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Editoriales EA || Un estallido de diversidad

hace 11 minutos
4 min de lectura

Las elecciones estadounidenses cambiaron las mayorías, derribaron bastiones históricos y ampliaron la representación política. También recordaron que ninguna hegemonía electoral es irreversible. Ahora los demócratas deberán demostrar que pueden transformar el rechazo a Trump en una alternativa de gobierno.



En democracia, los territorios no pertenecen para siempre a un partido. Las mayorías cambian, las lealtades se modifican y hasta las fortalezas electorales más sólidas pueden derrumbarse. Las elecciones estadounidenses del 3 de noviembre volvieron a ponerlo en evidencia, con resultados que hasta hace poco parecían improbables.


Un pastor metodista ganó en Kansas una elección que ningún demócrata conseguía desde 1932. Texas eligió a su primera gobernadora latina y a su primer senador demócrata en casi cuatro décadas. Michigan enviará al Senado al primer musulmán de su historia. Al mismo tiempo, los demócratas recuperaron el control de ambas cámaras del Congreso. Los resultados modificaron la realidad política del país y abrieron nuevos espacios de representación.


Donald Trump había disfrutado, durante los primeros dos años de su segundo mandato, de una situación de privilegio institucional poco frecuente: mayoría republicana en la Sala  de Representantes, mayoría republicana en el Senado y una Corte Suprema de Justicia con seis jueces conservadores sobre nueve, tres de ellos designados por el propio presidente. Aunque los magistrados no responden formalmente a disciplinas partidarias, esa composición configuraba un escenario particularmente favorable para el ejercicio del poder presidencial.


Desde enero, Trump deberá gobernar frente a un Congreso opositor, con facultades para investigar a su administración, condicionar su agenda legislativa, intervenir en los presupuestos y controlar las designaciones que requieren confirmación del Senado. El presidente conservará importantes herramientas de poder, pero deberá convivir con una oposición que ahora dispone de instrumentos institucionales para limitarlo.

 

El 3 de noviembre también puso de manifiesto la extraordinaria diversidad de la sociedad estadounidense, que durante estos dos años encontró escaso reconocimiento en el discurso político dominante de Washington. Esa pluralidad volvió a conquistar espacios de representación y poder.


Hakeem Jeffries podría convertirse en el primer afroamericano en presidir la Cámara de Representantes. Abdul El-Sayed será el primer musulmán elegido al Senado.


Keisha Lance Bottoms será la primera mujer afroamericana en gobernar un estado y Deb Haaland, la primera mujer indígena estadounidense en hacerlo. Gina Hinojosa gobernará Texas y Xavier Becerra será el primer latino elegido por voto popular para conducir California. El mapa de quienes acceden a las principales responsabilidades públicas trae un mejor reflejo de la composición del país.


Sería equivocado, sin embargo, explicar esas victorias solamente por las identidades de sus protagonistas. Los precios, el empleo, la vivienda, la salud, la guerra y la confianza en quienes gobiernan fueron cuestiones determinantes. Los candidatos debieron construir coaliciones capaces de responder a esas preocupaciones. La variedad de los perfiles ganadores no debe hacernos olvidar las múltiples razones que llevaron a los ciudadanos a elegirlos.


Los resultados de Kansas y Texas merecen una atención especial. Adam Hamilton terminó con 94 años sin victorias demócratas en elecciones al Senado por Kansas. James Talarico ganó donde su partido no conseguía elegir un senador desde 1988. Hinojosa derrotó a Greg Abbott y puso fin a más de tres décadas de gobiernos republicanos en Texas.


Los bastiones electorales no son accidentes geográficos. Son construcciones políticas, sostenidas por acuerdos sociales, liderazgos, resultados de gobierno y expectativas que pueden cambiar. La propia historia estadounidense ofrece un ejemplo elocuente: el sur, que durante décadas fue una fortaleza demócrata, terminó convirtiéndose en uno de los principales sostenes republicanos. El problema aparece cuando una larga sucesión de triunfos se confunde con un derecho adquirido sobre los electores.

 

Tampoco conviene interpretar los resultados del 3 de noviembre como una transformación irreversible del mapa político. Una elección puede demostrar que una fortaleza es vulnerable sin probar todavía que ha cambiado de dueño. Los demócratas harían bien en recordar esa distinción.


El rechazo a Trump reunió voluntades que no necesariamente coinciden sobre qué hacer después.


Moderados y progresistas, votantes de grandes ciudades y de territorios conservadores, sectores sindicales y jóvenes universitarios contribuyeron a una misma victoria. Pero no todos esperan lo mismo de ella. Esa amplitud electoral, indispensable para ganar, puede convertirse en una dificultad a la hora de definir un programa común.


Los demócratas deberán encontrar una síntesis entre quienes reclaman una confrontación más decidida con Trump y quienes consideran indispensable recuperar a los votantes moderados. Además, controlar el Congreso no equivale a controlar el gobierno: Trump conservará el veto presidencial y amplias facultades ejecutivas.


Las investigaciones parlamentarias son necesarias y el control del Ejecutivo es indispensable. Pero son insuficientes para construir una alternativa política duradera. Quienes votaron preocupados por sus ingresos, el costo de vida o la incertidumbre laboral esperarán respuestas concretas que vayan más allá de la confrontación institucional.

 

Existe una diferencia fundamental entre reunir una mayoría contra alguien y construir una mayoría alrededor de un proyecto. El descontento puede ser suficiente para ganar una elección, pero no necesariamente para sostener una coalición de gobierno. Eso exige acuerdos sobre prioridades, capacidad de conducción y una perspectiva compartida sobre el futuro.


El horizonte de 2028 permitirá comprobar si esta victoria legislativa fue una reacción circunstancial frente a Trump o el comienzo de una coalición política capaz de sostenerse en el tiempo.


El 3 de noviembre recordó que ninguna hegemonía electoral es irreversible. Y planteó a los demócratas un desafío todavía mayor: demostrar que pueden transformar el rechazo a Trump en una alternativa de gobierno. No es lo mismo ganar una elección capitalizando el descontento que construir la confianza necesaria para sostener una mayoría.

 
 

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