“EEUU, fuente de inestabilidad”, por Ian Bremmer
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2026 es un año decisivo. La mayor fuente de inestabilidad global no será China, Rusia, Irán, o los alrededor de 60 conflictos que arden en todo el planeta –la mayor cantidad desde la II Guerra Mundial–. Será Estados Unidos.
Esa es la idea central del informe “Top Risks 2026 de Eurasia Group”: el país más poderoso del mundo, el mismo que construyó y lideró el orden global de posguerra, ahora lo está desmantelando activamente, gobernado por un presidente más comprometido y más capaz de remodelar el papel de Estados Unidos en el mundo que cualquiera en la historia moderna.
El 3 de enero ofreció un adelanto. Después de meses de presión creciente –sanciones, un despliegue naval masivo, un bloqueo petrolero total–, fuerzas especiales estadounidenses capturaron a Nicolás Maduro en Caracas y lo trasladaron a la ciudad de Nueva York para enfrentar cargos criminales. Un dictador removido y llevado ante la justicia sin bajas estadounidenses, fue la victoria militar más limpia del presidente Donald Trump en el escenario global.
Trump ya ha bautizado su enfoque hacia el hemisferio occidental como la "Doctrina Donroe". Es su versión de la afirmación de la primacía estadounidense en las Américas del presidente James Monroe en el Siglo XIX. Salvo que mientras Monroe advirtió a las potencias europeas que se mantuvieran fuera del vecindario de Estados Unidos, Trump está utilizando la presión militar, la coerción económica y el ajuste de cuentas personal para doblegar la región a su voluntad. Y apenas está comenzando.
Esto no es aislacionismo del "American First". Estados Unidos está cada vez más, y no menos, enredado con Israel y los estados del Golfo. La voluntad de Trump de atacar a Irán el año pasado y de inmiscuirse en la política europea no grita precisamente un repliegue. El marco de las "esferas de influencia" tampoco encaja. Trump no está dividiendo el mundo con potencias rivales, cada una manteniéndose en su carril. Washington acaba de enviar a Taiwán su paquete de armas más grande de la historia, y la postura de la administración en el Indo-Pacífico no evidencia un deseo de ceder Asia a China.
La política exterior de Trump no se rige por ejes tradicionales –aliados versus adversarios, democracias versus autocracias, competencia estratégica versus cooperación–. Se rige por un cálculo más simple: ¿Se puede contraatacar con la fuerza suficiente para hacerle daño? Si la respuesta es no, y tiene algo que él quiere, es un objetivo. Si es sí, hará un trato.
Trump quería que Maduro se fuera, y no había nada que Maduro pudiera hacer para detenerlo. No tenía aliados dispuestos a actuar, ningún ejército capaz de tomar represalias, ninguna influencia sobre nada que le importara a Trump. Así que fue destituido. No importa que toda la estructura del régimen venezolano permanezca intacta, y que cualquier transición a un gobierno democrático estable termine complicada, disputada y en gran medida responsabilidad de Venezuela (o de su mala gestión).
Trump está personalmente satisfecho con que Venezuela siga siendo gobernada por el mismo régimen represivo, siempre y cuando acepte cumplir sus órdenes (de hecho, eligió este arreglo en lugar de un gobierno liderado por la oposición).
La amenaza del "o si no" parece estar funcionando ya, con Trump anunciando que las nuevas autoridades de Venezuela entregarán entre 30 y 50 millones de barriles de petróleo a Estados Unidos, con las ganancias –sus palabras– "controladas por mí, como presidente". El éxito asegurado en Venezuela, por estrechamente que se defina, animará al presidente a redoblar este enfoque y a ir más allá, ya sea en Cuba, Colombia, Nicaragua, México o Groenlandia.
En el otro extremo del espectro está China. Cuando Trump intensificó los aranceles el año pasado, Beijing tomó represalias con restricciones a la exportación de tierras raras y minerales críticos, ingredientes esenciales para una amplia gama de productos de consumo y militares del Siglo XXI. Expuesta la vulnerabilidad, Trump se vio obligado a retroceder. Ahora está empeñado en mantener la distensión y asegurar un acuerdo a toda costa.
Esta es la ley de la selva, no una gran estrategia: poder unilateral ejercido donde Trump cree que puede salirse con la suya, desvinculado de las normas, los procesos burocráticos, las estructuras de alianzas y las instituciones multilaterales que alguna vez le dieron legitimidad.
A medida que las restricciones se endurecen en otros lugares –votantes enojados por el costo de vida, derrotas inminentes en las elecciones de medio término (las midterm de noviembre), reducción de su influencia comercial– y su urgencia por cimentar su legado se agudiza, la voluntad del presidente de asumir riesgos en el ámbito de la seguridad crecerá.
El llamado Hemisferio Occidental, o sea el continente americano, resulta ser un hábitat especialmente rico en objetivos a tomar, donde Estados Unidos tiene una ventaja asimétrica que nadie puede contrarrestar y Trump puede obtener victorias fáciles con un mínimo de resistencia y costos. Pero el vecindario inmediato de Estados Unidos no es el límite del enfoque de Trump.
Si no estaba ya claro, las amenazas de la Administración Trump a Groenlandia aclaran que Europa es ahora parte del conjunto de objetivos de Estados Unidos. El Reino Unido, Francia y Alemania, las tres economías más grandes del continente, comienzan el año con gobiernos débiles e impopulares asediados por populistas, Rusia a sus puertas y una administración estadounidense que apoya abiertamente a la extrema derecha que fragmentaría aún más el continente. A menos que los europeos encuentren formas de obtener influencia e imponer de manera creíble costos que le importen a Trump –y pronto–, se enfrentarán a la misma presión que está aplicando en todo el hemisferio.
Para la mayoría de los países, responder a un Estados Unidos impredecible, poco confiable y peligroso es ahora un esfuerzo geopolítico urgente. Algunos fracasarán; Europa puede llegar demasiado tarde para adaptarse. Algunos tendrán éxito; China ya está en una posición más fuerte, contenta de dejar que su principal rival se socave a sí misma y gane por defecto. Xi Jinping puede permitirse jugar a largo plazo. Estará en el poder mucho después de que termine el mandato de Trump en 2029.
El daño al propio poder estadounidense persistirá más allá de esta administración. Las alianzas, las asociaciones y la credibilidad no son sólo algo agradable de tener, son multiplicadores de fuerza, que le dan a Washington una influencia que el poder militar y económico bruto por sí solo no podría haber sostenido.
Trump está quemando esa herencia, tratándola como un límite en lugar de un activo, gobernando como si el poder estadounidense operara fuera del tiempo y pudiera remodelar el mundo por la fuerza sin consecuencias duraderas. Pero las alianzas que está destrozando no se recuperarán cuando el próximo presidente asuma el cargo. La credibilidad tarda una generación en reconstruirse, si es que se puede reconstruir.
Así que, efectivamente, 2026 es un año decisivo. No porque sabremos cómo termina esto, sino porque comenzaremos a ver qué sucede cuando el país que escribió las reglas decide que ya no quiere seguirlas.
Publicado por Eurasiagroup. Texto original aquí
