El próximo debate ya empezó



1. La más reciente crisis griega, que puso sobre la mesa una seria confrontación de ideas sobre qué hacer con la zona del euro, puede haber sido el catalizador para un debate que se debería hacer sobre el futuro político e institucional del proyecto europeo. Todavía estamos en la fase preliminar de este debate.

Francia ha dado un paso adelante, todavía muy nubloso, sobre la Europa que quiere. François Hollande se comprometió a presentar una propuesta global en septiembre. El presidente francés quiere hacer de Europa su principal campo de batalla para su recandidatura. Lo que cabe destacar en las ideas de Hollande es su continuidad en relación a un pasado lejano y a una Europa que ya no existe. La historia no retrocede. El Muro de Berlín cayó, la unificación alemana existe desde hace 25 años y la Gran Europa a la escala del continente también. En esta zona gris donde todavía nos encontramos también tenemos al Reino Unido, que juega su destino en un referéndum que David Cameron admite anticipar para 2016, forzando la discusión en París y Berlín sobre la revisión de los tratados (que Merkel y Hollande no quieren). El primer ministro británico no ablandará la presión. Otros países europeos, dentro o fuera de la zona del euro, también están haciendo sus cálculos, para asegurar un asiento en un debate que no quieren a tres.

2. El caso más interesante es, por supuesto, Francia. Hollande intentó crear una buena relación con la canciller alemana, preservando la imagen de un liderazgo conjunto. Ahora, después de la crisis griega y de sus esfuerzos para convencer Merkel a no aceptar un Grexit, ha decidido abandonar algunas ideas sobre la forma como ve Europa en el futuro. El problema es que algunas de esas ideas ya vienen del pasado.

Es suficiente que retroceda al 2000, año en que se aprobó el Tratado de Niza, en plena confrontación entre Berlín y París (Gerhard Schroeder y Jacques Chirac), para encontrar la vieja raíz de la visión francesa. Fue en mayo de ese mismo año, que el entonces jefe de la diplomacia alemana, Joschka Fischer, defendió en la Universidad Humboldt de Berlín su visión de la Europa del futuro o, como él mismo dijo, la “finalidad europea”. El euro estaba dando sus primeros pasos y la ampliación se hizo inevitable. El título elegido ya mucho decía: “De la Confederación a la Federación.” Para Fischer, Europa debería avanzar hacia una mayor integración política con las instituciones que corresponden a un Estado federal capaz de respetar las naciones europeas, muy arraigadas en la historia, que designó como Federación de Estados-nación. Jacques Chirac, a la fecha presidente de Francia, reaccionó de acuerdo con la tradición francesa. Apoyó la idea de un núcleo central que calificó de “vanguardia” (Hollande retoma la palabra, Fischer la clasificó de “centro de gravedad”, ya que cualquier país podría unirse más adelante), formado fuera de la Unión Europea, rechazando la Comisión (que Fischer querría que fuese el gobierno europeo), sustituyéndola por una especie de “secretariado” de carácter más técnico que político. Su objetivo era devolver a los gobiernos un papel central en ese nuevo nivel de integración y crear las condiciones para evitar la aceptación formal de un “desequilibrio de poder” en el marco de la Unión Europea, que ya era evidente entre la Alemania unida y Francia. En el Consejo Europeo de Niza, meses más tarde, a la hora de definir una nueva distribución de los votos en el Consejo que tuviera en cuenta la población y que preparara las instituciones para recibir los países de Europa del Este, Chirac hizo todo lo que estaba a su alcance para evitar el fin de la paridad entre Francia y Alemania, incluyendo recordar públicamente el pasado de Alemania. En realidad. Francia nunca quiso el alargamiento de Europa al Este, manteniendo por demasiado tiempo su sueño de una “pequeña Europa” donde le sería más fácil el liderazgo junto con una Alemania todavía no totalmente liberada de los grilletes de su historia. Ese sueño ya no tiene sentido, pero aún no murió. Hollande quiere volver a intentar la defensa de un núcleo central, que será más integrado económica y políticamente, pero cuyos contornos y criterios aún no determinó (la idea de los fundadores habrá sido solamente un test). Y quiere, una vez más, reconstruir ese núcleo a través de instituciones propias fuera de los tratados y dirigidas por un “gobierno económico”, que disponga de un presupuesto y mecanismos para compartir el riesgo de shock asimétrico. Esperemos por setiembre para entender mejor su lógica.

Publicado por Teresa de Sousa el día 2 de agosto en Público, de Portugal


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