"No estamos en la Guerra Fría", por Lautaro N. Rubbi



Muchos han descrito las crecientes tensiones entre China y los Estados Unidos como una nueva Guerra Fría. Analistas, periodistas, políticos y público en general han apelado a este mantra por igual. Es cierto, ambas potencias se encuentran en una competencia estratégica en múltiples ámbitos que genera roces constantes. Sin embargo, este tipo de analogías implica simplificaciones que incitan a la confusión y la prescripción de políticas inadecuadas, tanto en las grandes potencias como en los países periféricos como la Argentina. En su pico, la Guerra fría implicó un sistema global de países alineados en torno a los Estados Unidos y la Unión Soviética. Se trataba de un sistema de victoria o derrota total, donde lograr compromisos mutuos de largo plazo era prácticamente impensable. La Guerra Fría fue intensa, categórica y altamente peligrosa, marcada por una tensión nuclear constante. Si bien similar en algunos aspectos, el contexto actual es distinto en muchos sentidos.


En primer lugar, el sistema ya no es marcadamente bipolar. Si bien en lo económico China y los Estados Unidos compiten de forma directa, el plano militar, según prácticamente cualquier indicador, es más bien unipolar. En otros escenarios, el mundo de hoy es más bien multipolar. Así como China es revisionista en su ascenso, Rusia es revanchista en su declive, contando aún con un inmenso poder militar y una importante influencia estratégica a nivel mundial. Al mismo tiempo, a pesar de sus problemas internos, Japón y la Unión Europea siguen siendo importantes actores económicos y otros grandes países como India tienen creciente influencia en sus regiones.


Simultáneamente, otras amenazas como el terrorismo, el crimen organizado y la presencia de dictadores de pequeños Estados con creciente capacidad de destrucción, han tomado parte del protagonismo. Además, la presencia de nuevas tecnologías ha abierto nuevas oportunidades para la cooperación y el conflicto en el ciberespacio y han empoderado al individuo como nunca antes. La ausencia de liderazgos claros y la difusión de poder son más bien características de un Sistema Apolar.


En tercer lugar cabe destacar que, si bien los Estados Unidos y China ejercen cierta influencia en otros países, esta dista mucho del grado que alcanzó durante la Guerra Fría, cuando el mundo se dividía en dos grandes bloques, alineados ideológica, política, económica y militarmente con las grandes potencias, por atracción o por coacción. En la era Trump, el valor estratégico de los aliados no se impone necesariamente sobre otras consideraciones. Por su parte, China apenas cuenta con una única alianza militar firme (con Corea del Norte).


Finalmente, la ideología ya no es uno de los principales determinantes del sistema. Si bien China y los Estados Unidos difieren en muchos aspectos, los conflictos de orden ideológico son menos marcados que en el pasado y difícilmente lleven a una guerra directa por su propia cuenta. Los roces responden más a competencias económicas, estratégicas y militares antes que a ver al otro ideológicamente como un enemigo irreconciliable. Asimismo, a diferencia de la Guerra Fría, ambas potencias tienen fuertes lazos económicos, financieros y comerciales, que limitan hasta cierto punto la conflictividad. Su interdependencia, si bien no asegura la paz, tiene impacto sobre sus intereses y los medios admisibles para conseguirlos.


Sea cuál sea el sistema internacional en el que vivimos, no es el mismo de la Guerra Fría. Está orientado en muchos sentidos por la conflictividad, la tensión entre las superpotencias y la lucha por el poder, pero llamarlo Guerra Fría promueve la confusión antes que la clarificación en un mundo que, de por sí, ya es muy incierto. Si queremos aplicar lecciones de la historia, debemos estar tan atentos a las diferencias como a las similitudes.


En cuanto a la Argentina, esto significa entender que se encuentra en una situación de doble periferia, frente a un Estados Unidos que ve disputada su hegemonía en el plano global, pero que mantiene (y mantendrá por varias décadas más) el predominio regional y una China en rápido ascenso que busca acrecentar su influencia en América Latina, tanto comercial como política y militarmente. Pero, al mismo tiempo, implica entender que, ausente la lógica maniquea propia de la Guerra Fría, es posible para un país periférico mantener relaciones beneficiosas con ambas potencias. El difícil equilibrio de intereses dependerá de una diplomacia formada, flexible, racional y prudente, que debe comenzar ante todo por entender las realidades del mundo en el que vivimos y no del que quisiéramos vivir.


Publicado por Lautaro N. Rubbi, investigador docente de Fundación UADE – CONICET

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