UNA NUEVA ETAPA POSIBLE EN EL GOLFO PÉRSICO

En múltiples niveles, el Golfo Pérsico está moviéndose de los equilibrios que lo caracterizaron durante los últimos 40 años. En 2021, en los países de la región sobresaldrán los reacomodamientos diplomáticos y los desafíos económicos, todos ellos condicionados por la pandemia.


El Consejo de Cooperación para los Estados Árabes del Golfo (CCG) se constituyó en mayo de 1981, en plena guerra entre Irak e Irán y dos años después de la revolución islámica en Irán, que hizo temblar al Medio Oriente y al mundo entero. En aquel momento los Estados árabes del Golfo, liderados por suníes, pero con considerables minorías chiíes, decidieron institucionalizar sus relaciones internacionales para aumentar la coordinación regional y favorecer su seguridad y desarrollo.


Los seis países que lo componen son Arabia Saudita, Emiratos Árabes Unidos, Omán, Kuwait, Baréin y Catar. En su mayoría desérticos, tienen una población combinada de unos 56 millones de habitantes, pero de los cuales una altísima tasa son expatriados de terceras naciones (casi la mitad).


Este vecindario también es particular porque perviven en él fuertes monarquías, asociadas profundamente con los respectivos nacionalismos poscoloniales de hace menos de cien años. De hecho, solo Kuwait y Baréin tienen parlamentos elegidos con poderes legislativos.


Los Estados del CCG esquivaron en gran medida las protestas prodemocráticas desatadas por la Primavera Árabe de 2011. Solo Baréin tuvo réplicas en sincronía con los países del Magreb, aunque las autoridades neutralizaron al movimiento que exigía una monarquía constitucional y un primer ministro elegido democráticamente.


En sus cuatro décadas de historia, el CCG ha intentado profundizar los vínculos económicos entre sus miembros aprobando un mercado común, una unión aduanera, una moneda compartida y un banco central, pero varias de esas decisiones no se han puesto en práctica luego. En contraste con sus rígidos regímenes políticos, en el Golfo se permite la libre circulación de ciudadanos y capitales.


A finales de febrero pasado, Arabia Saudita, Kuwait, Baréin y Omán anunciaron sus primeros casos de coronavirus, ciudadanos que habían regresado de peregrinaciones a Irán. En una región acostumbrada a operar en estado de alerta máxima, los responsables políticos respondieron rápidamente a la creciente propagación de la pandemia cerrando vuelos, ordenando el cierre de las fronteras terrestres y promulgando amplios paquetes de estímulo económico.


Más allá de la pandemia, en los últimos meses se han verificado una serie de movimientos diplomáticos y económicos que acercaron a la región a una nueva etapa. La retirada relativa de Estados Unidos, la avanzada diplomática israelí, los cambios políticos en Irán y la crisis humanitaria en Yemen reconfiguran un tablero que, siempre complejo, está cada vez más caracterizado por los intereses estratégicos que por maniqueos clivajes religiosos.



LA DIPLOMACIA, REORIENTADA


A mediados de 2017 se produjo una crisis política en la región del Golfo Pérsico que llevó a Baréin, Arabia Saudita, Emiratos Árabes Unidos y Egipto a imponer un bloqueo aéreo, terrestre y marítimo contra Catar durante tres años y medio. En aquel entonces, los vecinos acusaron a Doha de vínculos inadminisbles con Teherán, calificados de “terrorismo” por los gobiernos que luego impusieron el bloqueo.


Este capítulo divisivo en las relaciones regionales del Golfo parece estar llegando a su fin. Un avance diplomático a principios de 2021 condujo a la firma de una declaración durante la esperada cumbre del CCG en la ciudad saudí de Al-Ula, a través de la cual se restablecieron las relaciones entre los Estados del Golfo y quedó levantado el bloqueo.


Contra lo que se esperaba en un principio, la disputa implicó costos para grandes y pequeñas empresas, así como un desgaste político y social, pero para los países que ejercían el bloqueo. Si bien este tuvo un importante impacto negativo en la economía de Catar el primer semestre, supo reacomodar sus esquemas de provisión y comercio con suma habilidad para sustituir lo que había sido vedado.


No ayudó a los países el lento crecimiento derivado de la caída de los precios del petróleo en 2020. El comercio y la inversión intrarregionales se resintieron, y los viajes y el gasto también se vieron afectados negativamente por los efectos de la pandemia. Así, la mayoría tuvo que ceder.


En cierta medida, fueron más importantes los reacomodamientos indirectos a causa del bloqueo y la crisis diplomática que esos cortes en sí mismos. La disputa configuró una pequeña rivalidad temporal en el Golfo, por la cual ambas partes exportaron su animosidad a escenarios de conflicto en terceros países.


Así, ambos bandos se vieron apoyando a facciones rivales en Libia (Abu Dhabi, El Cairo y Riad apoyaron al militar Haftar mientras que Doha al gobierno de Trípoli), Sudán (donde las monarquías petroleras terminaron de soltar la mano a Omar al-Bashir después de tres décadas de apoyo) y Somalia (mientras que los emiratíes y saudíes buscaron monopolizar los puestos de Somalilandia, los cataríes hicieron lo suyo con Mogadiscio). En consecuencia, la reciente reconciliación implica que los países del CCG deben acordar también cómo gestionar su rol en esos otros territorios.


Luego, Yemen fue (y merecerá) un capítulo aparte. Más allá de las acusaciones de apoyo de Catar a los rebeldes hutíes, la situación es tan inestable una década después de la Revolución de 2011 que será necesario que todas las partes contribuyan, por fin, a una salida definitiva a la pesadilla humanitaria. Según Naciones Unidas, la hambruna y la desnutrición son las responsables de la mayor parte de las 233 mil muertes del conflicto civil.


En este punto el rol de Estados Unidos puede ser determinante. A menos de un mes de asumir, el presidente Biden anunció el fin del apoyo estadounidense a las operaciones ofensivas en Yemen. La decisión pone fin a casi seis años de apoyo logístico, de inteligencia y material de Washington a la campaña de la coalición liderada por Arabia Saudita en territorio yemení.


Es posible que la nueva administración estadounidense ensaye intervenciones intermitentes en las relaciones regionales del Golfo. Este mes se cumplen 30 años de la finalización de la operación Tormenta del Desierto, en la que una amplia coalición internacional con el aval de Naciones Unidas y liderada por Estados Unidos intervinieron en el conflicto Irak - Kuwait. Si aquel evento consagraba la unipolaridad de Washington en las últimas horas de la Guerra Fría, hoy el escenario de transición hegemónica con China lleva a los norteamericanos a priorizar la estabilidad al menor costo posible que permita su retirada selectiva de Medio Oriente.


Por último, en el mediano plazo el CCG seguramente deba procesar internamente varios movimientos que sus miembros han dado en solitario en estos cuatro años de desunión. Primero, discutir las implicancias de los Acuerdos de Abraham, que acercaron a emiratíes y bareiníes con Israel a niveles históricos. Segundo, fijar postura frente a los casos de Siria e Irán, en particular luego de que Emiratos Árabes Unidos haya ensayado acercamientos recientemente. Tercero, asegurar el mayor éxito posible de la Copa Mundial de la FIFA de 2022 en Catar, desde terminar los preparativos hasta garantizar la seguridad y maximizar la venta de entradas y visitantes.



LA ECONOMÍA, EN CUENTA REGRESIVA


Los seis países del CCG producen actualmente una quinta parte del suministro mundial de crudo. El subsuelo reverbera con el mismo peso que en 1973: ese pequeño grupo de monarquías suníes conservadoras que poseen un tercio de las reservas mundiales de petróleo.


Sin embargo, a pesar de los proyectos de diversificación, las economías del CCG siguen dependiendo en gran medida de esos ingresos del petróleo, que representan entre el 70% y el 90% de los ingresos públicos totales según el país que se analice. Esa dependencia histórica se torna cada vez más acuciante con un horizonte de transición mundial hacia las energías renovables que sigue acercándose.


La desaceleración económica mundial inducida por la pandemia hizo que los precios del crudo Brent bajaran de 64 dólares por barril a principios de 2020 a un mínimo de 23 dólares en abril de ese mismo año. Una expectativa de precio promedio por debajo de los 50 dólares por barril hasta 2022 puede ser ingrediente indispensable para el rebote económico mundial post COVID-19, pero para las monarquías del Golfo Pérsico es una presión que plantea un antes y un después.


Por supuesto que estos países saben hace décadas que su “oro negro” tiene un límite, determinado o bien por la demanda o por la finitud de sus yacimientos. Baréin y Omán son los que se encuentran en una situación más precaria en este segundo criterio, ya que se espera que las reservas se agoten en 10 y 25 años respectivamente.


Los nuevos cálculos del Banco Mundial y el Fondo Monetario Internacional vaticinan que para 2040 la demanda mundial de crudo habrá caído significativamente, y esa fecha puede seguir adelantándose a causa de la “transición verde” impulsada por la Unión Europea o las economías más grandes del Asia Pacífico, China incluida. En vistas de ello, los países del CCG ya están aprovechando 2 billones de dólares en activos financieros acumulados durante décadas e invertidos en fondos soberanos (SWF) para las generaciones futuras.


Esta dependencia monoproductora tiene un correlato en el tejido productivo general de estos países. La actividad del sector privado en el CCG sigue dependiendo en gran medida de los proyectos financiados por los círculos reales y de un consumo que, en última instancia, sólo se mantiene gracias a los bajos precios que los subsidios estatales garantizan.


No obstante, es innegable que los seis gobiernos han invertido su riqueza de hidrocarburos en mejorar la vida de sus ciudadanos, desarrollar sus infraestructuras y prepararse para un futuro sin petróleo. Las ciudades modernas y las infraestructuras para darles amplios servicios, prácticamente inexistentes veinte años atrás, son una base sólida para el futuro desarrollo económico. No es casual que todos los países del CCG tengan un Índice de Desarrollo Humano (IDH) superior a 0,8, por encima de sus vecinos del Norte de África y Cercano Oriente y a la par de algunos países de la Unión Europea (UE).


Hacia adelante, esas bases son necesarias pero insuficientes. Los países del Golfo producen bienes y servicios dentro de sus fronteras que abastecen parcialmente el consumo interno, pero la ecuación poblacional indica que pronto no podrán satisfacer las enormes cantidades de bienes y servicios importados, o al menos a costa de déficit presupuestarios todavía mayores (9,2% en 2020).


Del lado de la oferta, la debilidad del ecosistema empresarial es una de las razones de la escasa afluencia de inversión extranjera directa. Es muy difícil para las empresas que no están conectadas con personas con información privilegiada entrar y competir en el mercado del Golfo, sumado a que los cambios legales suelen producirse de forma ad hoc y con poco aviso.


Quizás la llave esté en las nuevas generaciones. Los gobiernos del CCG han introducido reformas educativas destinadas a adaptar mejor las competencias de los graduados a las necesidades del mercado internacional y a aumentar el emprendedurismo para ensanchar el sector privado. Programas estatales auspiciados por la Organización Internacional del Trabajo (OIT) o la organización no gubernamental INJAZ Al-Arab, apuntan a jóvenes aspirantes a empresarios, aunque la enorme mayoría de ellos sean todavía hombres.


Publicado el 18/02/2021.

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