JOSHUA WONG, UNA LUCHA JUVENIL ENTRE DOS SUPERPOTENCIAS


La evocación de los líderes del París del 68 es inevitable cada vez que los jóvenes protagonizan un movimiento de cambio contra el poder establecido, pero el caso de Joshua Wong Chi-fung desafía esa leyenda francesa desde Hong Kong, con una trayectoria que comenzó a forjarse cuando apenas dejaba de ser un niño y que florece hoy en las protestas masivas que sacuden otra vez la isla china.


Con sólo 13 años, Wong lideró sus primeras movilizaciones como activista contra un proyecto de tren de alta velocidad que uniría la isla con la China continental que tutela a los 7,4 millones de habitantes de Hong Kong bajo el régimen semiautónomo de leyes propias acordado con el Reino Unido cuando cedió la ex colonia en 1997.


Dos años más tarde, este hijo de un matrimonio cristiano de clase media maduró su liderazgo juvenil redoblando su apuesta con una campaña contra la “educación nacional” de contenido chino desde su movimiento “Scholarist”, que reunió a más de 120 mil personas que bloquearon el parlamento local durante varios días.


Wong se erigió entonces en una combinación modélica de juventud e ideales de libertad al estilo occidental, con la impronta de la desobediencia civil no violenta y saludada con entusiasmo por grandes medios estadounidenses hasta hoy.


Sin embargo, por esa misma razón, el liderazgo de Wong fue visto principalmente por Beijing como el arma arrojadiza de una superpotencia, Estados Unidos, contra otra emergente y el paso inicial de una escalada antichina alimentada por Washington que culmina con las protestas callejeras que agitan la isla en estos días.


Esa tensión geopolítica sigue sobrevolando todavía a Wong, quien con 22 años acaba de dejar la cárcel, donde purgó una condena de dos meses por liderar las protestas de 2014, conocida como la Revolución de los Paraguas por el símbolo elegido entonces para identificarse.


Aquellos paraguas representaron la rebelión juvenil contra todo un estado de cosas en Hong Kong, políticas, económicas y sociales. Wong estuvo ahí para encabezar manifestaciones de decenas de miles de jóvenes, con sólo 17 años y todavía sin edad legal para comprar alcohol, conducir o, mucho menos, votar (la mitad de los legisladores locales son elegidos libremente).


Después, Wong se concentró en cuestiones sociales más ambiciosas, como el grave déficit habitacional que sufre la isla y que ha multiplicado el valor de la vivienda hasta volverla inalcanzable para los bolsillos de los hongkoneses, que cumplen larguísimas jornadas de trabajo con salarios muy bajos (U$S 4 la hora), todo en el contexto de una desigualdad notoria.


“¿Por qué la línea de ferrocarril se descompone semanalmente, pero las tarifas nunca dejan de aumentar? Hay muchos temas relacionados con la política y creo que los hongkoneses deberían prestar más atención a la política”, postuló.


La Revolución de los Paraguas se desinfló, a fuerza de arrestos como el suyo, pero Wong insistió y fundó con otros jóvenes el movimiento político Demosisto, ya lanzado a promover directamente un grado aún mayor de autodeterminación para Hong Kong, aunque sin traspasar la línea roja china de la independencia.


Wong fue liberado coincidentemente ahora con las protestas que volvieron a tomar las calles de Hong Kong desde junio pasado, esta vez contra un proyecto de ley de extradición a China que empezó por el caso de un femicidio pero amenazaba con extenderse a otros de ribetes más políticos como la corrupción.


“Estas nuevas protestas no tiene líderes: si los tuviera serían todos detenidos”, explicó Wong al ponerse como ejemplo de lo que había aprendido y que, en efecto, decidió a los nuevos activistas a coordinarse a través de las redes sociales con identificaciones virtuales. “Yo pagué el precio de mi libertad por la ciudad que amo”.


Para China, sin embargo, ese amor tiene su corazón mirando a Washington, una presunción que alimentó el propio Wong cuando se reunió con Julie Eadeh, jefa de política del consulado estadounidense en Hong Kong, mientras miles de manifestantes ocupaban estaciones de metro y el aeropuerto local luciendo los cascos amarillos de seguridad que caracterizan el nuevo movimiento.


“Yo mismo fui a Washington varias veces, ¿qué tiene de especial reunirse con una cónsul estadounidense?", desafió Wong.


El joven liderazgo de Wong queda momentáneamente empequeñecido bajo la puja de las dos superpotencias, cuando los tuits son del presidente Donald J. Trump, denunciando la movilización de tropas chinas frente a Hong Kong, y Beijing respondiendo con denuncias de intromisión en sus asuntos internos.


Pero, como otros casos en el mundo, el de la ecologista sueca Greta Thunberg o antes la estudiante chilena Camila Vallejo, el de Wong prueba que el liderazgo político ha dejado de convertirse en una coronación de trayectorias de los adultos para convertirse, en este Siglo XXI, en potentes y movilizadores puntos de partida de las primeras generaciones.


"Si un movimiento de masas se convierte en la adoración de una persona, es un gran problema", dijo Wong, y sólo tenía 15 años.


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