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"La gobernanza de un mundo posoccidental," por Mark Leonard

Cuando este mes los líderes de la OTAN se congreguen en Vilnius para la cumbre anual de la alianza, demostrarán que la organización, con su unidad renovada en el apoyo a Ucrania, está muy lejos de la «muerte cerebral» que el presidente francés Emmanuel Macron tristemente le atribuyó en 2019. Pero la nueva vitalidad de la OTAN se contradice con un problema más grande: una transformación más amplia, de la que sirve de ejemplo la incapacidad de Occidente para convencer al resto del mundo de que la defensa de Ucrania también le interesa.



En un mundo en el que la dinámica del poder cambia a ritmo acelerado, una revolución silenciosa está remodelando el multilateralismo y deja a Occidente y a sus instituciones cada vez más rezagados. Parafraseando las palabras del ministro de asuntos exteriores de la India, los problemas de Occidente ya no son los problemas del mundo.


Este fenómeno puede resultar sorprendente para quienes cuando terminó la Guerra Fría apostaron al poder transformador de las instituciones de gobernanza internacional post‑1945. El instinto de Occidente fue recalcar la naturaleza universalista de estas instituciones y ampliar su alcance. Se esperaba que subir a los países recalcitrantes al barco les quitaría deseos de hundirlo. La idea era que con tiempo suficiente, se convertirían en lo que el entonces subsecretario de Estado de los Estados Unidos Robert B. Zoellickdenominó «partes interesadas responsables».


Pero el pronóstico falló, en particular porque a China (principal destinataria de la idea de partes interesadas responsables) nunca se la obligó a elegir entre integración y revisionismo. Tras recibir un lugar en las instituciones internacionales, aplicó una estrategia tripartita: extraer el mayor valor posible de ellas y al mismo tiempo preservar su propia soberanía y construir instituciones paralelas. Estas incluyen el grupo BRICS (Brasil, Rusia, la India, China y Sudáfrica), el Nuevo Banco de Desarrollo y el Banco Asiático de Inversión en Infraestructura, pensados como alternativas al G7, al Fondo Monetario Internacional y al Banco Mundial, respectivamente.


Occidente no se dio cuenta de esta realidad hasta la crisis financiera global de 2008. Desde entonces, ha imitado las prácticas de China, tratando de promover sus propios intereses y valores mediante una estrategia tripartita similar. Estados Unidos, por ejemplo, volvió a involucrarse con las Naciones Unidas para contrarrestar la influencia china, pero al mismo tiempo fue creando instituciones paralelas propias: el Consejo de Comercio y Tecnología con la Unión Europea, el Diálogo Cuadrilateral de Seguridad (o «Quad», con Australia, la India y Japón) y el AUKUS (con Australia y el Reino Unido).


Los gobiernos occidentales también hacen grandes esfuerzos para crear más tejido conectivo entre las instituciones euroatlánticas y las de la región de Asia y el Pacífico, por ejemplo invitando a sus socios asiáticos a las cumbres de la OTAN. Pero lo más sorprendente es el nuevo énfasis en «clubes climáticos» excluyentes, en los impuestos al carbono en frontera y en la relocalización de procesos productivos a países amigos. Con la aplicación de estas ideas, Occidente ha debilitado todavía más las instituciones post‑1945, y al hacerlo, ha disminuido todavía más la credibilidad de esas instituciones (y la suya propia) a ojos del resto del mundo.


El problema de esta estrategia de suma cero, por supuesto, es que puede dificultar todavía más la solución de desafíos globales apremiantes. En lo referido al cambio climático, la guerra en Ucrania y la amenaza de futuras pandemias, las instituciones de gobernanza global tradicionales se han mostrado incapaces de generar soluciones cooperativas, en parte por su propia pérdida de credibilidad.


Muchos querríamos que el modelo de gobernanza global de los noventa hubiera funcionado, pero es difícil negar que la vieja ética de «partes interesadas responsables» ahora tiene que ceder paso a una nueva ética mejor adaptada a un mundo multipolar.


Lamentablemente, los occidentales tendrán que reducir sus aspiraciones de universalismo, y pensar en las instituciones internacionales no tanto como fuentes de soluciones sino más bien como lugares para compartir información y facilitar la gestión y resolución de conflictos. La ONU no puede evitar la competencia entre grandes potencias, pero puede ayudar a poner salvaguardas. El mundo necesita con urgencia más esfuerzos para reducir la probabilidad de guerras (y no sólo por Taiwán), y todavía necesita diplomacia para poner fin a conflictos como el de Ucrania. El objetivo tiene que ser lo que el asesor de seguridad nacional de los Estados Unidos Jake Sullivan denomina competencia sin catástrofe.


Hay que reimaginar la gobernanza global para una era no cooperativa. En lo referido al cambio climático y a la COVID‑19, los logros del multilateralismo han sido pequeños: los mayores avances los impulsaron la rivalidad y la competencia. Lo mejor sería cooperar, pero allí donde no sea posible, estructuras de incentivos similares podrían funcionar también en otras áreas.


También debemos reconocer que muchas cosas hoy no pasan por las instituciones lideradas por Occidente. En el ámbito de la pacificación y la seguridad, Occidente ya comenzó a aceptar la realidad de un mundo más fragmentado. En Siria, Mozambique y la República Democrática del Congo, y en la rivalidad entre Arabia Saudita e Irán, las potencias no occidentales están teniendo un papel más importante como intermediarios. En general Occidente ha cedido a esta nueva lógica y ha participado donde fuera necesario, pero atendiendo a las realidades locales en vez de dejarse llevar por el pensamiento ilusorio.


En vez de obsesionarse pensando a quién invitar a los procesos que lidera, Occidente debería mirar a su alrededor. ¿Con qué instituciones e iniciativas no occidentales tiene sentido relacionarse, y en qué ámbitos (regulaciones, fijación de estándares, etc.) las potencias occidentales pueden ayudar a conseguir resultados favorables?


Aceptar el nuevo mundo multipolar no implica aislarnos de todo. Sin dejar de crear nuevas instituciones con países afines, Occidente tiene que seguir relacionándose en forma constructiva con los actores no occidentales. La cooperación internacional no es incompatible con la competencia. Teniendo en claro sus intereses y capacidades, Occidente puede aprovechar mucho mejor su todavía considerable influencia. Los resultados serán mejores que cualquier cosa que pueda surgir de una retirada al solipsismo.


Publicado el 06/07/2023 en Project Syndicate por Mark Leonard

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