de cultivar a sus interlocutores tradicionales en el Departamento de Estado para centrarse en el círculo íntimo de Trump y en sus enviados especiales.


Este cambio no se debe únicamente a dónde reside la influencia, sino también a que los diplomáticos estadounidenses a menudo no tienen mucha más información sobre la política exterior de Trump que sus homólogos extranjeros. Además, pueden caer en la autocensura.


Aunque los diplomáticos de carrera siguen reuniéndose con funcionarios extranjeros, se muestran "muy cautelosos" con lo que dicen, señala el antiguo diplomático estadounidense. "En gran medida, los jefes de misión adjuntos y los embajadores no están elaborando informes sustanciales; tienen mucho cuidado con lo que envían a Washington". 


Rubio, quien ejerce tanto de asesor de seguridad nacional de Trump como de secretario de Estado, pasa mucho más tiempo en la Casa Blanca -donde, según los funcionarios, se toman las decisiones- que en la sede del departamento en Foggy Bottom. Esta situación refuerza la impresión, tanto dentro como fuera del departamento, de que la institución está bajo asedio, si no acorralada.


El desmantelamiento del departamento recuerda a un asedio medieval, comenta el ex diplomático de alto rango: "Primero lanzan balas de cañón contra la ciudad... y luego siembran sal en los campos".       


Cambio cultural


Si hay algo en lo que coinciden tanto los diplomáticos veteranos como los activistas del movimiento MAGA, es que el Departamento de Estado está atravesando un cambio cultural profundo.


El equipo de Trump ha actuado con rapidez para imponer su visión de “America First” en un departamento que perciben como liberal, hostil y propenso a filtrar información a la prensa. Se respira un ambiente tanto de revancha como de revolución.


"Había mucha gente que creía que ellos eran quienes definían las políticas y se limitaban a discutir y disentir", afirma un alto funcionario de la administración. "Resultaba muy difícil sacar adelante las cosas. Al final, lo que recibías era un memorando lleno de ambigüedades y evasivas".


Los funcionarios de carrera del servicio exterior responden que tradicionalmente se consideraban servidores públicos apartidarios, y advierten sobre un clima de miedo en el que la gente vive "mirando por encima del hombro", preocupada por estar siendo sometida a pruebas de lealtad hacia la cosmovisión MAGA.


Nick Burns cuestiona la afirmación de los aliados de Trump de que el departamento se había convertido prácticamente en una cámara de eco liberal.


"Durante mis décadas en el Departamento de Estado, intentamos crear un entorno en el que la gente pudiera alzar la voz... y debatir cuando consideraba que una política era errónea", comenta. "Nuestro argumento era que, si se crea ese ambiente, una vez tomada la decisión, uno acata las órdenes y sigue adelante".


Bill Burns destaca un nuevo enfoque en el Departamento de Estado centrado en la "fidelidad". Equipara esto con una prueba para determinar "cuáles podrían ser las inclinaciones políticas de las personas... desde el proceso de ingreso hasta las etapas de ascenso y evaluación".


"Me parece algo profundamente nocivo", añade. "A pesar de sus defectos, según mi experiencia en el Departamento de Estado, la gente suele dejar sus opiniones políticas fuera al entrar a trabajar.


"Si empiezas a erradicar eso en las personas, terminas imitando a muchos sistemas autoritarios que intimidan a los funcionarios de carrera y acaban tomando malas decisiones". Durante el siglo XX y la primera década del XXI, las transiciones entre secretarios de Estado republicanos y demócratas solían ser fluidas, en gran medida porque los partidos compartían habitualmente un mismo terreno de centro respecto al papel de EEUU en el mundo.


Sin embargo, la toma del control del Partido Republicano por parte de su ala partidaria de la doctrina "America First" ha cambiado todo eso.


El foco de las disputas internas en torno a este cambio es la Ben Franklin Fellowship (BFF), una organización integrada por funcionarios actuales y retirados del servicio exterior de ideología conservadora, fundada hace dos años con el objetivo declarado de promover ideas, personal y nuevos reclutas conservadores.


Matt Boyse, uno de los tres fundadores, ingresó en el Departamento de Estado en la década de 1980, durante la presidencia de Ronald Reagan.


Según afirma, en las últimas tres décadas la institución "se fue desplazando cada vez más hacia la izquierda. El proceso comenzó bajo el mandato de [Bill] Clinton y se aceleró drásticamente con Biden". Como ejemplos de sesgo progresista, señala el énfasis creciente -durante las administraciones de Barack Obama y Biden- en nombramientos basados ​​en criterios de diversidad, equidad e inclusión, así como el aumento de los programas de la USAID, los cuales, a su juicio, "no promovían el interés nacional".


"En el departamento ocurrían muchas cosas positivas, pero el ambiente y las políticas se inclinaban hacia la izquierda", añade. "Si eres progresista, no lo percibes o lo consideras algo perfectamente normal. Además, creen que las reformas solo requieren más dinero, más empleados, más programas... Pero si formas parte de ese 50 % de EEUU que no es progresista ni liberal, piensas: "Un momento, esto va en la dirección equivocada"".


Boyse insiste en que la BFF es una red conservadora amplia e integradora, y no una organización exclusivamente partidaria del movimiento MAGA. 


"Hay una mezcla de personas: desde seguidores de Reagan y libertarios hasta partidarios de Trump y su doctrina "America First", pasando por quienes simpatizaban con John McCain", comenta, refiriéndose al intervencionista y excandidato presidencial republicano. "Su denominador común es que no son progresistas". Muchos miembros han perdido sus empleos durante los recortes, agrega.


Sin embargo, los diplomáticos de carrera hablan con nerviosismo de la BFF como el núcleo de una nueva cultura en el departamento que vigila las posturas políticas del personal. Según un ex diplomático estadounidense de alto rango, a algunos embajadores se les está pidiendo su opinión sobre el asalto al Capitolio del 6 de enero de 2021 por parte de partidarios de Trump.


"Existe una clara sensación de que hay comisarios políticos rondando", afirma Lempert, exembajador en Jordania durante la Administración Biden. "Hay un factor de miedo sin precedentes: la gente teme que, si expresan críticas o plantean enfoques políticos alternativos, esto pueda percibirse como deslealtad y les cueste el puesto".


Boyse no se muestra muy comprensivo ante las quejas de los diplomáticos sobre un clima político hostil. "Algunos funcionarios del servicio exterior defienden su legado, mientras que otros denuncian discriminación sin fundamento", asegura.


"Resulta un tanto irónico que personas que han ocupado la cima durante décadas sugieran de repente que son víctimas de discriminación. La BFF apoya firmemente a la administración en su intento de devolver el rumbo del Estado a donde corresponde".


Sin vuelta atrás


¿Hasta qué punto deberían los detractores de Trump intentar que el Departamento de Estado recupere su antigua forma? Esta es una de las grandes incógnitas a las que se enfrentarán los demócratas si recuperan la presidencia en 2028.


Algunos expertos en política exterior afines al partido reconocen que, en la EEUU actual, sería políticamente inaceptable abogar por un retorno al papel de potencia hegemónica mundial que el país desempeñaba antes de la era Trump.


Sostienen que el desafío reside en reinventar la diplomacia estadounidense. Por ejemplo, señalan que, dado que la retirada parcial de EEUU de la escena mundial parece irreversible, resulta más difícil justificar el coste de mantener toda la red de embajadas, incluso en un momento en que China se esfuerza por ganarse el favor del Sur Global.


De hecho, un estratega argumenta que una administración demócrata debería aprovechar las reformas de Trump -impulsadas por motivos "muy cuestionables"- para replantear el departamento y adaptarlo a las necesidades de un mundo en el que los líderes se comunican habitualmente por WhatsApp.


Los diplomáticos veteranos coinciden en que se ha llegado a un punto de inflexión. Bill Burns, exdirector de la CIA, sugiere que es posible que el antiguo Departamento de Estado no vuelva jamás.


"Mientras que durante el primer mandato de Trump se partía de la premisa de que, con una administración y un enfoque distintos, en un ciclo de cuatro años se podría recuperar y reparar gran parte del daño, esta vez nos enfrentamos a un desafío de carácter generacional", afirma.


Es más -añade-, sería un error intentar resucitar el antiguo modelo. "El error fundamental que, a mi juicio, se podría cometer si hubiera una administración diferente a principios de 2029 es pensar que todo se reduce a volver a la situación anterior".


Texto original aquí


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