El eje franco-aleman en el futuro de Europa



Por primera vez en más de una década, las próximas elecciones federales en Alemania tendrán lugar casi simultáneamente con las elecciones presidenciales francesas de 2017. Podría inaugurarse así un nuevo ciclo del acuerdo franco-alemán que, desde el mismo nacimiento de la Unión Europea, afina todas las decisiones estratégicas anunciadas en Bruselas.

La nueva etapa se abrirá después de elegido el sucesor de Barack Obama en la Casa Blanca y de refrendada (o no) la salida del Reino Unido de la Unión Europea. Mientras tanto, habrán continuado evolucionando las duras crisis de Ucrania y Grecia, la desocupación seguirá alta y, probablemente, la inmigración forzada seguirá evidenciando la respuesta impotente europea.

El tablero de ajedrez mundial, en el que los europeos ya no juegan el papel determinante de antaño, esta definiendo un nuevo equilibrio de poderes. El futuro rol de Europa es una incógnita. Cabe, entonces, preguntarnos: ¿Conseguirá el viejo continente, desorientado por la convulsión de la crisis del euro y el asedio de las deudas soberanas, frenar su pérdida de influencia y recuperar el lugar perdido en la mesa de las decisiones planetarias?.

La respuesta dependerá, sobretodo, de los 878 kilómetros que separan París de Berlín. Históricamente, hubo siempre más Europa cuando los Jefes de Estado francés y alemán supieron abreviar esa distancia. Y también menos Europa cuando la distancia política entre Berlín y Paris se hizo mucha.

Nunca existió paridad entre estos países, es cierto, pero hubo momentos de fuerte correlación política. De Gaulle y Adenauer hicieron concesiones en nombre de la reconciliación entre los dos países. El progreso se enfrió después con Pompidou y Brandt. Pero pronto se recuperó. Primero con d’Estaing y Schmidt. Luego con Mitterrand y Kohl, que respondieron a la caída del muro de Berlín con la creación de la Unión Europea en Maastricht. La melodía fue menos armónica con Chirac y Schroeder. También la relación entre Sarkozy y Merkel padeció, sobre todo al principio, de fuertes intermitencias. Tal como ahora ocurre con Hollande.

Si bien la Europa de hoy tiene poco que ver con aquella en la que el proceso de integración dio sus primeros pasos, lo cierto es que la necesidad de revitalizar el acuerdo franco-alemán resulta prioritaria, sobretodo en el contexto de la posible deserción británica.

Del lado germánico, si Angela Merkel obtiene un cuarto mandato habrá encarnado también uno de los más largos reinados en Alemania. Serán 16 años consecutivos en el poder, algo sólo comparable a los legados de Bismarck y Kohl. Ella sabe que Alemania “necesita de Europa porque Europa engrandece a Alemania”, tal como reconoció uno de sus biógrafos a la revista norteamericana New Yorker.

En una geografía atravesada por varias crisis, Alemania ha venido consolidando su posición priorizando su perfil exportador a toda costa y haciendo de la disciplina presupuestaria y la austeridad un imperativo, cualquiera que sea el ciclo económico. Sus elevados niveles de empleo y superávit comercial exhiben, elocuentes, los resultados de esa estrategia que no ha tenido consecuencias positivas para muchos socios de la UE. En los hechos, el modelo actual, en el que Berlín impone el rumbo general “engrandece a Alemania”, pero al costo de enflaquecer a Europa.

Por su parte, desde el primer día Francia ha ejercido una influencia política innegable en el proceso de integración. Sus aportes progresistas históricamente han apuntado a una gobernanza política y no solo económica de la Unión. A pesar de todos sus problemas, persiste en Francia una preocupación social y una fuerza sindical cada vez más difíciles de encontrar en Europa. Por eso no resulta extraño que, pese a la resistencia alemana a modificar las reglas de juego, desde París se alcen voces cuestionando el status quo: ¿no sería útil disponer de un Banco Central Europeo que, al igual que la Reserva Federal de Estados Unidos, también cuidase del crecimiento económico del conjunto? ¿No sería beneficioso contar con un Eurogrupo abierto a discutir la evidente necesidad de reestructuración de las crecientes deudas soberanas? ¿No sería mejor tener una Comisión obstinada en crear empleo en lugar de mantenerse exclusivamente enfocada en perpetuar la austeridad? ¿No convendría reaccionar ante la persistente financiarizaciónde la política y la económica para frenar los choques asimétricos que socavan –cada día un poco mas- la posición de la periferia europea?

De allí que una de las causas de la creciente germanización europea este cifrada en la debilidad del necesario contrapeso francés. Hoy, Francia y Alemania son los platos de una balanza en desequilibrio. Sin ir mas lejos, en la reciente resolución del caso griego, Europa ha comprobado ese desbalance de poder con una Francia intentando -y no pudiendo- torcer la solución alemana.

Francia y Alemania son viejos socios en la Unión Europea, pero rivales desde hace mucho más tiempo. Palpita entre ellos una rivalidad por lo menos tan antigua como la de los hermanos Carlos, Luis y Lotario, los tres nietos de Carlomagno que, en 843, acordaron repartirse gran parte del territorio hoy perteneciente a los dos Estados europeos más poblados. Precisamente, la integración europea vino a templar esa animosidad histórica, primero con el acuerdo del carbón y del acero y después con la soberanía compartida.

La Unión vive hoy días muy diferentes de todos los anteriores. La ideologia de la financiarización a tomado el comando del barco europeo poniendo en jaque el “gran experimento de la humanidad”, aquel que gestaron los padres fundadores hace décadas, en la sala de máquinas de la integración europea.

El desequilibrio es ya tan pronunciado y el desencanto tan profundo, que “la vuelta a la fuente” es la única alternativa a la progresiva desactivación del proyecto. Aquel postulado del francés Jacques Delors en el amanecer de la integración: “La competencia que estimula, la cooperación que refuerza y ​​la solidaridad que une” renueva su vigencia y ofrece una salida para Europa.

En esto se cifra el debate que puede salvar a Europa. Y Francia tiene mucho que aportar al respecto. Para recuperar el equilíbrio.

Por: Jorge Argüello Publicado en su columna de opinión de Revista Veintitres 21/08/2015


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