Una unión quebrada



Un alto funcionario europeo viajó –a fines del año pasado– de Bruselas a Sudáfrica para representar a la Unión Europea en una conferencia dictada por un muy reputado científico local. Sentado en la primera fila de un auditorio colmado, el funcionario escuchó, sorprendido y consternado, cómo el científico sudafricano agradecía reiteradamente a una institución estadounidense por los fondos asignados a su investigación, sin hacer una mínima mención al rol de la Unión Europea que –en realidad– había sido el principal financiador de la investigación. No fue la descortesía ni la aparente ingratitud del científico sudafricano lo que perturbó al funcionario europeo, sino la dolorosa comprobación de la pérdida de gravitación de una Unión Europea, que –me dijo cuando me narraba este episodio– “ya no consigue entusiasmar, ni a propios ni a extraños”. Luego de haber vivido en los últimos años en Europa y experimentado epidérmicamente el espíritu que anima hoy a la Unión, esta anécdota me confirma la urgente necesidad que tiene hoy Bruselas de bucear en su interior. ¿Por qué ya no encanta una inédita comunión de países que trajo libertad y paz duraderas al Viejo Continente? ¿En qué momento se desvaneció el impulso solidario y reformista de un proyecto otrora capaz de enriquecer y mejorar a cada uno de sus miembros? ¿Por qué, por fin, no se acordó el científico sudafricano de reconocer a la Unión Europea por seguir siendo, incluso en tiempos tan nublados, la mayor fábrica de conocimiento del mundo? La principal fuente del desencanto europeo radica en la ausencia de grandes causas. Lejos quedaron ya la épica de reconciliar el eje franco-alemán luego de la Segunda Guerra Mundial, la construcción de un Tribunal Europeo de Derechos Humanos y el modelo que significó para el mundo levantar, bien altas, las banderas de los derechos humanos; lograr la plena libertad de circulación de personas y mercancías dentro del territorio comunitario; convencer a 19 países de compartir una sola moneda o haber logrado armonizar las promesas del socialismo con los beneficios de la democracia en el Estado de Bienestar europeo. Ni el más federalista de los europeos se atrevería hoy a postular y defender públicamente ideas de aquella envergadura histórica con esa capacidad de transformar la vida de los pueblos. Por el contrario, lo que encontramos hoy en Europa son grandes causas del pasado “jaqueadas” por la amenaza de cerrar fronteras, por la insolencia de repatriar a los refugiados, por el oportunismo que se monta en las dudas que existen sobre la sostenibilidad del euro. A la actual falta de ambición de la Unión se suma un creciente déficit democrático que también ha alimentado el desinterés de sus ciudadanos. Luego de la celebración de las primeras elecciones al Parlamento Europeo, en 1979, se aprobaron el Acta Única Europea y los Tratados de Maastricht, Amsterdam, Niza y Lisboa. El proyecto europeo creció en competencias, en instituciones y en Estados miembros, pero la participación popular quedó circunscripta a la elección, cada cinco años, de los eurodiputados. En términos de democracia, de participación efectiva de los ciudadanos, la Unión ha sido poco ambiciosa, ha mantenido demasiadas puertas cerradas a sus representados. En su famoso viaje a los Estados Unidos, el francés Alexis de Tocqueville constató que “el verdadero signo de la democracia no es la libertad, sino la igualdad”. La falta de movilidad social dentro de la Unión Europea, la profundización de las asimetrías entre los Estados y la creciente sensación de predestinación según se haya nacido en el norte o en el sur, están transformando el ideal de la igualdad de oportunidades en una quimera irrealizable. Esta paralización del ascensor social contribuye, decididamente, a deprimir el entusiasmo por el proyecto europeo. Pasó demasiado tiempo desde la última vez que la organización formuló y transmitió un mensaje capaz de movilizar, de entusiasmar e involucrar a los pueblos de Europa. De hecho, sea en la televisión o en Internet, lo que se transmite diariamente desde Bruselas es una cacofonía estadística con aliño burocrático que, no obstante su probable relevancia política o económica, poco o nada dice al europeo medio, y poco o nada se corresponde con sus preocupaciones cotidianas. Falta esperanza, falta afecto, faltan sueños y faltan líderes. Son ausencias peligrosas porque, como nos advirtió Fernando Pessoa, “matar al sueño es mutilar nuestra alma”. En este marco, la forma como la Unión trató la crisis financiera, la anexión de Crimea, los flujos de refugiados, la amenaza terrorista y hasta el propio surgimiento del referéndum británico, evidencian que el desencanto europeo aún está en fase de propagación. Y a una velocidad tal que incluso ya ha logrado instalarse en algunos parlamentos nacionales. En el Reino Unido, el UKIP, partido que reconoce en el euroescepticismo su única causa, ha ganado elecciones. En Francia el Frente Nacional de Marine Le Pen se impuso en la primera vuelta de las últimas elecciones regionales. Y en Austria el candidato de la extrema derecha parece ser el favorito en la segunda vuelta de las presidenciales prevista para el 22 de mayo. Conscientes de que alinearse con Bruselas genera hoy pocos dividendos políticos, hasta los viejos partidos europeístas se muestran reticentes a ondear con energía la bandera de la Unión. Y así ha nacido la tendencia a “nacionalizar las victorias y europeizar las derrotas” como afirmaba, plañideramente, el anterior presidente de la Comisión Europea, el portugués Durão Barroso. Este es el peor de los períodos, el más arriesgado y propicio para que la Unión desencante a los europeos. Es que dentro de un par de décadas la mayoría de los gobiernos nacionales y de las instituciones comunitarias serán, por primera vez, liderados por una generación de políticos que no vivió la Segunda Guerra Mundial, que no combatió una dictadura en su país, que no tuvo que esperar largas horas para cruzar la frontera, que no ha visto los precios del pan y de la leche cambiar de la mañana a la tarde. Bruselas debe revisarse profundamente si quiere restaurar el entusiasmo por Europa. Porque la memoria colectiva es la piedra angular de cualquier comunidad, y porque la indiferencia es el mayor enemigo de la democracia.

Por Jorge Arguello

Publicado en Veintitrés

13/05/2016


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