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¿Se puede desunir el Reino Unido?

hace 11 minutos
4 min de lectura
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La cumbre de Cardiff revela algo novedoso: por primera vez, los gobiernos de Escocia, Gales e Irlanda del Norte están encabezados simultáneamente por fuerzas que cuestionan el actual orden constitucional británico.



El Reino Unido lleva su propia complejidad en el nombre. Es un Estado formado por cuatro naciones: Inglaterra, Escocia, Gales e Irlanda del Norte. Durante siglos, esa unión sobrevivió a guerras, cambios de régimen, la pérdida del Imperio y profundas transformaciones económicas y sociales.


Ahora vuelve a estar sometida a discusión.


El 14 de septiembre, los primeros ministros de Escocia, Gales e Irlanda del Norte se reunieron en Cardiff. John Swinney, del Partido Nacional Escocés (SNP); Rhun ap Iorwerth, de Plaid Cymru; y Michelle O'Neill, del Sinn Féin, participaron en su condición de dirigentes partidarios y suscribieron una declaración conjunta en defensa del derecho de sus naciones a decidir democráticamente su futuro. O'Neill estuvo acompañada por Mary Lou McDonald, presidenta del Sinn Féin y líder de la oposición en la República de Irlanda.


La fotografía tuvo una fuerza política difícil de ignorar: nunca antes las tres administraciones autónomas del Reino Unido habían estado simultáneamente encabezadas por dirigentes pertenecientes a partidos partidarios de modificar radicalmente su relación con Londres.

  

Tres nacionalismos, tres situaciones diferentes

 

La primera precaución para entender lo ocurrido consiste en no tratar a Escocia, Gales e Irlanda del Norte como si enfrentaran el mismo problema.

Escocia ya votó sobre su independencia. En el referéndum de 2014, el 55% decidió permanecer dentro del Reino Unido. Doce años después, el SNP reclama una segunda consulta y aspira a realizarla dentro de los próximos cinco años.


Irlanda del Norte tiene una situación constitucional diferente. Los Acuerdos del Viernes Santo de 1998, que contribuyeron a terminar con tres décadas de violencia, establecieron que seguirá formando parte del Reino Unido mientras así lo quiera la mayoría de su población, pero contemplan la posibilidad de un referéndum sobre la reunificación con la República de Irlanda. Sinn Féin pretende que esa consulta se celebre antes de 2030.


Gales se encuentra bastante más atrás. Plaid Cymru no plantea celebrar un referéndum durante su actual mandato, sino crear una comisión que prepare las condiciones para discutir una eventual independencia y, mientras tanto, obtener mayores niveles de autonomía.


Las encuestas también muestran realidades distintas. Según los sondeos, hoy apoyaría la independencia el 47% de los escoceses, frente al 36% en Irlanda del Norte y el 32% en Gales. En Escocia, el apoyo ha oscilado entre aproximadamente el 45% y el 50% desde el referéndum de 2014.


Por eso, hablar de una inminente “desintegración del Reino Unido” sería adelantarse a los acontecimientos. Lo nuevo es la coordinación

 

Hasta ahora, las disputas territoriales británicas podían ser consideradas problemas esencialmente separados: el independentismo escocés, la reunificación irlandesa y el nacionalismo galés tenían historias, intensidades y objetivos propios. La declaración del 14 de septiembre intenta conectarlos. Los firmantes reconocieron expresamente que mantienen posiciones constitucionales diferentes y que cada nación determinará su futuro “a su manera y en su propio tiempo”. Pero acordaron defender conjuntamente el principio de autodeterminación y reclamar a Londres que no impida la realización de eventuales consultas populares.


La cooperación tampoco quedó limitada a la cuestión constitucional. Los tres partidos plantearon trabajar juntos en materia económica, energías renovables y reconstrucción de los vínculos con Europa. En este último punto aparece un elemento decisivo: consideran que el Brexit perjudicó a sus naciones y sitúan su futuro en una relación mucho más estrecha con la Unión Europea.

La discusión sobre la integridad territorial comienza así a mezclarse con otra más amplia: qué quedó del proyecto británico después del Brexit.

 

El problema de Londres

 

El gobierno británico enfrenta una dificultad particular. Puede negarse a habilitar nuevos referéndums, pero esa decisión no elimina las fuerzas políticas que los reclaman.

Desde Londres se insiste en que el Reino Unido funciona mejor unido y que las prioridades deben ser el costo de vida y la seguridad económica antes que nuevas discusiones constitucionales.


Los independentistas plantean exactamente el argumento contrario: sostienen que buena parte de esos problemas demuestran que Westminster ya no representa adecuadamente los intereses de sus naciones.


Allí reside probablemente la disputa más importante. La continuidad del Reino Unido no dependerá solamente de argumentos históricos o jurídicos. Dependerá también de que suficientes escoceses, galeses y norirlandeses sigan considerando que permanecer dentro de la Unión ofrece más ventajas que abandonarla.

 

 

El Brexit vuelve a aparecer

 

Resulta difícil separar esta discusión de la salida británica de la Unión Europea.


El Brexit pretendía devolver soberanía a Westminster frente a Bruselas. Pero produjo una consecuencia interna paradójica: volvió a colocar sobre la mesa la pregunta acerca de cuánta soberanía deben conservar, a su vez, las naciones que integran el Reino Unido.


La cuestión es particularmente visible en Escocia, que votó mayoritariamente por permanecer en la Unión Europea en 2016. Pero Cardiff muestra que el debate excede ahora el caso escocés.


También existe una dimensión identitaria más profunda. Durante mucho tiempo, la pertenencia al Imperio y luego la condición de potencia global ayudaron a construir una identidad británica capaz de superponerse a las identidades inglesa, escocesa, galesa e irlandesa. La pérdida de peso relativo del Reino Unido, el Brexit y las dificultades del proyecto de Global Britain han debilitado algunos de esos elementos de cohesión.


No significa que la identidad británica haya desaparecido. Significa que vuelve a competir con identidades nacionales que nunca dejaron de existir.

 

La cuestión adquirió además una dimensión internacional inesperada cuando Donald Trump declaró durante una visita a Dublín que le “encantaría” ver una Irlanda unida. Sus declaraciones provocaron el rechazo de sectores unionistas británicos.

 

 

¿Se puede desunir el Reino Unido?

 

La respuesta inmediata es que sí puede cambiar su configuración territorial: su propia historia y, particularmente, los Acuerdos del Viernes Santo contemplan mecanismos para ello. Pero Cardiff no significa que esa ruptura esté cerca.


Los tres movimientos independentistas parten de niveles de apoyo diferentes, persiguen objetivos distintos y trabajan con calendarios que no coinciden. La propia declaración conjunta reconoce esas diferencias.  Lo que cambió es el contexto político.


Por primera vez, Londres observa simultáneamente a tres gobiernos autónomos encabezados por dirigentes que no consideran necesariamente al Reino Unido como el destino definitivo de sus naciones. Y esos dirigentes han comenzado a coordinarse.


La cumbre de Cardiff quizá no haya acercado mucho la fecha de una eventual ruptura. Pero convirtió tres discusiones nacionales en una pregunta común sobre el futuro del Reino Unido.

 

 
 

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