"El regreso de la amenaza nuclear", por Mohamed ElBaradei

VIENA – La reciente batalla entre tropas rusas y las fuerzas ucranianas de defensa civil en el predio de la central nuclear de Zaporiyia en Ucrania reveló lo cerca que está el mundo ahora de una terrible pesadilla: una fuga masiva de radiación. La de Zaporiyia es la mayor instalación nuclear de Europa, y alberga seis reactores nucleares, que estuvieron expuestos al riesgo de los incendios desatados durante el bombardeo ruso de la instalación y los combates en la central. La pronta extinción de las llamas da testimonio del profesionalismo y coraje del personal de la instalación.



El mundo ha tenido suerte, como la tuvo cuando las tropas rusas hicieron su igualmente peligrosa incursión en la clausurada central de Chernóbil, en los primeros días de la invasión. Pero en el territorio de Ucrania hay otra media docena de reactores nucleares, de modo que el peor escenario de todos sigue siendo una posibilidad muy real. La liberación de material radioactivo puede volver inhabitables centros de población enteros, poniendo en riesgo a cientos de miles de personas, y no sólo en la vecindad inmediata.


En vísperas de la invasión rusa, Bennett Ramberg, autor de Nuclear Power Plants as Weapons for the Enemy, nos recordó que después del desastre de Chernóbil en 1986, «las autoridades soviéticas tuvieron que reubicar a cientos de miles de personas, y sacar de la actividad productiva por décadas grandes áreas de tierras agrícolas y bosques». De las muchas formas en las que el conflicto en Ucrania podría extenderse a Europa, y tal vez más allá, la contaminación nuclear sería una de las más dañinas y abarcadoras.


Pero incluso peor sería un ataque nuclear. Además de la pérdida horrorosa de vidas y del desplazamiento de millones de personas, el aspecto más preocupante de la guerra en Ucrania ha sido la reintroducción de las armas nucleares como componente central de la geopolítica. Tras advertir que cualquier potencia que intervenga enfrentará «consecuencias como nunca han experimentado en su historia», el presidente ruso Vladímir Putin respondió a la primera ronda de sanciones de Occidente poniendo las fuerzas nucleares de Rusia en estado de alerta elevada.


La sabiduría de la Guerra Fría


La decisión de Putin es algo que no veíamos desde los años sesenta, cuando el mundo estuvo al borde del precipicio de un holocausto nuclear durante la crisis de los misiles cubanos, y otra vez durante la Guerra Árabe‑Israelí de 1973. Entonces, las principales potencias nucleares parecieron comprender que la multiplicación de armas nucleares aumentaba el riesgo de un apocalipsis. Entre 1965 y 1968 negociaron el Tratado de No Proliferación, que entró en vigor en 1970.


El TNP representó un consenso notable, si se tiene en cuenta que ocurrió en lo peor de la Guerra Fría después de la represión soviética de la «Primavera de Praga» en Checoslovaquia. El TNP hoy tiene 191 países firmantes, entre ellos los cinco miembros permanentes del Consejo de Seguridad de las Naciones Unidas. El texto del tratado reconoce «las devastaciones que una guerra nuclear infligiría a la humanidad entera» y compromete a los firmantes a «celebrar negociaciones de buena fe sobre medidas eficaces relativas a la cesación de la carrera de armamentos nucleares en fecha cercana y al desarme nuclear».


Tras el TNP vino una serie de medidas de control de armamentos, entre las que se destacan acuerdos bilaterales entre Estados Unidos y la Unión Soviética que redujeron en forma sustancial sus respectivos arsenales. A principios de los noventa, Sudáfrica se convirtió en el primer (y todavía único) país que desmanteló en forma voluntaria su programa y arsenal de armas nucleares. La era del apartheid llegaba a su fin, y el gobierno de F. W. de Klerk, que deseaba poner fin al aislamiento internacional de su país, firmó el TNP en 1991.


Por la misma época, los nuevos estados independientes de Bielorrusia, Kazajistán y Ucrania habían heredado armas nucleares de la Unión Soviética tras su derrumbe en 1991. Pero pronto entregaron sus arsenales a Rusia y se unieron al TNP en carácter de estados no nuclearizados. Igual que Sudáfrica, todos se sometieron a que el Organismo Internacional de Energía Atómica verificara la naturaleza pacífica de sus actividades nucleares.


Por supuesto que esta tendencia positiva tuvo excepciones notables. En mayo de 1998, la India realizó varias pruebas subterráneas de armas nucleares, lo que llevó a Pakistán a hacer lo mismo. Y tras su primera exhibición de capacidades nucleares en 2006, Corea del Norte mantiene un programa nuclear y lleva adelante pruebas de misiles balísticos intercontinentales en forma periódica. Es sabido que estos tres países, junto con Israel, poseen armas nucleares, pero se mantienen fuera del TNP.


Finalmente, pese a que en 1996 la Asamblea General de la ONU aprobó el Tratado de Prohibición Completa de los Ensayos Nucleares (TPCEN), este nunca entró en vigor, porque las principales potencias nucleares no lo han ratificado. Algo similar ocurrió con el Tratado de Prohibición de Armas Nucleares, que entró en efecto en 2021 pero todavía no tiene respaldo de ningún estado nuclearizado.


El gran retroceso


Al final de la Guerra Fría, entre 1989 y 1991, había muchas esperanzas de crear un nuevo orden mundial basado en la reducción de armas nucleares, la cooperación multilateral para la seguridad y el desarrollo, y la solidaridad frente a amenazas comunes como el cambio climático y las pandemias. Pero pronto estas esperanzas se vieron frustradas, sobre todo en lo referido a las armas nucleares. Los viejos hábitos no mueren de un día para el otro (y menos aún los viejos instintos de supervivencia).


El desaprovechamiento de esa breve oportunidad para la paz creó las condiciones para el aumento de la inseguridad nuclear que hoy enfrentamos. Muchos de los acuerdos nucleares que por décadas habían apuntalado la paz en Europa caducaron o los abandonaron países firmantes clave.


Por ejemplo, en 2002, Estados Unidos (bajo el presidente George W. Bush) se retiró del Tratado sobre Misiles Antibalísticos, que desde 1972 limitaba el despliegue de sistemas defensivos contra misiles nucleares. En 2019, el gobierno de Donald Trump anunció la retirada estadounidense del Tratado sobre Fuerzas Nucleares de Rango Intermedio (que desde 1987 prohibía a Rusia y a Estados Unidos el despliegue terrestre de misiles con un alcance de entre 500 y 5500 kilómetros), aduciendo una «violación continua del tratado» por parte de Rusia (que también se retiró en marzo de ese mismo año). Y en 2020, Estados Unidos abandonó el Tratado de Cielos Abiertos (seguido por Rusia al año siguiente), que desde 2002 permitía a los países firmantes realizar vuelos de reconocimiento sobre el territorio de otros países firmantes para verificar el cumplimiento de la normativa de armas nucleares.


Es evidente que el desmantelamiento de esta compleja arquitectura de seguridad vuelve aún más peligroso el momento actual. Pero incluso si los acuerdos mencionados siguieran vigentes, la tarea de rediseño del orden mundial después de 1989 hubiera estado incompleta. Lo que surgió tras el final de la Guerra Fría ha resultado sumamente defectuoso. Muy a menudo se han ignorado las normas internacionales que prohíben el uso de la fuerza excepto en caso de defensa propia; se han incumplido convenciones que protegen la soberanía y las fronteras de los estados; y se han violado descaradamente los derechos humanos básicos. Tras treinta años de transgresiones, las normas que esperábamos instituir después de la Guerra Fría han perdido gran parte de su eficacia.


Además, pese a la necesidad ineludible del multilateralismo en nuestro mundo interconectado, muchas veces también quedó en segundo plano e ignorado. Aunque el Consejo de Seguridad tenga la atribución de «imponer sanciones (…) para mantener o restablecer la seguridad internacional», en la práctica es impotente. Su capacidad de funcionamiento se ve constantemente obstaculizada por las divisiones entre los cinco miembros permanentes con poder de veto: China, Estados Unidos, Francia, el Reino Unido y Rusia, cada uno de los cuales defiende sus propios intereses, en vez de la paz y la seguridad del mundo.


Tiempos peligrosos


Hemos llegado a este punto traídos por un orden global inestable, selectivo y lleno de lagunas y duplicidades morales. La tendencia en general positiva que imperó entre los sesenta y los noventa se ha dado vuelta. Según la Federación de Científicos Estadounidenses:


«A diferencia del inventario general de armas nucleares, la cantidad de ojivas en los arsenales del mundo (con inclusión de las asignadas a fuerzas operativas) está creciendo otra vez. Estados Unidos sigue reduciendo lentamente su arsenal nuclear. Francia e Israel tienen inventarios relativamente estables. Pero se cree que China, la India, Corea del Norte, Pakistán y el Reino Unido (y tal vez también Rusia) los están aumentando».


Como hemos visto en la guerra de Ucrania, las armas nucleares se han vuelto a convertir en instrumentos de la estrategia de seguridad. De hecho, las nueve potencias nucleares (China, Corea del Norte, Estados Unidos, Francia, la India, Israel, Pakistán, el Reino Unido y Rusia) disputan una carrera frenética por modernizar sus arsenales.


Un hecho aún más ominoso es que los estados nuclearizados tienen a su disposición nuevas tecnologías cibernéticas y de inteligencia artificial, así como misiles hipersónicos de avanzada que parecen de ciencia ficción, diseñados para evadir los sistemas de defensa actuales. Y muchos países (entre ellos Francia y el Reino Unido) mantienen sus armas nucleares en estado de alerta, lo que aumenta la probabilidad de lanzamiento (intencional, accidental o como resultado de una manipulación cibernética).


A pesar de nuestros compromisos legales del pasado, seguimos viviendo en un mundo en el que la estrategia de seguridad depende en última instancia de las armas nucleares. La gran ironía es que los países que las tienen no vacilan en dar lecciones de política nuclear a los que no las tienen, en un clásico caso de «haz lo que yo digo y no lo que yo hago». Todos deseamos que el acuerdo nuclear con Irán, del que Trump retiró a Estados Unidos en 2018, se reactive pronto. Pero la existencia de una doble vara es evidente.


Sostengo hace mucho que el sistema actual, donde algunos países tienen armas nucleares y los otros no, es injusto, peligroso e insostenible en el largo plazo. Las armas nucleares son una amenaza existencial en cualquier tiempo y lugar, sin importar quién las posea. El mundo hoy se divide en una gran mayoría de países que quieren eliminarlas, y una pequeña minoría de estados nuclearizados (y sus aliados) que siguen comprometidos con el statu quo. Pero si no podemos reducir la cantidad y limitar el uso de armas nucleares (como ya hemos hecho con las armas químicas y biológicas), sólo nos queda prepararnos para el día en que alguien abra la caja nuclear de Pandora.


Una agenda de desnuclearización


A pesar de los riesgos que enfrentamos, las crisis actuales pueden llevar a un resultado positivo. Ahora que la pandemia cedió paso a la guerra, no basta «reconstruir mejor». Lo que realmente necesitamos es construir algo totalmente nuevo, sobre cimientos de igualdad. Si los estados nuclearizados logran decidirse a revertir la peligrosa tendencia hacia la renuclearización y la competencia entre grandes potencias, tendrán que tomar varias medidas urgentes.


En primer lugar, deben desescalar las políticas actuales en materia nuclear, sacar sus arsenales del estado de alerta e implementar medidas de protección contra posibles accidentes o ciberataques. En segundo lugar, deben eliminar cualquier sistema o protocolo por el cual una sola persona pueda autorizar un ataque nuclear. Y en tercer lugar, deben renovar el compromiso con la búsqueda de un mundo libre de armas nucleares, objetivo último del TNP.


Esto demanda dejar de lado el viejo esquema basado en la disuasión (destrucción mutua asegurada). Como reconocieron en 1985 el presidente de los Estados Unidos Ronald Reagan y el líder soviético Mikhail Gorbachev, «una guerra nuclear no se puede ganar y jamás se debe librar». Para llegar a un mundo sin armas nucleares se necesitan medidas serias que promuevan el desarme. Un punto de partida obvio es poner en vigor el TPCEN.


Cada una de las potencias nucleares también debe adoptar los principios de «no ser el primero en usar» y «único propósito», es decir, que sus arsenales ya existentes no tendrán otra función que la disuasiva (y no se usarán como arma política, que es lo que ha hecho Putin). También tenemos que comenzar negociaciones para un tratado sobre materiales fisionables que prohíba la producción de nuevas cantidades de uranio altamente enriquecido y plutonio con destino a armas nucleares. Y necesitamos que Estados Unidos y Rusia (que en conjunto poseen alrededor del 90% de las algo más de 13 000 armas nucleares del mundo) reanuden las negociaciones bilaterales para la reducción de armamentos. El objetivo tiene que ser crear un sistema de seguridad colectiva en el que no haya lugar para las armas nucleares.


Finalmente, debemos movilizar a la opinión pública mundial, a fin de aumentar la presión sobre los países que poseen armas nucleares, para que se comprometan a su total eliminación. La prohibición total de poseer armas nucleares tiene que convertirse en un principio absoluto del derecho internacional, y su violación tiene que ser un tabú comparable al genocidio. Pero como nos muestran el horror que se desarrolla en Ucrania y el continuo peligro nuclear aparejado, el tiempo no está de nuestro lado.


Publicado el 09/03/2022 por Mohamed ElBaradei en Project Syndicate