Europa como objetivo



En el año 68 a.C. el corazón de Roma fue sacudido por un asalto inesperado. Piratas procedentes de regiones enemigas saquearon, en las puertas de la ciudad de Roma, el puerto de Ostia, incendiaron los barcos allí fondeados y secuestraron a dos pretores, Sextilio y Belinio. Cundió el pánico en la población y ese miedo sirvió de trampolín para la consagración política de un nuevo líder: Pompeyo. También condujo a una regresión de las libertades que algunos historiadores hoy asocian al comienzo del declive de la república romana.

Muchos siglos después el corazón de la Unión Europea fue agitado por un ataque terrorista. Objetivo elegido: Bruselas. No la capital de Bélgica (nación conocida por la excelencia de sus chocolates, no por la beligerancia de su política exterior) sino la capital de Europa. La sede de la Comisión Europea y del Parlamento Europeo. Mientras nos asaltan preguntas y nos faltan respuestas, hay por lo menos una certeza: los últimos objetivo de los terroristas no fueron París ni Francia, no fueron Bruselas ni Bélgica, fue Europa. ¿Por qué Europa? Porque Europa y la civilización occidental constituyen la antítesis del agresor.

En la Unión Europea sólo cohabitan democracias. Al frente de los gobiernos no hay soberanos divinos ni castas eternas, hay políticos electos que revalidan periódicamente sus títulos. En la Unión Europea la igualdad de género es un derecho consagrado. Sin ir mas lejos, su economía más poderosa esta encabezada por una mujer. En la Unión Europea no se aplica la pena de muerte y ninguna oración está prohibida. En la mayoría de sus foros pensar críticamente es, más que aceptado, incentivado. La Unión Europea se enorgullece de ser heredera del humanismo renacentista, de la revolución francesa y del liberalismo anglosajón, sin renegar ninguna de las páginas negras de su historia. El pasado, incluso el de mal recuerdo, es conservado y revisado, nunca destruido. Principal crítica de sí misma, consciente de sus imperfecciones, la Unión Europea no aspira a subyugar el resto del mundo a su matriz cultural. Y esa es, junto con la disponibilidad para dialogar con sus rivales, su mayor baluarte moral.

Si el objetivo del terrorismo es Europa, la respuesta tiene que ser europea. Un silogismo que muchos Jefes de Estado, especulando con que el bajo perfil de su protagonismo internacional los mantendrá fuera del radar terrorista, se resisten a entender. Condenar el terrorismo por la mañana para volver a la rutina diaria por la tarde lleva a subestimar las ramificaciones de la amenaza que enfrenta la Unión Europea.

No existen soluciones obvias o inmediatas para el actual déficit de seguridad en el Viejo Continente. Sin embargo, existe un principio fundamental que debe estar muy presente en la lucha contra el terrorismo: cualquier restricción de la libertad beneficia el agresor. La paz y la prosperidad europea dependen, tal como sucedía en el Roma, de la libre circulación de bienes y de personas. Limitar esas libertades con la esperanza de frenar a terroristas con pasaporte europeo resultará en un error histórico. De igual modo, el cierre de las fronteras y la construcción de muros para los requirentes de asilo como si fueran caballos de Troya, no añade nada a la lucha contra el terrorismo. Pero golpea y lastima la coherencia de una Unión Europea fundada bajo los auspicios de Adenauer, Monnet y Spinelli.

Por esa razón, en París y en Bruselas, en un gesto revelador de una enorme madurez política, los ciudadanos europeos ocuparon masiva y espontáneamente las calles después de los ataques.

Para decepción del populismo xenófobo, el miedo no suplantó la memoria.

Por eso es posible que Europa siga siendo Europa.


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