Somalilandia: historia, secesión y geopolítica en el Cuerno de África
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Somalía y Somalilandia probablemente formaron parte de la legendaria Tierra de Punt, identificada por los antiguos egipcios como una región de riqueza y comercio. Entre los siglos VII y XII d. C., las ciudades del golfo de Adén actuaron como puertos clave de una vasta red comercial en un territorio que el mundo árabe-islámico denominaba Bilad al-Barbar (“país de los bárbaros”), exportando gomas, resinas, plumas de avestruz y esclavos. La islamización comenzó tempranamente, en el siglo VII, y se consolidó en los siglos posteriores, en convivencia conflictiva con los reinos cristianos etíopes del interior.
A fines del siglo XIX, el reparto colonial europeo fragmentó el territorio somalí: Francia se estableció en el actual Yibuti; Gran Bretaña creó un protectorado en la costa norte; e Italia dominó el resto del país. En 1936, Italia integró estas posesiones con Etiopía en el África Oriental Italiana. Tras la Segunda Guerra Mundial, el Reino Unido asumió el control del territorio y, en 1960, la Somalilandia británica y la italiana se unieron para formar la República de Somalía. La Somalilandia francesa se independizó en 1977 como la República de Yibuti.
La Guerra del Ogadén (1977-1978), librada bajo la dictadura de Mohamed Siad Barre contra Etiopía, marcó un punto de inflexión en la historia reciente de Somalía. La derrota frente a una Etiopía respaldada por la Unión Soviética y Cuba debilitó estructuralmente al Estado somalí y desencadenó un desplazamiento masivo de población, en particular de miembros del clan Darod, históricamente influyente y al que pertenecía el propio Barre. Muchos de estos desplazados se asentaron en el norte del país, una región dominada por el clan Isaaq, base social de Somalilandia. La competencia por recursos y poder derivó en una represión extrema, en la conformación del Movimiento Nacional Somalí (MNS) —expresión política del clan Isaaq— y en una campaña de violencia masiva del régimen conocida como el Genocidio Isaaq, todo ello en el contexto de una guerra civil prolongada.
Tras la caída de Barre en 1991 y el colapso del Estado somalí, el MNS consolidó su control sobre la antigua Somalilandia británica y declaró inválida la unión de 1960, proclamando la República de Somalilandia. A diferencia del sur, la región logró construir un orden político relativamente estable, con instituciones propias, moneda, bandera y fuerzas de seguridad. Un referéndum en 2001 ratificó ampliamente la opción independentista y, desde entonces, Somalilandia rechazó participar en procesos de reunificación.
Durante más de tres décadas, Somalilandia permaneció al margen del sistema formal de reconocimiento internacional. Esa situación conoció una novedad en diciembre de 2025, cuando Israel se convirtió en el primer -y único- Estado miembro de la Organización de las Naciones Unidas en reconocer oficialmente a Somalilandia y establecer relaciones diplomáticas, en un movimiento impulsado por cálculos estratégicos vinculados al Mar Rojo, la seguridad marítima y la competencia entre potencias.
El gobierno de Somalía calificó el gesto de “ilegal” y reafirmó su soberanía sobre el territorio, mientras el resto de la comunidad internacional se abstuvo de seguir el camino israelí por temor a sentar precedentes secesionistas.
El reconocimiento debe leerse en un marco geopolítico más amplio. Somalilandia se sitúa frente a Yemen, en el golfo de Adén, uno de los principales cuellos de botella del comercio mundial. La región concentra bases militares de Estados Unidos, China y países europeos en Yibuti, mientras Rusia busca ampliar su presencia naval en el mar Rojo y el océano Índico. La Unión Europea combina misiones navales y cooperación regional sin romper el consenso formal de no reconocimiento. Las acciones de Israel y Somalilandia generaron además la condena de actores regionales como Egipto y, especialmente, Turquía, con fuertes intereses políticos y militares en Somalía.
En este contexto, Somalilandia emerge como un actor regional y geopolítico de facto. Su estabilidad relativa contrasta con la fragilidad somalí y la vuelve atractiva para potencias interesadas en seguridad marítima y control de rutas estratégicas.
En última instancia, Somalilandia ilustra un orden internacional en transición, cada vez menos regido por reglas universales y más por reconocimientos selectivos ligados a intereses estratégicos. La condición de Estado deja así de ser una categoría jurídica estable para convertirse en un atributo disputado, donde las esferas de influencia reaparecen bajo nuevas formas, menos explícitas pero igualmente decisivas.
Somalilandia no sólo interpela el principio de integridad territorial defendido por la Unión Africana y la mayoría de la comunidad internacional, sino que también ilustra un orden internacional en transición, en el que la estabilidad ya no proviene del consenso normativo, sino del equilibrio precario entre potencias que delimitan espacios de control, tolerancia o excepción. En ese mundo de interdependencia hostil, el reconocimiento deja de ser un acto jurídico neutral y se convierte en una herramienta geopolítica, utilizada para afirmar posiciones, contener adversarios y proyectar poder.
Somalilandia se inscribe así en una cartografía global cada vez más marcada por zonas grises, donde el orden no desaparece, pero se redefine a partir de la disputa.
