Europa cede soberanía para compartir, por Juan Guillermo Milia



El ex presidente del Gobierno de España, Felipe González (1982 - 1996), respondió al interrogante planteado por el autor Jorge Argüello, en el sentido de si la cesión de soberanía es un punto central para comprender el largo proceso que dio origen a la Unión Europea.

Ceder para compartir, dijo el ex gobernante español; no ceder para someterse, como ha ocurrido durante siglos.

La cesión de soberanía tuvo por objeto adquirir más capacidad de reacción frente al nuevo marco internacional y a la economía global.

Por lo menos ésta fue la idea básica que guió la construcción de este nuevo espacio hasta 1980. A partir de esa fecha se produce un importante cambio estructural, que conduce a la UE, de la cómoda posición entre los seis miembros fundadores (Alemania, Francia, Italia, Bélgica, Holanda y Luxemburgo) a una relación menos cómoda por la mayor complejidad resultante, al sumarse Inglaterra, Irlanda, Dinamarca, Grecia, España, Portugal y, por último, los ubicados, total o parcialmente, al norte del paralelo de 60º de latitud septentrional, Finlandia y Suecia, a los que se agrega Austria.

La complejidad alcanza niveles insospechados, cuando se pasa de aquéllos 15 a los 28 actuales., ó 27 después de la separación de Gran Bretaña.

Si bien los horrores vividos durante las dos guerras mundiales marcaron a fuego la historia del viejo continente, sembraron la semilla de lo que constituye el ejemplo de unidad política y económica más ambiciosa y perdurable de la historia moderna.

La obsesión por evitar para siempre la reiteración de aquel horror, que sumió al continente en un baño de sangre, destrucción y dolor, condujo a la idea, concretada más tarde, de un proyecto y finalmente una vigorosa realidad, la Comunidad Europea.

Churchill decía en 1946, en la Universidad de Zurich, que existe un remedio que si fuera adoptado en forma global por la mayoría de los pueblos podría transformar por completo la situación. ¿Cuál es este remedio soberano? Consiste en reconstituir la familia europea, o al menos dotarla de una estructura que le permita vivir y crecer en paz, en seguridad y libertad… una suerte de Estados Unidos de Europa.

El difícil arte de ceder soberanía

El completo proceso de construcción de la UE no podría entenderse cabalmente sin poner la lupa en el caso de Gran Bretaña. Los zigzagueos británicos echan luz, además, sobre una cuestión central de esa evolución histórica: la cesión de soberanía de parte de los integrantes de la comunidad europea. El celo puesto por Inglaterra y su renuencia a ceder aunque fuere una porción muy pequeña de su soberanía, constituye una clara muestra de una actitud generalizada de los países europeos.

En 1964, el propio Banco Federal Alemán advertía que los primeros planes de Unión Monetaria formulados por la Comisión Europea tendrían que ir de la mano de una unión política que incluyera la transferencia de soberanía nacional.

A fines de la década de 1980, un terremoto sacudió a Europa y al mundo entero: el agotamiento del modelo económico y político comunista derribó casi sin sangre el Muro de Berlín.

La reunificación alemana dejó a Europa sin el papel de jamón del sandwich entre las dos superpotencias. La Europa Occidental dejó de ser el interland, la primera línea en la confrontación Este-Oeste.

A partir de la caída del Muro de Berlín y la disolución de la Unión Soviética, la política de bloques desaparece, la guerra fría queda atrás y Europa pierde relevancia geopolítica y estratégica para los Estados Unidos.

Gran Bretaña siguió de todos modos dentro de la CEE, que puso manos a la obra bajo la fuerte conducción del francés Delors, uno de los más influyentes presidentes que haya tenido la Comisión Europea.

Los desafíos que enfrenta la Unión Europea

No obstante, cabe afirmar, con Argüello, que ningún proyecto político nacional o plurinacional puede sobrevivir mucho tiempo, y mucho menos crecer, sin una cuota importante de legitimidad popular y democrática; nos referimos a aquélla que excede las urnas y que hace a cada ciudadano sentirse parte irrenunciable de un destino común.

Desde esta perspectiva, a los futuros líderes europeos se les presentan tres desafíos importantes.

El primero consiste en desplazar a la vieja dirigencia que mantiene el poder, pero niega las causas reales de la crisis y se apega al maquillaje (como método para evitar el indispensable giro político y económico que requiere la UE).

En segundo lugar, deberá construir una propuesta de Europa más abarcativa, que incorpore -incluso- la enorme variedad que caracteriza a los movimientos emergentes, comprensivo aún de los que hoy son "euroescépticos”.

Y finalmente, lo más difícil de todo, hacer que este novel y aggiornado modelo funcione, que sea eficiente y efectivo.

Por el momento la argamasa que une la construcción deviene del temor a la disolución de la unidad lograda y del retorno de los viejos y temidos monstruos de las salvajes guerras del pasado reciente. Pero hay otros fantasmas merodeando, como el alto desempleo, la pobreza, la exclusión social que, nacidos del experimento neoliberal, ahora lo asedian y están adquiriendo fuerza rápida y peligrosamente.

Es un drama que Europa deberá atender porque desde hace mucho golpea sus puertas pero que, como consecuencia de las guerras en Oriente Medio, se ha transformado en un grave y lacerante problema que más tarde o más temprano debe ser resuelto, en su integralidad.

Nos referimos a los millones de migrantes que desde África, por las guerras tribales o desde el Oriente Medio, intentando salvar la vida, buscan en Europa: seguridad, pan y trabajo.

A él se agrega el inquietante drama del bajo índice de natalidad de la mujer europea comparada con las africanas o las asiáticas. Esto permite presumir un recambio poblacional en unas pocas décadas más, en la que los inmigrantes de hoy serán mayoría, en desmedro de la población actual.

Publicado por Juan Guillermo Milia, el 04 de mayo de 2018, en Diario Los Andes


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