LA CARRERA POR LA NEUTRALIDAD DE CARBONO

El mundo asiste a una seguidilla de anuncios de metas de reducción de emisiones de carbono. El camino hacia la neutralidad de carbono presenta diferentes velocidades y transiciones según cada país, pero la línea de llegada se mantiene. Para 2050, la humanidad en su conjunto debe dejar de tener emisiones netas, o de lo contrario el planeta se tornará inhabitable.



Por más de medio siglo, los estudios climáticos y ecológicos se han esforzado por demostrar el impacto nocivo de la actividad humana industrial sobre el planeta. Para el año 2000, la cantidad y magnitud de la evidencia llevaron al biólogo Eugene Stormer y al químico Paul Crutzen a definir una nueva era geológica: el antropoceno.

A pesar de las alertas y algunas iniciativas gubernamentales aisladas, el fracaso es innegable: el 2020 fue el año más caluroso registrado, según la NASA. En todos los continentes se registran picos de desastres ambientales y cambios irreversibles en ecosistemas; desde incendios forestales hasta huracanes, sentimos cada vez más los efectos de la crisis climática.

Para evitar impactos climáticos cada vez mayores, el Panel Intergubernamental sobre Cambio Climático (IPCC) ha establecido que para finales de siglo debemos estabilizar la temperatura global por debajo de los +2°C respecto de los niveles pre industriales y continuar nuestros esfuerzos para limitarla a +1,5°C (hoy +1.3°). Eso requiere que las emisiones de CO2 se reduzcan a cero durante la segunda mitad del siglo XXI.

Ello significa que la cantidad de dióxido de carbono emitida a la atmósfera debe ser igual a la cantidad absorbida. El logro de este equilibrio entre las fuentes y los sumideros de carbono se denomina "emisiones netas cero" o "neutralidad de carbono".

Hasta ahora, nuestra “huella” de carbono es demasiado pesada, es decir que nuestras emisiones superan las capacidades de regeneración del planeta. Es un hecho comprobado que estos gases son emitidos principalmente por actividades humanas: son nuestras propias acciones las que amenazan nuestro ecosistema.

En este contexto, en los últimos años diferentes países han anunciado sus ambiciosas metas de reducción de emisiones, decididos a lograr un balance favorable para 2050, simbólica línea roja para evitar una catástrofe planetaria. ¿En qué consisten los diferentes proyectos de neutralidad de carbono y qué implica para el desarrollo de los países?


EN SUS MARCAS, LISTOS, FUERA


Este mes, el gobierno británico anunció el plan más ambicioso en la carrera hacia la neutralidad de carbono. El primer ministro Boris Johnson fijó reducir las emisiones en un 78% para 2035 en comparación con los niveles de 1990.

Por primera vez, este Presupuesto de Carbono elaborado por Westminster incorporará las emisiones de la aviación y el transporte marítimo internacional del Reino Unido en los cálculos. El país sede de la próxima COP 26 en Glasgow superó su primer y segundo Presupuesto de Carbono y está en camino de superar el tercer Presupuesto de Carbono que finaliza en 2022.

Esto se debe a los importantes recortes de gases de efecto invernadero (GEI) en toda la economía y la industria, ya que el Reino Unido redujo las emisiones en un 44% en total entre 1990 y 2019, y en dos tercios en el sector energético. Además, sigue batiendo récords en la generación de electricidad renovable, que se ha cuadruplicado con creces desde 2010 (50% de la generación eléctrica total es baja en carbono).

En Francia, tras el Acuerdo Climático de París, la Ley de Transición Energética para el Crecimiento Verde y el Código del Medio Ambiente introdujo el principio de una Estrategia Nacional Baja en Carbono (SNBC, por sus siglas en francés). Concretamente, es una hoja de ruta que especifica las orientaciones que debe seguir Francia para reducir las emisiones de GEI con dos objetivos: apuntar a la neutralidad de carbono colectiva para 2050 y reducir la huella de carbono del consumo.

Dentro del plan del presidente Emmanuel Macron varias medidas son conocidas y sólo requieren intensificar su aplicación, mejorar la eficiencia energética (y acelerar el ritmo de la renovación), desarrollar la agroecología y la agricultura de precisión, apoyar masivamente las energías renovables y fortalecer la economía circular.

Pero otras son más sensibles, como poner fin a la venta de vehículos de combustión para 2040, cuando la industria automotriz francesa fue un símbolo de la recuperación de posguerra. Después de todo, uno de los motivos de las protestas de los “chalecos amarillos” fue el aumento del combustible debido al impuesto al carbono aplicado por el Elíseo.

A nivel continental, tanto la Unión Europea (UE) en general como Alemania en particular (su mayor economía) reafirmaron la neutralidad para 2050. En línea con los Objetivos del Desarrollo Sostenible, los planes europeos enfatizan la reconversión del sector energético, la eficiencia térmica en las construcciones, el transporte y el sector agrícola.

Por su parte, Japón pisa también el acelerador. Los gabinetes de Shinzo Abe y Yoshihide Suga prometieron una reducción del 46% para 2030 y la neutralidad para 2050, frente a las presiones ambientalistas que habían criticado a Tokio en el pasado por sus compromisos menos ambiciosos. Al mismo tiempo, el sector privado nipón se encuentra profundamente dividido entre los jóvenes y las empresas pequeñas que piden abrazar las fuentes renovables en una rápida transición post pandemia y los conglomerados económicos (como Toyota) y los lobbies (como Keidanren) que insisten en que el camino deseable es la eficiencia y la innovación tecnológica.

Las dos primeras economías del globo, Estados Unidos y China, reciben particular atención por su impacto total como principales emisores de carbono. Mientras que la nueva Administración Biden revierte con velocidad el negacionismo y parálisis de los años anteriores, Xi Jinping busca explotar al máximo el modelo tradicional mientras que invierte en convertirse en una superpotencia en renovables.

Beijing afirmó que llegará a su pico de emisiones en 2030, a contramarcha de los países mencionados. Sin embargo, igual que Washington, apunta a la neutralidad de carbono, para 2060. La paradoja del gigante asiático es descomunal: al mismo tiempo que es responsable por la mitad de electricidad a partir de carbón a nivel mundial, también es el primer país en producción eléctrica con fuentes renovables.

Estados Unidos, el segundo, produce la mitad. El gobierno norteamericano apunta a reducir en un 52% las emisiones para 2030 y que la producción eléctrica completa sea libre de emisiones para 2035. La creación del Grupo de Trabajo Nacional sobre el Clima (NCTF) por la Casa Blanca refleja la importancia que se le ha otorgado a una transición verde que genere empleos y priorice las industrias estadounidenses.

Más allá, las metas de grandes emisores como Rusia, Arabia Saudita, Turquía y Vietnam han sido catalogadas como “críticamente insuficientes” por las métricas del Panel Intergubernamental de Expertos sobre el Cambio Climático (IPCC) de la ONU. Mientras que grandes emisores como Indonesia, Corea del Sur y Sudáfrica son todavía “muy insuficientes”, las principales economías de América Latina, Canadá y Australia están lejos de las metas del Acuerdo de París.

UN NUEVO PARADIGMA


Para muchos, es el mundo en desarrollo el que menos inercia y más potencial tiene para la neutralidad de carbono. Varios pequeños países se han convertido en modelos de transición, desde Costa Rica a Marruecos y Gambia.

La neutralidad de carbono forma parte de una reconversión energética y tecnológica profunda, ya en curso. El nuevo paradigma de producción y consumo comienza con la mitigación, y de ahí que el verbo más reiterado en la agenda climática sea “reducir”.

Pero no termina ahí. Al mismo tiempo, se corre una segunda carrera donde aparecen las nociones de reconversión y creación. Desde el Banco Interamericano de Desarrollo a la OCDE, las recomendaciones internacionales señalan que la neutralidad es insuficiente -y económicamente indeseable- sin una nueva matriz de producción y consumo.

Esto implica la conservación de los ecosistemas críticos, la inversión en nuevas cadenas de valor que tengan origen y fin renovables y la generación de capital humano especializado en la agenda verde a contrarreloj. El principal reto que el mundo en desarrollo enfrenta es lograr el salto cualitativo sin las bases que el modelo tradicional le ofrece a los desarrollados como apoyo.

Naciones Unidas estima que se podrían crear 65 millones de empleos bajos en carbono para 2030. Por su parte, la Organización Internacional del Trabajo destaca que unos 2,5 millones de empleos en el sector electricidad basada en energías renovables compensaría con creces los 400 mil puestos perdidos del sector combustibles fósiles.

Más allá de los gobiernos nacionales, las ciudades, las empresas y los consumidores también forman parte de la ecuación. Mientras cada vez más compañías incorporan un Balance de Carbono en sus auditorías y se exigen evaluaciones de impacto ambiental en todo nuevo proyecto, la ciudadanía es convocada a cambiar sus hábitos de consumo, desde el manejo de residuos a la eficiencia térmica de sus hogares.

La meta está en 2050, pero la carrera comenzó hace tiempo y urge aumentar la prisa. Sin un plan para disminuir drásticamente las emisiones de gases de efecto invernadero a la atmósfera, desde los Estados a los individuos, el clima será inmanejable.


Publicado el 27/04/2021