EL CORONAVIRUS ESTÁ MATANDO LA GLOBALIZACIÓN, POR PHILIPPE LEGRAIN

La crisis del coronavirus ha puesto de relieve los inconvenientes de una amplia integración internacional, al tiempo que ha avivado el temor a los extranjeros y dado legitimidad a las restricciones nacionales al comercio mundial y al desplazamiento de personas.


Hasta hace poco, tanto la mayoría de los responsables de la formulación de políticas como los inversores se mostraban complacientes con el posible impacto económico de la crisis del coronavirus. Hasta finales de febrero, la mayoría asumió erróneamente que sólo tendría un breve y limitado impacto específico en China.


Ahora, se dan cuenta de que está generando una conmoción mundial, que puede ser aguda, aunque la mayoría aún espera que sea breve. Pero, ¿qué pasa si esta turbulencia económica tiene un impacto duradero? ¿Podría la pandemia de coronavirus ser, incluso, el clavo en el ataúd de la actual era de la globalización?


De pronto, las empresas, en general, se han dado cuenta, de los riesgos que implica depender de complejas cadenas mundiales de suministro específicas no sólo de China, sino de lugares concretos como Wuhan, el epicentro de la pandemia. Los chinos -y ahora los italianos, los iraníes, los coreanos y otros- se han convertido en vectores de la enfermedad. Altos dirigentes republicanos estadounidenses han llegado a calificar la enfermedad de "coronavirus chino".


Mientras tanto, los gobiernos de todos los niveles se apresuraron a imponer prohibiciones de viajes, requisitos adicionales de visado y restricciones a las exportaciones. La prohibición a la mayoría de arribos desde Europa que el presidente de Estados Unidos, Donald Trump, anunció el 11 de marzo es particularmente amplia, pero dista mucho de ser única. Todo esto hace que las economías sean más nacionales y las políticas, más nacionalistas.


Gran parte de estos cambios puede ser temporal. Pero es probable que la crisis del coronavirus tenga un impacto duradero, especialmente cuando refuerza otras tendencias que ya están socavando la globalización. Puede asestar un golpe a las fragmentadas cadenas de suministro internacionales, reducir la hipermovilidad de los viajeros de negocios globales y alimentar políticamente a los nacionalistas que favorecen un mayor proteccionismo y controles migratorios.


El riesgo lo corren, especialmente, las complejas cadenas mundiales de suministro centradas en China, de las que tantas empresas occidentales han llegado a depender. La ventaja de los costos de producir en China se ha erosionado en los últimos años a medida que el país se ha enriquecido y los salarios se han disparado. Los riesgos de hacerlo se pusieron de relieve con la imposición de Trump de aranceles punitivos a las importaciones procedentes de China en 2018 y 2019, lo que llevó a las empresas a buscar alternativas.


Si bien el acuerdo de enero de 2020 (Fase 1) marcó una frágil tregua en la guerra comercial entre Estados Unidos y China, los peligros de producir en China persisten. Tanto demócratas como republicanos consideran cada vez más a China como un rival estratégico a largo plazo que debe ser contenido. Y apenas la guerra comercial amainó, irrumpió el coronavirus. El prolongado cierre de muchas fábricas chinas hizo que las exportaciones disminuyeran 17% en los dos primeros meses del año en comparación con 2019, y ha interrumpido la producción de automóviles, iPhones y otros bienes de consumo europeos.


La inercia es algo poderoso. Y todavía persisten muchas ventajas de producir en China, como la escala y la eficiencia de su logística. Pero la crisis del coronavirus podría marcar un punto de inflexión que impulse a muchas empresas a remodelar sus cadenas de suministro y a invertir en patrones de producción más resistentes y a menudo más locales.


Una opción es cambiar y diversificar las operaciones en otras economías asiáticas, como Vietnam o Indonesia. Otra es acortar las cadenas de suministro, con empresas estadounidenses que trasladen la producción a México y las europeas, a Europa oriental o Turquía. Una tercera es invertir en robots e impresión en 3D dentro de las economías avanzadas para producir localmente más cerca de los consumidores.


Una segunda consecuencia duradera de la crisis del coronavirus puede ser la reducción de los viajes de negocios. Los gurúes de la tecnología han sostenido durante mucho tiempo que las aplicaciones de videoconferencia y de chat eliminarían la necesidad de la mayoría de los viajes de negocios y permitirían a muchas personas trabajar más desde los hogares. Sin embargo, hasta la crisis del coronavirus, los viajes de negocios habían seguido creciendo, aparentemente de forma inexorable.


Ahora, ya sea por prohibiciones del gobierno, decisiones de negocios o cautela individual, se han cancelado todos los viajes internacionales menos los más esenciales, y los que pueden trabajar desde casa se están quedando cada vez más.


Cegados por el lado de la oferta


Gracias a esta conexión forzada, las empresas pueden descubrir que, si bien las reuniones cara a cara son a veces necesarias, las alternativas tecnológicas a menudo suelen ser buenas- y mucho menos costosas, consumen mucho menos tiempo y son menos perjudiciales para la vida familiar. Y en un momento de creciente preocupación por el impacto de las emisiones de los aviones en el clima, y con muchas empresas deseosas de destacar su compromiso con la conciencia ambiental y la sostenibilidad, hay razones tanto ambientales como económica por la que los viajes de negocios pueden disminuir.


La velocidad y el alcance de la propagación del virus en todo el mundo han puesto de manifiesto la vulnerabilidad de las personas a amenazas extranjeras aparentemente distantes. El coronavirus no sólo se ha propagado a centros mundiales como Londres y Nueva York. También ha saltado directamente a ciudades provinciales como Daegu, la cuarta ciudad más grande de Corea del Sur; a residencias de ancianos en los suburbios de Seattle; e incluso a pequeñas ciudades como Castiglione d'Adda (4.600 hab), una de las 10 ciudades de Lombardía que el gobierno italiano puso en cuarentena en febrero.


Si bien los líderes de la comunidad internacional han pronunciado bonitas palabras sobre la necesidad de la cooperación transfronteriza ante una amenaza común sin precedentes, sus acciones a menudo lo han desmentido. Muchos gobiernos aparentemente liberales han impuesto restricciones a los viajes y al comercio más draconianas de lo que Trump se atrevió a adoptar en el momento más caliente de su conflicto con China el año pasado.


Jacinda Ardern, la primera ministra progresista de Nueva Zelanda, se apresuró a prohibir la entrada al país a los viajeros procedentes de China que no son ciudadanos neozelandeses. Aunque estas prohibiciones generales pueden o no estar justificadas por motivos de salud pública, proporcionan una mayor legitimidad a los que consideran que cerrar la frontera es la solución a todos los males.


Incluso dentro del mercado único de la Unión Europea (UE), aparentemente libre de barreras, Francia y Alemania han prohibido la exportación de barbijos: hasta ahí llegó el internacionalismo liberal y el compromiso con la UE del presidente francés, Emmanuel Macron, y de la premier alemana, Angela Merkel. Más sorprendente aún es que ninguno de los otros 26 gobiernos de la UE haya respondido al llamamiento urgente de Italia para que se le preste asistencia médica, y que China sí lo haya hecho.


Es cierto que la crisis del coronavirus también ha puesto de manifiesto la falacia de las afirmaciones de los nativistas de que sus políticas antiinmigración y proteccionistas hacen que la gente esté más segura. La coalición nacionalista que dirige el gobierno provincial de Lombardía está encabezada por el partido de extrema derecha de la Liga, de Matteo Salvini, pero no ha logrado proteger a la región del coronavirus. Tampoco, a pesar de su deseo de desvincularse de China, Trump ha podido evitar que el coronavirus llegue a Estados Unidos.


Es posible que el propio Trump pague un precio en las elecciones presidenciales de noviembre por su despreocupación y su mala gestión de una crisis de salud pública. Pero en general, la crisis del coronavirus es un regalo político para los nacionalistas nativistas y proteccionistas.


Y así como la India limita las exportaciones de medicamentos que salvan vidas en su vasto sector farmacéutico, le da excusas a quienes desean localizar la producción de todo tipo de productos por motivos de seguridad nacional. En términos más generales, esta crisis puede fortalecer a quienes creen en un gobierno fuerte que dé prioridad a las necesidades de la sociedad sobre la libertad individual y a la acción nacional sobre la cooperación internacional.


Como resultado, la crisis del coronavirus amenaza con dar paso a un mundo menos globalizado. Una vez que la pandemia y el pánico se hayan calmado, aquellos que creen que la apertura a las personas y los productos de todo el mundo es en general algo bueno, tendrán que defenderla con un enfoque renovado y persuasivo.


Publicado el 12 de marzo de 2020, en Foreign Policy

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