"China necesita un nuevo modelo de crecimiento", por Eswar Prasad
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La economía china se está recuperando, pero al mismo tiempo atraviesa graves dificultades. Los datos recientes respaldan ambas perspectivas; sin embargo, la calma aparente oculta problemas estructurales profundos que perjudican las perspectivas de crecimiento no solo de China, sino de todo el mundo.
Quizás haya motivos de preocupación, pero no para entrar en pánico. La economía parece avanzar a buen ritmo, registrando un crecimiento del PIB de aproximadamente el 4,3 % anual. La inflación ha vuelto a terreno positivo y los precios a la salida de fábrica también aumentan tras un largo periodo de deflación. Asimismo, los beneficios industriales parecen estar repuntando.
No obstante, ni siquiera las estadísticas oficiales logran ocultar las fragilidades subyacentes. El débil crecimiento del consumo de los hogares implica que la demanda interna no sigue el ritmo de la producción de la maquinaria industrial china, lo que obliga a depender de las exportaciones para compensar el desequilibrio.
La inversión del sector privado está cayendo, lo que sugiere un entorno empresarial desfavorable y una falta de confianza en el gobierno. Además, la inflación está impulsada por el aumento de los precios de la energía y no por un fortalecimiento de la demanda.
Por su propio bien y por el del resto del mundo, China necesita un nuevo modelo de crecimiento. Esto requiere cambios fundamentales.
En primer lugar, debe reducir su dependencia de la inversión pública y las exportaciones como motores del crecimiento.
En segundo lugar, debe resolver la crisis del sector inmobiliario y encontrar alternativas para generar producción y riqueza.
En tercer lugar, China tiene que transitar de una industria manufacturera de bajos salarios y baja productividad hacia sectores de mayor productividad y servicios. En cuarto lugar, debería reducir el papel del Estado en la economía.
Tales medidas son esenciales para hacer frente al descenso demográfico, reducir las inversiones ineficientes e impulsar el empleo y el crecimiento de los ingresos familiares. Aunque cada una de estas acciones conlleva desafíos, el gobierno debe adoptar medidas concretas para solucionar tanto los problemas cíclicos como los estructurales.
Por ello, la próxima reunión de mitad de año del Politburó de China —el principal órgano de toma de decisiones del país— cobra una importancia especial.
El gobierno puede optar por empezar a abordar con decisión las debilidades de la economía o, como ha ocurrido en el pasado, posponer la solución de estos problemas, agravando así los riesgos tanto para China como para el resto del mundo. Cuanto más arraigados se vuelven los desequilibrios, más difícil resulta sacar a la economía de esa situación.
El gobierno cuenta con una buena base sobre la cual trabajar. El deseo del presidente Xi Jinping de fomentar una economía de alta tecnología y alto valor añadido, así como de situar a China en una posición dominante en la carrera por la supremacía en inteligencia artificial, está dando frutos.
China ha logrado éxitos notables en la industria manufacturera de alta tecnología. Sus productos, económicos y de gran calidad —desde paneles solares hasta vehículos eléctricos—, benefician a los consumidores de todo el mundo y contribuyen a la tan necesaria transición energética para abandonar el uso de combustibles fósiles.
Sin embargo, estos cambios no están impulsando significativamente los ingresos familiares ni el empleo, sobre todo porque el desplome del mercado inmobiliario ha destruido gran parte del patrimonio de los hogares.
Cabe reconocer que el gobierno no ha rehuido las reformas. Se ha renovado el sistema de registro de hogares (*hukou*), lo que facilita a los migrantes el acceso a los servicios públicos y permite una mayor movilidad laboral entre provincias. El banco central está modernizando sus instrumentos de política monetaria. Estas medidas son positivas, pero insuficientes para las exigencias del momento.
Una competencia más abierta resultaría beneficiosa. Si bien el sector privado se enfrenta a una competencia intensa —en parte debido al exceso de capacidad subvencionada—, las empresas estatales siguen gozando de protección en muchos sectores.
El sector privado requiere un entorno normativo más previsible, en lugar de estar sujeto a medidas represivas arbitrarias. Es necesaria una reforma del sistema financiero para garantizar que fluya más crédito hacia las pequeñas y medianas empresas, especialmente en el sector servicios. Los gobiernos locales, que soportan enormes cargas de gasto, necesitan fuentes de ingresos más estables.
Los estímulos monetarios y fiscales tienen un papel que desempeñar, pero solo si se enmarcan en un plan de reformas más amplio. Es poco probable que la solución rápida y sencilla de abaratar y aumentar el crédito surta efecto en un momento en que los hogares son reacios a gastar y las empresas a invertir.
Los déficits presupuestarios y la deuda pública son mayores de lo que indican las cifras oficiales, por lo que se impone la cautela. No obstante, serán inevitables unos estímulos prudentes para suavizar la transición hacia un modelo de crecimiento diferente.
La visión de China de ejercer un liderazgo internacional mientras defiende la globalización y el libre comercio carece de credibilidad si el país no aborda sus problemas internos y sigue dependiendo del resto del mundo para mantener a flote su propia economía. El futuro de China y su prestigio internacional dependen de que sus dirigentes actúen con decisión. Y pronto.
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