¿Quién gobierna Irán?
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La imagen del presidente y su canciller repudiados en los funerales de Alí Khamenei sugieren una pugna abierta entre facciones bajo el liderazgo de su hijo Mojtaba Khamenei, en la que la poderosa Guardia Revolucionaria parece imponerse en tiempos de guerra con EEUU.
La reanudación de la guerra abierta contra Estados Unidos, tras una tregua largamente negociada a nivel diplomático que sólo duró tres semanas, reforzó en Irán el liderazgo del Cuerpo de la Guardia Revolucionaria (IRGC), en desmedro del ala más política y conciliadora pero debilitada que representa el presidente Massoud Pezeshkian.
El renovado intercambio de misiles y drones en el Golfo Pérsico, coincidió con el final de los masivos funerales de Alí Khamenei, el último Líder Supremo (1989-2026) muerto el 28 de febrero en los ataques con los que EEUU abrió la guerra, e inhumado en su ciudad santuario de Mashhad.
Su hijo, Mojtaba Khamenei, fue elegido en marzo como nuevo Líder Supremo de la Revolución Islámica, el tercero desde su fundación por el ayatollah Rullolah Khomeini (1979-1989), quien dio forma a las instituciones de la teocracia que reemplazó al régimen y pro estadounidense del sha Reza Pahlavi (1941-1979).
Pero Khamenei (h) resultó gravemente herido en su rostro y una pierna en el mismo ataque en el que murió su padre según fuentes occiedentales, y no volvió a aparecer en público. Elegido según todas las reglas establecidas y por todos los estamentos, sólo se pronunció a través de comunicados escritos, y desde un paradero desconocido.
Sin embargo, su formación bajo la Guardia Revolucionaria sugirió a los analistas internacionales que el ala más dura del régimen impondría sus puntos de vista en plena guerra. Cuatro meses más tarde, la IRGC sale fortalecida con el éxito de su estrategia bélica: asumir daños en el programa nuclear y en instalaciones militares, pero controlar y/o bloquear directamente el Estrecho de Ormuz.
Los funerales de Khamenei, que movilizaron a millones de personas, dejaron dos conclusiones: que el ánimo nacionalista predomina hoy en las calles sobre el purismo religioso y que el ala política del régimen se ve debilitada. El presidente Massoud Pezeshkian fue repudiado al grito de “muerte al conciliador” y su canciller, Abbas Araghachi, fue corrido por las calles de la capital.
Así las cosas, en el particular sistema institucional de Irán
-con un Líder Supremo de amplias facultades religiosas y políticas pero complementado por un Parlamento y un poder ejecutivo con un Presidente y ministros- los jerarcas militares de la Guardia Revolucionaria cercanos a Khamenei (h) confrontan con el resto de los poderes.
De la represión al estrecho

Esta guerra había seguido a masivas protestas en semanas previas por la pésima situación económica del país -como cuatro años atrás contra las imposiciones religiosas- que fueron reprimidas y que alentaron entonces al presidente Donald Trump a impulsar en Irán un “cambio de régimen”, una posibilidad muy lejana hoy, cuando los iraníes se encuentran todos, por igual, bajo fuego extranjero.
En junio, el New York Times reveló una historia de que Israel había tejido un plan al inicio de la guerra para que, ante un derrumbe del actual régimen iraní, quedase al frente del país el ex presidente Mahmoud Ahmadineyad (2005-2013), enfrentado con el liderazgo de Alí Khamenei y bajo arresto domiciliario en Teherán.
El plan se inspiraba en el malestar social provocado por la crisis de la economía iraní -bajo sanciones occidentales- que en enero había desencadenado protestas masivas en las calles, reprimidas violentamente por la Guardia Revolucionaria y que, según reportes occidentales, dejaron hasta decenas de miles de muertos.
Estas manifestaciones tenían un poderoso antecedente en las de 2022, cuando muchos iraníes salieron a la calles para denunciar la muerte a manos de la Policía de una joven iraní de origen kurda, Masha Amini (22), por no llevar su velo según las normas más estrictas del credo musulmán chií, que es mayoría en el pais.
Sin embargo, la guerra cristalizó un ánimo nacionalista y, con la muerte de Khomeini, empoderó aún más a la Guardia Revolucionaria, pese a que días después perdió a su propio líder, Ali Larijani, jefe del Consejo Supremo de Seguridad Nacional y considerado un engranaje clave entre las distintas facciones militares, civiles y religiosas, al punto que se mencionó que el malherido Mojtaba Khomeini lo había designado heredero en caso de que muriera, como su padre.
“El sistema iraní es resistente y está diseñado para soportar golpes como este”, dijo entonces Barbara Akbari, del think tank Stimson Center, de Washington. “Una de las maneras en que lo logran es mediante una defensa mosaico, esencialmente el proceso a través del cual los comandantes regionales y provinciales del aparato militar del país están facultados para actuar de forma autónoma”, explicó Akbari.

El predominio de la IRGC en el gobierno del país quedó confirmado con la designación de un excomandante de la Guardia Revolucionaria, Mohammad Bagher Zolghadr, al frente del Consejo Supremo de Seguridad que coordinó la guerra con EEUU e Israel que dejó al país varios miles de muertos, daños graves en infraestructura civil, militar y nuclear, pero mantuvo el régimen en pie.
Y, más importante, logró convertir el control militar y comercial del Estrecho de Ormuz, por donde antes del conflicto pasaban libremente una quinta parte del crudo y del gas natural consumido en el mundo -además de fertilizantes e insumos químicos industriales claves como el helio- en un elemento de negociación que hizo olvidar las pretensiones de Trump de cambiar el régimen, inutilizar toda su capacidad nuclear y, tal como llegó a decir, borrar la civilización persa del mapa.
Aunque Trump llegó a decir mientras se negociaba un cese del fuego que los nuevos dirigentes iraníes eran “mucho más razonables” que los anteriores, queda a la vista otra realidad. La República Islámica sigue en pie, aunque el régimen luzca menos religioso y más pragmático.
Lo cierto es que la Guardia Revolucionaria diseñó y ejecutó la respuesta militar iraní a EEUU e Israel, y también la estrategia de atacar a los países vecinos del Golfo y de cerrar el estrecho de Ormuz, lo que cambió la guerra. Fue Mohammad Bagher Ghalibaf, presidente del Parlamento y pero ex general de la Guardia, quien negoció la tregua con el vicepresidente James D. Vance en Islamabad.
En esas tratativas, el presidente Pezeshkian y su gabinete quedaron al margen de las decisiones más importantes, y el canciller Araghchi fue directamente relegado en las negociaciones de paz, aunque había sido el que las allanó.
“Considerémoslo la República Islámica 3.0”, comentó Farnaz Fassihi, corresponsal el New York Times en Teherán. “La religión está desapareciendo. Los generales dirigen el país. Y el Líder Supremo está con ellos”.
Enviados occidentales en los funerales de Khamenei destacaron la variedad social apreciada en las calles, desde clérigos y mujeres con estricto chador, hasta jóvenes de look personal occidentalizado animados por música cantada (algo, teóricamente, prohibido).
Presagios cumplidos

Por ahora, en sus comunicados escritos el Líder Supremo sigue sin aparecer públicamente ni fijar las grandes líneas conceptuales que permitan confirmar que seguirá apoyándose en la Guardia Revolucionaria que se expandió con su padre, que lo educó a él y cuyo apoyo fue clave para designarlo entre otros candidatos.
Cuando debió apoyar la tregua acordada con Estados Unidos, Mojtaba Khamenei -quien servía de enlace de los servicios de seguridad con su padre cuando era Líder Supremo- dejó al descubierto que si bien se alineaba con la línea más dura del régimen, liderada por la Guardia Revolucionaria, no estaba totalmente en condiciones de desconocer al ala más proclive a buscar un acuerdo.
"En principio -escribió- yo tenía una opinión distinta, pero debido al compromiso que el respetado presidente de Irán (Pezeshkian, ndr) asumió en nombre propio y del resto de sus miembros de preservar los derechos del pueblo iraní y del eje de la resistencia, y al aceptar la responsabilidad correspondiente, lo autoricé".
A diferencia del liderazgo que ejerció Alí Khamenei durante 37 años, “no existe una autoridad central efectiva capaz de reconciliar a las diversas facciones que luchan por el control”, afirmó Ali Ansari, historiador especializado en Irán de la Universidad de St. Andrews, en Escocia.
De hecho, en una de sus primeras declaraciones, en plena guerra, el nuevo Líder Supremo reconoció la existencia de “debilidades económicas y de gestión de larga data” en Irán, aunque sin especificar cuáles eran ni cómo deberían ser encaradas.
Con la reanudación de la guerra, los presagios de Mojtaba Khamenei y las prevenciones del liderazgo militar sobre el éxito final de un acuerdo de paz con EEUU que le permitiera a Irán un desarrollo nuclear, que levantara las duras sanciones que arrastra y reconstruir así su economía resultaron ambas ciertas, y muy probablemente consoliden su alianza frente a las demás facciones.
Como vaticinó en su primer comunicado, “el pueblo exige que prosigan con una defensa eficaz y humillante para el enemigo. También es esencial utilizar la palanca del cierre del estrecho de Ormuz. Se analizó abrir nuevos frentes en los que el enemigo tiene poca experiencia y será vulnerable. Estos frentes se activarán si la guerra continúa y según los intereses superiores de la nación”.
Las divisiones existentes no parecen haber obstaculizado tanto al gobierno, según Ray Takeyh, del Council on Foreign Relations (CFR). “Es natural que haya opiniones divergentes sobre cuestiones de tal trascendencia. Pero que existan diferencias no significa que el proceso de toma de decisiones esté paralizado”, concluyó.
Mojtaba “heredó el cargo de Líder Supremo, pero, al igual que ocurrió con su padre, le llevará entre cuatro y ocho años consolidar su autoridad y su control”, completó Ali Alfoneh, del Arab Gulf States Institute. “Es tal el poder institucional y los recursos económicos a disposición, que si el Líder Supremo está en pleno ejercicio de sus funciones, es imposible que sea anulado por centros de poder alternativo”..
