LA FÓRMULA DE OCEANÍA PARA EL POST COVID-19

Favorecidos por su distanciamiento geográfico y sus estrategias de prevención, Australia y Nueva Zelanda controlaron rápidamente la pandemia y se preparan para activar una “burbuja” que conecte de manera segura a toda Oceanía y sirva de ensayo para darle mayor autonomía económica a la región en el futuro.



Australia y Nueva Zelanda reaccionaron ante la pandemia con las mismas herramientas de prevención y control que la mayoría de los países, pero en sólo dos meses, cada uno a su ritmo, lograron cortar y erradicar los contagios, y pueden dedicarse ya a pensar cómo se insertará Oceanía en la economía global post COVID-19.


La crisis facilitó una convergencia inédita entre Canberra y Wellington, con reuniones conjuntas de dos gobiernos liderados por políticos de signos opuestos, el centroderechista australiano Scott Morrison (Partido Liberal) y la progresista neozelandesa Jacinda Ardern (Partido Laborista).


La primera evidencia práctica de esta renovada asociación de los dos grandes de Oceanía es la puesta en marcha de una “burbuja de viajes” trans Tasmania, que a través de un “corredor seguro” les permita recuperar la actividad turística (intercambian cada año casi tres millones de viajeros), sin necesidad de esperar una incierta reapertura total al resto del mundo.


Esta “Tran-Tasman Travel Bubble” hará sus primeros test en junio e irá probando su eficiencia progresivamente, hasta darse un funcionamiento a pleno a partir de septiembre, según anticiparon funcionarios y expertos de los dos países, muy castigados en su industria turística por el frenazo que causó la pandemia.


A su vez, esta “burbuja” puede ampliarse a otros sectores económicos y después extenderse a otras naciones de Oceanía y partes de Asia, una estrategia que -en línea con la regionalización del comercio que se vislumbra tras esta crisis global- vuelva a Australia y Nueva Zelanda más dependientes entre sí y menos de potencias como China, o las del resto de Occidente.


La evolución de esta reactivación por áreas geográficas o “burbujas” regionales será una clave que determine cómo el mundo retomará el proceso de globalización, si modifica sus términos o, incluso, lo abandona con todas sus consecuencias.


El salto del canguro


El manejo del caso del crucero “Ruby Princess” en Australia, que sumó unos 600 casos a los registros del país, marcó un mal inicio en las estadísticas australianas, pero después de ese primer momento la estrategia de lucha contra el COVID-19, mucho menos estricta en términos de confinamiento que la de su vecina Nueva Zelanda, terminó dando buenos resultados, hasta casi quedarse sin contagios en junio (unos 7 mil casos y un centenar de muertos).


Australia (25 millones de habitantes) coincidió con Nueva Zelanda (5 millones) en cerrar sus fronteras a sus no ciudadanos desde febrero y permitir el ingreso de australianos y neozelandeses residentes en el otro país. Al final, los dos vecinos tuvieron una proporción parecida de casos (26-30 cada 100 mil hab, cuando Estados Unidos roza los 1.000/hab) y de muertes (4/millón).


El país venía ya de soportar la dura experiencia de los masivos incendios forestales durante el verano 2019-2020, que consumieron 60 mil km2 y causaron 24 muertes. Sydney y Melbourne quedaron envueltas en humo y se distribuyó alimentos y agua en toda la costa. El gobierno de Morrison fue muy criticado, pero ante el COVID-19 reaccionó mejor: declaró una pandemia antes que la propia OMS.


Australia optó por una estrategia de más largo plazo que Nueva Zelanda, con un régimen de cuarentena más suave, que permitió algunos traslados entre ciudades y reuniones sociales de pocas personas y salidas recreativas a los parques. El gobierno recurrió a conferencias públicas y una cadena de mensajes oficiales.


Sin embargo, el país no tuvo la misma suerte económica que en 2008, cuando eludió técnicamente la recesión durante la crisis financiera global y pudo mantener un larguísimo récord de crecimiento ininterrumpido de 27 años -hasta ahora- que la convirtió en la 14ta economía mundial.


El COVID-19 causó una brutal contracción del 10% a la economía australiana (la peor desde la recordada sequía de 1931, y que ya venía del menor crecimiento en la última década (1,4% en septiembre de 2019). Los sectores más afectados fueron el turismo, el comercio y la construcción.


Morrison aprobó una batería de medidas anticíclicas. Incluyó un plan de estímulo fiscal de USD 80 mil millones por seis meses, para proteger cientos de miles de empleos y financiar a empresas y hogares. También una compra de deuda soberana. En total, las autoridades se pusieron una meta de USD 208 mil millones en recursos fiscales y monetarios, por el 16,4% del PIB.


La versión kiwi


Nueva Zelanda acompañó la primera ola de países que impusieron cuarentenas, pero el gobierno de Ardern estableció uno de los regímenes de confinamiento más estrictos del mundo, y dio tan buenos resultados como los de Australia (los dos mejores de toda la OCDE). El gobierno laborista ordenó el cierre de escuelas, comercios, cafés y restaurantes-


Doce semanas más tarde, las autoridades neozelandesas declararon erradicados los contagios y dieron de alta al último caso activo de COVID-19 en el país (registró 1.154 contagiados y 22 muertos).


Nueva Zelanda eligió una estrategia basada en niveles (del 1 de alerta al 4 de la cuarentena general) tomando el mismo concepto utilizado por su vecino Australia para incendios forestales. Nadie se atrevió a salir a las calles sin permiso ni a desafiar el cierre de pubs, clubes y templos. Sólo abrieron supermercados, estaciones de servicio y farmacias. Los neozelandeses podían sí salir a ejercitarse una vez al día.


En junio se reabrieron comercios, tiendas, gimnasios y espacios de juegos. Se permiten reuniones de familias y amigos de hasta 10 personas. Las escuelas van abriendo sus puertas gradualmente y las empresas deberán asegurar el distanciamiento entre empleados, así como las mesas en los bares y restaurantes.


Ardern introdujo un paquete inicial de estímulo en la economía de Nueva Zelanda, por más de USD 7.300 millones (4% del PIB), el esfuerzo más grande hecho por el país en tiempos de paz, por encima de la crisis de 2008. “"El gobierno está haciendo todo lo posible para proteger la salud de los neozelandeses y la salud de nuestra economía", dijo la premier.


La mayor parte de los fondos fueron destinados a mantener empleos con subvenciones a empresas, además de desembolsos directos en pensiones y ayudas para afrontar pagos de servicios como la electricidad. También se rebajó impuestos. En enero, el gobierno laborista ya había aprobado otro paquete similar para relanzar la economía, ante la incipiente recesión global.


El camino del medio


La pandemia dejó establecidas nuevas prioridades de agenda pública en todo el mundo, desde el teletrabajo hasta los sistemas sanitarios públicos, pero también desafía la validez de paradigmas de la globalización que la guerra comercial y una creciente tendencia aislacionista ya habían cuestionado.



Las cadenas globales de valor (CGV), que al cortarse bruscamente dejaron en evidencia la fragilidad de muchos países ante los vaivenes de la la globalización, se verán desafiadas por renovados impulsos nacionales a recuperar la producción integral de bienes fronteras adentro y renegar de la acelerada deslocalización de las últimas décadas.


En ese sentido, la reconfiguración que puede experimentar la economía mundial después del COVID-19 ofrece a naciones medias como Australia y Nueva Zelanda una oportunidad de fortalecer los intercambios bilaterales y regionales, sin renegar de las ventajas de comerciar con la gran potencia asiática, China, ni con Occidente.

Hoy, Oceanía es altamente dependiente de China, el principal socio comercial de Australia y Nueva Zelanda. En 2019, Australia obtuvo el 32,6% de sus ingresos de exportación de China (hierro, carbón y gas natural, así como educación y turismo). El 23% de las exportaciones neozelandesas se destinaron a China en 2019

Si se trata de vulnerabilidad y dependencia en caso de pandemias, Australia importa ahora más del 90% de los medicamentos y Nueva Zelandia importó casi USD 1.000 millones de dólares de Estados Unidos en productos farmacéuticos en 2019.


Así, los dos países tienen pendiente potenciar sus intercambios (Nueva Zelanda representa solo el 3,5% del total del comercio de Australia), pero además coordinarse para añadir valor a sus exportaciones, complementar sus recursos y capital, y hacerlo de tal manera de mejorar sus ventajas competitivas en la región.


Muy bien conectados por aire y por mar, Australia y Nueva Zelanda se rigen por el Acuerdo de Libre Comercio que firmaron en 1983. Pero hasta ahora Nueva Zelanda ha enviado básicamente recursos naturales y alimentos a Australia, que a su vez despacha vehículos, maquinaria y mecánica, una relación con mayor potencial.


En plena crisis del COVID-19 Australia y Nueva Zelanda acordaron con Canadá, Corea del Sur y Singapur hacer un esfuerzo conjunto para reanudar el flujo de bienes, servicios y personas, para mantener las cadenas de suministro esenciales, pero ése fue un movimiento multilateral táctico de emergencia.

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Burbujas y pinchazos


En lo inmediato, la “travel bubble” turística sin cuarentenas promete ser el inicio de un nuevo camino en el que Australia y Nueva Zelanda tomen la iniciativa, sin esperar a que la economía global retome su ritmo pre COVID-19. Los australianos representan unos 1,5 millones (40%) de los arribos internacionales a Nueva Zelanda. Unos 1,4 millones de neozelandeses viajan a Australia (15%).


"Una vez que hayamos establecido reglas de viaje seguros en Tasmania, vamos a explorar las oportunidades de ampliarlos al resto del Pacífico permitiendo la conexión entre Australia, Nueva Zelandia y los países insulares del Pacífico", declarararon conjuntamente Ardern y Morrison.


Los dos gobiernos apuestan a que la burbuja de viajes trans-Tasmania, como corredor seguro mientras persista la pandemia, ayudará a la recuperación comercial y económica de los dos países, a poner en marcha a los sectores del turismo y el transporte.


Estas “burbujas” que se forman también en Asia y Europa, reactivan tibiamente la economía global pero resultan, para algunos, sólo el principio de conexión que restablecerá la globalización al ritmo que se viene desplegando hace décadas.


Para otros, al contrario, estamos frente a un orden geopolítico nuevo: una “bubblelization” o burbujización que ahora es turística, luego será comercial y finalmente de inversiones, y que pondrá un freno a la globalización y volverá a levantar viejos límites de países y bloques en el mundo post COVID-19.


Entonces, ¿qué sigue para Oceanía? ¿Dónde la encontrará un eventual y traumático pinchazo de la globalización? ¿Cómo afectará al continente el mismo distanciamiento geográfico que lo protegió del coronavirus? ¿Cómo resolverán su actual dependencia comercial con China, si hasta Estados Unidos ha desarrollado con Beijing una interconexión económica tan difícil de desarticular a corto plazo?


Con una perspectiva más amplia, la “Estrategia asiática para la recuperación y la reconstrucción después de COVID-19” elaborada por un grupo de expertos en política y economía de la región, instó a Australia y a sus vecinos asiáticos, incluida China, India, Japón y los 10 Estados miembros de la Asociación de Naciones del Asia Sudoriental (ASEAN), a coordinar políticas financieras, comerciales, de salud pública y de seguridad alimentaria después de la pandemia.


"Nuestra economía se basa fundamentalmente en Asia. Tenemos que cambiar nuestro enfoque, particularmente ahora que los países de la región se están recuperando mucho más rápido", resumió Adam Triggs, coautor del plan y e investigador económico de la Universidad Nacional Australiana (ANU).


"Por qué seguimos centrándonos en Europa y en los socios tradicionales occidentales en materia económica, es algo un poco extraño", ironizó.


En vísperas de la pandemia Nueva Zelanda y Australia se sumaron a la Asociación Económica Regional Integral (RCEP), el mayor acuerdo de libre comercio del mundo, con la ASEAN, Japón, China y Corea del Sur. La firma estaba prevista para febrero pasado.


El COVID-19 sólo postergó el inicio de un camino en el que Oceanía puede reconfigurar su dinámica económica y comercial regional y redefinir su inserción en el mundo.

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