"Los costos en capital humano de la crisis", por Barry Eichengreen



El presidente estadounidense Donald Trump nos dice que una vez que se contenga la COVID-19 y sea seguro volver a trabajar la economía «volverá a ser grandiosa». ¿Está en lo cierto?


Hay al menos un motivo para pensar que sí. Después de todo, a diferencia de un huracán o un terremoto, la pandemia no causó daños al stock físico de capital. Por lo tanto, sostienen Trump y sus asesores, podemos retomar donde nos detuvimos. La economía se tomó una pausa, pero ahora la producción regresará rápidamente a los niveles previos a la crisis y el crecimiento seguirá como antes.


Nos dicen incluso que la economía será más fuerte que nunca. Quienes esperaron para comprar un automóvil porque no era seguro visitar el concesionario, lo harán ahora. Las empresas que habían pospuesto sus planes de expansión redoblarán la inversión. Los equipos de béisbol que no pudieron jugar en primavera programarán partidos consecutivos en el mismo día para el otoño.


Desafortunadamente, la realidad no se comportará según el escenario color de rosa de Trump. Los hogares que se dan cuenta de que carecen de reservas financieras para lidiar con circunstancias imprevistas aumentarán sus ahorros precautorios y seguirán posponiendo la compra de ese automóvil nuevo. Las empresas no invertirán para ampliar su capacidad hasta que estén seguras de que el virus no volverá. Como los países en vías de desarrollo ingresarán a la crisis y saldrán de ella después que Estados Unidos, las exportaciones serán débiles.


La buena noticia es que el gasto público puede reemplazar al gasto privado que desaparezca. Con las tasas de interés por el piso, EE. UU. aún tiene margen fiscal, a pesar de su gigantesco déficit. Es importante reconocer que el estímulo fiscal será necesario durante un período prolongado, dado que el ahorro precautorio y la débil inversión continuarán. Hay que resistir la tentación de cerrar el grifo fiscal demasiado pronto, como hicieron Estados Unidos (y Europa) en 2010.


Pero el daño que causa la crisis al lado de la oferta no se repara tan fácilmente. Inevitablemente, las cadenas de aprovisionamiento tendrán que ser reestructuradas en modos que aumentarán los costos de producción. Aun cuando tengan que pagar más, las empresas producirán más cerca de casa, ya sea porque estarán más conscientes del riesgo que implica depender de operaciones lejanas, o en respuesta a los argumentos políticos para lograr la autosuficiencia nacional en la provisión de productos esenciales. Para las empresas, una mayor seguridad y certeza implicarán mayores costos y menor productividad, lo que se traducirá en precios más elevados para los consumidores.


Pero este es un problema pequeño comparado con el impacto sobre el empleo. Los trabajadores que sufren el desempleo cuando la situación económica empeora pueden quedar marcados permanentemente. Disminuye su capacidad para crear vínculos duraderos con sus empleadores y es más probable que experimenten episodios adicionales de desempleo. Sus salarios tienden a ser menores, no solo inmediatamente después del evento sino por décadas, incluso durante toda su vida laboral. Los menores salarios son señal de que la productividad de esos trabajadores se ha visto afectada.


En otras palabras, aunque no hubo destrucción del capital físico durante la pandemia, el riesgo de daños al capital humano es significativo. En un momento en que el desempleo en EE. UU. va camino a alcanzar y superar el 25 %, esta es una preocupación grave.


La evidencia histórica de los efectos negativos del desempleo en el capital humano es amplia. Mi colega en Berkeley, Jesse Rothstein ha documentado su difusión después de la Gran Recesión. Mi maestro, Nick Crafts, ahora en la Universidad de Warwick, analizó su omnipresencia durante la Gran Depresión.


En parte, estos efectos reflejan las fricciones que surgen cuando se rompe el vínculo de un trabajador con una empresa. Las habilidades específicas para una cierta empresa dejan de ser valiosas cuando esa empresa desaparece. Incluso cuando el conjunto de habilidades del trabajador tiene un campo más amplio de aplicación, encontrar otro empleador adecuado puede llevar tiempo. Esto sugiere que EE. UU. corre más riesgos de desperdiciar el capital humano que los países europeos, donde los gobiernos están implementando ambiciosas políticas para proteger las relaciones entre empleadores y empleados.


El desempleo y las privaciones también pueden producir desmoralización, depresión y otros traumas psicológicos, que reducen la productividad de las personas afectadas y su atractivo para los empleadores. Vimos esto en la década de 1930, no solo en la reducción de las tasas de participación en la fuerza laboral sino también en el aumento de las tasas de suicidio y las menores tasas de matrimonio. También en este caso uno se preocupa especialmente por EE. UU., dada su red de seguridad relativamente limitada, su crisis de opioides y sus «muertes por desesperación».


Muchas de estas consecuencias negativas son más frecuentes cuando el desempleo es recurrente o prolongado. Si este empeoramiento de la situación económica resulta ser tan breve como profundo, podemos esperar que la pérdida de capital humano, el daño a la capacidad productiva de la economía, y el dolor y sufrimiento que traigan consigo sean limitados.


La duración de la situación desfavorable dependerá, sobre todo, de nuestro éxito para contener al coronavirus y mitigar sus efectos. Y ese éxito dependerá, a su vez, de nuestra cohesión como sociedad y de la calidad de nuestros líderes. Para los estadounidenses, no es una nota de cierre muy esperanzadora.


Publicado por Barry Eichengreen, el 10 de abril de 2020.

  • Facebook
  • Twitter
  • YouTube
  • Instagram